Si no me he comido setenta y cinco Nestlé cheesecake este verano (estimando por lo bajo), es que no me he comido ninguno. Aparte de mi trastorno obsesivo-compulsivo, que me viene de serie, resulta que los lectores de este blog que tienen la suerte de tratarme en persona se han sentido inclinados a comprarme y regalarme estos helados, como agradecimiento y ofrenda ante mi bendita sabiduría. Y tengo que decir que me ha gustado. Porque yo mis labores de oráculo las hago porque sí, porque me apetece, pero si se me agasaja por ello, mejor que mejor.
Y habiendo lanzado este sutilísimo comentario al aire, paso al tema de la recomendación de hoy (”de hoy”, mwahahahaha, qué morro tengo), que no es otra que las ¿deliciosas? no, ¿maravillosas? no, tampoco, ¿increíbles? no, no, no! ¿legendarias? SÍ! LENGENDARIAS LAYS VINAGRETA.
Tengo por costumbre poner como título a los posts el nombre de la cosa que recomiendo y si no fuera porque yo convierto mis costumbres en manías en el tiempo que se tarda en decir “frenopático”, habría titulado este post “Oda a las Lays Vinagreta”, porque esto en realidad es una oda, una declaración de amor. No voy a descubrirle estas patatas a nadie, porque asumo que ya las conocéis. Si nunca habéis oído hablar de ellas, entonces ¿qué queréis de mí? No puedo ponerme a estas alturas a enseñaros las cosas básicas de la vida, como que se camina sobre la tierra, el cielo es azul y en el mercado existen desde hace años las Lays Vinagreta.
Estas patatas, estrellas sin duda de la serie Lays (receta campesina? jamón? Venga ya… No quiero ni escucharos) son uno de los mayores logros científicos de la industria alimenticia. Innovadoras técnicas de desarrollo consiguieron alcanzar el punto exacto donde la toxicidad puede saborearse con deleite y sin embargo seguir siendo compatible con la vida humana.
¿Cómo se sabe si una bolsa de Lays Vinagreta pertenece a una buena cosecha? Yo os lo diré. Se coloca la bolsa a una distancia prudente respecto a la nariz y los ojos y se abre. Aspiramos profundamente y si comenzamos a lagrimear es que -benditos sean los cielos y Pepsico-, tenemos una auténtica joya entre las manos. Si las lágrimas que recorren ahora nuestras mejillas son producto de los vapores ácidos que desprenden las patatas o son de pura felicidad ya nunca lo sabremos. La experiencia es indistinguible.
Me vais a hablar de las Lays esas Sensations de cebolla caramelizada y de pollo al limón y me vais a hacer enfadar. Lo estoy viendo. Antes de que empecéis a escandalizarme con vuestra ignorancia en los comentarios, voy a haceros comprender por qué las Lays vinagreta son únicas, lengendarias, épicas. No se trata de cuál sea tu sabor preferido de patatas fritas. Es decir, están las patatas fritas de bolsa en toda su gama de marcas y submarcas y están las Lays Vinagreta. Comer una cosa u otra tiene tanto que ver como cruzar un semáforo en rojo o disfrutar del el olor del napalm por la mañana. Entendéis?
Si la invención de las Lays Vinagreta hubiera sido de carácter retroactivo (algunas cosas deberían serlo) las arpías las habrían comido mientras atormentaban a sus víctimas, los vikingos las habrían llevado a América en sus barcos y Barbanegra hubiera disfrutado de un “snack” a la altura de una buena jarra de grog.
Otra de las cosas que hacen que las Lays vinagreta sean tan especiales, es que no se encuentran en todos sitios. Sólo en algunos supermercados puede uno toparse con ellas. Reconozco haber caminado unas cinco manzanas en una búsqueda desesperada, y aún así no encontrarlas. Y lo que es peor, haber sido víctima de espejismos, porque desde la distancia he confundido muchas veces la bolsa azul de las rufles (malditas impostoras!) con el de mis amadas patatas. No es extraño por tanto que cuando el otro día las encontré en el chino de debajo de mi casa, tuviera que pestañear varias veces antes de poder creer lo que veía. Allí estaban! Por alguna razón que sólo los chinos y los tipos que descargan furgonetas entienden, las Lays vinagreta han estado siempre excluidas de las pequeñas tiendas de alimentación en favor de otros sabores. Hasta ahora.
Mi amigo Circ, especialista en temas apocalípticos, coincidió también en que se trataba de un fenómeno extraño y por si acaso se acababa el mundo nos comimos una bolsa cada uno (esta escena fue llevada a cabo por especialistas, por favor, no lo intentéis en vuestras casas).
Y es que las Lays Vinagreta, más que al fin de los días, saben a los albores del mundo. Cuando en la guerra había honor, los hombres eran hombres y cada vez que uno se metía algo en la boca, se estaba jugando la vida.
Bien, ahora que ese simpático disléxico, aficionado al orujo, que se encuentra a los mandos del clima, ha acertado por fin a pulsar el botón del verano, me acerco por aquí a deleitaros con una deliciosa recomendación veraniega. Lo de veraniega lo digo por vosotros, porque yo la disfruto todo el año. Bastante tengo con la depresión estacional como para privarme de helados en invierno. No lo soportaría. Pero sé que muchos de mis lectores os guiáis por los usos convencionales y quién soy yo para abrir la puerta del redil.
El helado en cuestión del que voy a hablar es el exquisito Nestlé cheesecake, como ya habréis deducido, no sólo por el título, sino por la foto que ilustra este post (esas malditas fotos arruinan siempre mis maravillosas introducciones, tengo que hacer algo con ellas…). Este helado es actualmente es el mejor que el mercado ofrece para consumir “on the go” y me atrevería a decir que es superior a la mayoría de los de tarrina, por exclusivos o caros que sean (un helado del Ben & Jerry’s? sí, por favor, aquí tiene todos mis ahorros, póngame medio). Paso a paso, con mi acostumbrado y ameno tono didáctico os haré entender por qué.
Pero si tengo que abordar el tema de los helados, antes debo hacer una pequeña criba en mi audiencia. Así que si eres una de esas personas que si le dan a elegir, prefiere cualquier tipo de helado de cucurucho, por favor, deja de leer ahora mismo. Pero no sólo este post, deja de leerme así en general. No vuelvas a leer mi página. Creo incluso que no eres lo suficientemente bueno ni para leer un libro. Vete. Fuera. Fuera de mi vista.
De verdad que soy una persona de mentalidad muy abierta. A veces, creo que si las autoridades supieran hasta qué punto es así, me encerrarían en algún sitio. Puedo entender que a una persona le guste chupar casi cualquier cosa por bizarra que sea. ¿Pero una galleta? No. Chupar galletas no. Chupar un barquillo es de perdedores. Es de gente que compra helados “de corte” (¿de corte de qué? ¿de corte de rollo?) y le planta dos galletas porque no puede afrontar el encontrarse a solas con lo verdaderamente bueno de la vida. Es como si toda esa gloria fuera demasiado para ellos, les desbordase en su mediocridad y necesitaran aferrarse a un miserable barquillo para no resultar ahogados en la inmensidad del placer.
Y no me quedo ahí. Os diré que los helados de cucurucho me parecen algo casi cristiano, en la acepción más negativa del término. Porque primero disfrutas de lo bueno y luego te espera el castigo. O si lo comes al revés, primero te enfrentas con el sacrificio en pos de la recompensa. ¿Pero por qué? ¿Por qué si puedes tener sólo lo bueno? ¿Por qué si se puede hacer acopio de ingentes cantidades de “lo bueno” en cualquier chino?
Ah, los chinos. Éste es otro punto a su favor. El proceso de consumir un Nestlé cheesecake es una experiencia perfecta desde el principio hasta el final, comenzando por la graciosísima pronunciación que los chinos le dan a la palabra “cheesecake”. Ni siquiera sé por qué lo dicen si no es necesario. Yo sólo lo señalo en el cartel y ellos lo nombran, como una especie de comando para su procesador mental que les permite entonces, abrir el congelador y sacarlo.
Y ya está, tras el ordinario proceso de intercambiar unas monedas, lo tenemos en nuestras manos, brillando en su precioso envoltorio fucsia metalizado. Qué bonito es y qué buen rato nos promete. Cómo resalta entre todos los dorados y marrones del congelador. Y cómo destaca en nuestro recuerdo, también. Porque cuando uno conoce el Nestlé cheesecake, todos los magnums del mundo no dejan estar buenos, no, pero resultan vulgares. Hasta zafios, diría yo.
Entonces abrimos el envoltorio y nos encontramos con él, blanco cremoso, despidiendo un leve vapor helado, derritiéndose de ganas de que nos lo metamos en la boca. Pero no, llegados a este punto, no voy a crear otro conflicto. No voy a sentar cátedra sobre cómo ha de comerse el helado y dividir al mundo, o lo que es lo mismo, a mis lectores, entre los que lo hacen de la manera convencional, es de decir, de la forma aburrida, como si el helado fuera un bloque, una insípida tableta de proteínas, o los que lo desvisten primero de su capa de crujiente chocolate, jugando, encontrando la forma más divertida y excitante de comer algo. No, que cada uno lo haga como quiera. Sólo diré, sin la más mínima intención de decantarme por una forma u otra, que el Nestlé cheesecake es especialmente adecuado si se prefiere la segunda, porque no tiene la forma rectangular de los magnums, sino una interesante combinación de curvas y ángulos que a la hora de despegar el chocolate con los dientes resulta muy estimulante.
¿Pero estoy diciendo chocolate? ¡Si no es chocolate!
Veréis, hace unos años, estaba yo sentada en un banco comiendo un helado junto a un chico. Él se había pedido el mismo que yo, pero esto no me sorprendió mucho, porque la gente suele copiarme constantemente. Estoy acostumbrada. Sin embargo, mientras lo comíamos dijo algo como “Éste helado es el mejor, ¿verdad? El año pasado ya me gustaba, pero estaba recubierto de chocolate blanco y era demasiado dulce. Este año lo han cambiado, lo han cubierto de yogur y han acertado. Ahora es perfecto”.
Es alucinante la cantidad de datos que son capaces de arrojar los sujetos junto a los que una amanece la-mañana-después. Desde física cuántica a estrategias de márketing de grandes multinacionales, pasando por todo tipo de conocimientos sobre cocina o decoración completamente insospechados. ¿Pero algo útil? Nunca. Salvo en esta ocasión. Por supuesto, me enamoré de él al instante. ¿Cómo no lo iba a hacer? Un chico que sabe de helados, que no sólo los consume, sino que aporta datos precisos sobre ellos y que además tiene buen gusto… ¡Cubierta de yogur! ¡Pues claro, ya decía yo que el helado estaba más bueno!
Pero bueno, pasemos ya al interior. Al corazón del helado. Al cheesecake en sí. Cremoso, dulce, delicioso, combinado con la ligeramente ácida salsa de frambuesa. Y luego los tropezones. El nombre de “tropezón” siempre me ha parecido adecuado, porque los tropezones son a menudo más “tropiezos” que otra cosa. Yo no los suelo tolerar mucho ni en los helados ni en la vida, y sin embargo en este caso me rindo ante ellos. Y digo que me rindo, porque además SON DE GALLETA. ¿Es eso posible? ¿Es posible que con este plan sibilino, introduciendo la galleta a traición, Nestlé consiga que yo falte a mis principios heladiles? Pues sí. Sí, lo reconozco. La textura no es la misma, ni siquiera el sabor. Pero son de galleta. No lo puedo negar.
Y ahora ya podéis salir ahí, a las calles, bajo el implacable sol del estío, sudar la gota gorda, pelearos con las moscas y pillar hongos en las piscinas públicas. Pero siempre con la absoluta tranquilidad de que en estos meses que vienen, no os vais a equivocar nunca al elegir un helado.
P.D: Sé que que hay quien echa de menos a una Aracne más prolífica y más breve también. Mis andanzas día a día aquí.
Me dijo mi hermana que mi blog se había convertido, prácticamente, en una página dedicada al jazz y las lecturas. Lo cierto es que a primera vista, no encuentro nada malo en esa descripción, así como en mi frecuencia de posteo que considero perfectamente válida y que no definiría nunca como escasa, sino como sosegada. Sin embargo, siete años de experiencia blogueril me dicen que en la fórmula “tu blog se ha convertido en X”, sea cual sea el valor que se le asigne a X, el resultado final nos dará negativo.
Así que me he dicho a mí misma: Carmen, esfuérzate un poquito, anda, piensa en algo que te guste mucho, muchísimo, que sea tan recomendable como todo sobre lo que has hablado hasta ahora, pero que no sea jazz, que no sean libros, que no sea nada pedante ni tampoco nada “nostálgico”… no, he dicho que jazz no… pero eso es música, tampoco vale… no, eso no… ¿el Neutro Balance? ¿cómo? ¿te has vuelto loca? ¿no será por que estamos en la ducha ahora mismo? no… no, ya te he dicho que eso no… ¡pues porque no!… ¡¡bueno, pues ve y escribe de lo que te salga de los santos cojones!!
Entonces, el Neutro Balance.
El gel Neutro Balance de Palmolive es, efectivamente, un gel de ducha. Pero no es un gel cualquiera. De verdad que no. Es el gel que llevo utilizando todos los días durante al menos los últimos diez años de mi vida, y si alguna vez he sido sorprendida en la ducha con otro, puedo asegurar que no era lo que parecía.
¿A cuántos productos de uso diario les es uno fiel durante tantos años? A muy pocos. Porque la mayoría de productos cansan, por muy buenos que nos parezcan al principio, salvo los que son sencillamente perfectos, como este caso que nos ocupa. Y lo más dramático es que ahí fuera no hay nadie que lo diga, nadie que identifique y señale esas pequeñas y accesibles glorias cotidianas con las que podemos hacer nuestra vida mejor. La gente habla de gadgets, de moda, de música, de enfermedades mentales, de apple, pero nadie habla de geles de ducha, de pasta de dientes, de comida precocinada… Mi amigo Circ y yo hemos comentado muchas veces, a lo largo de los años, que deberíamos aunar fuerzas y dedicarnos a ello, pero él está muy ocupado con el apocalípsis, y yo, aunque contemplaba tocar ese palo cuando creé esta página de recomendaciones, al final me he dejado llevar un poco por la pedancia.
Pero volvamos al Neutro Balance de Palmolive, NB para los amigos. Sin duda lo más destacable de este maravilloso producto es su inconfundible olor. Durante todos estos años, he tenido el placer de que personas de diferentes edades, nacionalidad, género, raza, credo y religión, me comentaran, desinteresadamente, lo bien que olía, a pesar de no estar usando ningún perfume ni colonia en ese momento (sí, como comprobaréis más abajo, los comentarios a esta entrada están convenientemente clausurados). La verdad es que es un piropo que me encanta porque eso de oler bien, naturalmente, por la propia esencia del cuerpo es una cosa como muy de santa. Y eso me gusta. Pero claro, una parte de mí se pregunta si no será un poco también por embadurnarme en la ducha durante años con el mismo olor. No sé, yo lo dejo ahí. Tal vez estoy revelando un fantástico secreto de belleza. Tal vez no. Tendréis que probarlo.
Pero no creáis que soy obsesiva. Durante estos diez años, no me ha faltado la variedad. Porque hay DOS geles NB con sello de garantía Aracne. Y cuando me canso de uno (a los cinco botes consecutivos, más o menos) me paso al otro y viceversa. Las dos variedades a las que me refiero son, atended bien, el hidratante normal, del tapón verde azulado y el nutritivo con miel, del tapón amarillo. No almendras, no oliva, no karité, cuidado con esos. No es que sean malos, porque después de todo son de la familia, pero NO tienen el sello de garantía Aracne.
Entre estas dos variedades, la primera es claramente superior a la segunda. Por algo es el clásico, el original, el primigenio. Pero el olor del otro es increíble, más empalagoso, más llamativo y la textura igual de cremosa. Puede que os guste más, así de primeras, pero tarde o temprano, volveréis al hidratante normal. Bueno, todo esto suponiendo que tengáis algún criterio, claro. Eso es algo que mejor no me voy a detener a analizar. Simplemente diré que el del tapón amarillo, nutritivo con miel (y mira que yo odio la miel) está indicado, según lo que pone en el bote, para pieles muy secas. No hagáis caso si no dais el perfil. Yo jamás he tenido la piel seca y no se me hidrata demasiado por usarlo. Aunque… fijaos bien en lo que he dicho: yo no he tenido nunca la piel seca… Otra cosa que queda ahí.
Finalmente, aclararé que, en este caso, como en tantos otros, no me considero una experta en la materia. Que no os engañe el tono de este post. Yo no os voy a cuestionar si vosotros sois de los que abarrotáis vuestro baño con preciosos botes de Shiseido o conocéis el secreto de la baba de caracol. Yo sólo os pido que penséis, ¿os comprometeríais a seguir usando ese gel que os gusta tanto durante todos los días de vuestra vida sin ni siquiera probar jamás otro? Yo, decididamente, sí. Y con eso, no me queda más que añadir.
Mi desafío de hoy es que me creáis si os digo que el secreto de la felicidad, del misterio de la vida, lo conocen unos tipos llamados Bebo, Cachao, Patato y Paquito.
Sé que es difícil, si no imposible, pero no por ello dejaré de intentarlo. Se lo debo a la Humanidad.
Veréis, partiendo de la base de que la vida es un infierno -en esto estaremos todos de acuerdo-, lo cierto es que existen una especie de interruptores ocultos que, cuando se pulsan, hacen que la experiencia vivir se aleje de nuestro umbral de dolor y pase a convertirse en algo bastante más soportable. Tan soportable incluso, que algunas personas -gente viciosa-, pueden llegar a cogerle el gusto.
Hay interruptores mejores y peores, genéricos o unipersonales, eternos y efímeros, pero algo que todos tienen en común es que están ocultos. Eso no quiere decir que no puedan estar a la vista de todos, encima de la mesa, caminando por la calle o siendo arrastrados por el viento. Lo que quiere decir es que para activarlos hay que identificarlos como tales.
Como yo vine al mundo con un umbral de dolor para la vida bastante bajo, he dedicado casi toda mi existencia a la localización y captura de estos dispositivos y conozco infinidad de ellos. No todos me sirven, desde luego, por lo ya mencionado grave de mi dolencia. Pero la verdad que puedo decir eso que tanto he oído y tanto me gusta de “ahí vamos tirando”. Como además tengo buen corazón, no me importa venir aquí y compartir algunos verdaderamente buenos, los menos evidentes, aunque muchos de vosotros no podáis o no sepáis verlos.
Como ya habréis deducido por la categoría, el título y la foto del post, el que os voy a revelar hoy es un interruptor musical. Pero aunque la música es una inagotable fuente de alegría para casi todo el mundo, a mí no me valen cosas como los THEgrupos o los Cansei de Ser Sexy esos -la maldita plaga de muxtape-, que es seguro lo que a muchos de vosotros se os viene a la mente cuando pensáis en vuestra música preferida… Perdón, me estaba riendo (con suficiencia).
Así que, aunque ya sé que la simple mención de “latin jazz” o “música cubana” es capaz de generar suicidios en masa, no puedo retrasarlo más y he de confesar que este post va de eso (lo sé, algo/alguien me dice que debería estar ahí fuera buscando otro tipo de interruptores, pero qué le voy a hacer si de repente tengo ochenta y cinco años mentales…). Lo de la pantera rosa era para despistar. Vuelvo a la carga con mis pedanterías soporíferas.
Pero venga, en serio, haced el esfuerzo. Os puede gustar o no todo el disco (que es uno de los mejores discos de la historia, allá vosotros…) pero esta canción es CLARAMENTE un interruptor a la felicidad inmediata. Se llama Ogguere, que según me comunican fuentes googlelianas significa “espíritu de la Tierra” en Yoruba. Pero mejor olvidad etiquetas y géneros musicales, olvidad países y nacionalidades, olvidad a las personas, las farolas, el cielo y los pájaros, las crueles cabinas de teléfono. Olvidad el mundo, cerrad los ojos y escuchad simplemente la música, deslizándose suavemente en vuestro interior, uniéndose, ligándose de manera íntima con la vida, convirtiéndose en la experiencia misma de vivir, durante esos maravillosos 6 minutos y 45 segundos.
¿Lo oís? Me refiero a la explicación a todo, a la felicidad (que no es otra cosa que la ausencia de preguntas). Se escucha alta y clara. Tras una breve introducción de la cuerda, el piano y la percusión, el saxo toma la voz cantante y, de manera lenta, pero firme, procede con su discurso, apoyado sobre todo por el piano, que da entusiastas muestras de su conformidad. En el segundo 1:05 ya ha terminado, pero la percusión y el contrabajo se preguntan si lo habréis entendido. Entonces, el saxo y el piano vuelven a repetir todo punto por punto. En el segundo 2:03 la percusión y la cuerda siguen sin tenerlo claro. Tal vez porque el saxo es demasiado parcial y es de esos que encantan o aberran, el piano, que cuenta con mayor credibilidad, decide volver a explicarlo con sus propias palabras. Empieza tranquilo, pero a la altura del 2:35 lo empieza a traicionar la pasión, se va volviendo más vehemente hasta acabar totalmente entregado a la altura del 3:47 (es tan sentido el piano…). Le sigue el contrabajo, mucho más prudente; “creedme, por favor”, parece que dice. “Claro que sí!” le apoya el piano, hasta que saxo, que lleva demasiado tiempo en silencio, vuelve a intervenir, en un arrebatado final. Y terminan los cuatro, por lo bajo, murmurando, aún no muy seguros de que hayáis conseguido entender nada. Pero ellos lo han dicho todo. Algunos lo habréis sentido.
Y yo también. Yo he hecho lo que he podido por vosotros, por la Humanidad. A los que han llegado hasta aquí, les dedico mi otra canción preferida del disco.
Y un emocionante vídeo de Bebo Valdés con su hijo Chucho, que es un extracto del documental Calle 54 de Fernando Trueba.
Algún día, tal vez dentro de ochenta y cinco años, me lo agradeceréis.
Hoy he venido aquí a hablar de la pantera rosa, pero antes, quería tranquilizar al maltratado lector, aclarándole que no voy a dedicar tres párrafos a alabar el jazz de Henry Mancini ni a aturdirle con pedantes referencias a guionistas e ilustradores. Principalmente, porque de lo que voy a hablar es del bollo de Bimbo.
Tampoco habrá en este post conmovedoras descripciones de recuerdos de mi infancia, porque el lugar que ocupa la pantera rosa en mi memoria se remonta a antesdeayer. Supongo que cuando era niña comía panteras rosas, pero también supongo que bebía agua, y no veo nada de especial en ello, cuando puedo, si quiero, alargar la mano y pegarle un trago ahora mismo a la botella que tengo aquí al lado (de agua, he dicho).
Un error que comete a menudo la gente, no sé por qué (como tantos otros errores que yo NO cometo) es idealizar cosas de la infancia que se pueden disfrutar a diario. Está bien mitificar momentos, sensaciones y ese tipo de cosas. Pero mitificar objetos que se pueden encontrar hoy en día en cualquier tienda no tiene el menor sentido. La plastilina esa, por ejemplo, cómo molaba la plastilina esa blandita, se dice a sí mismo un conductor de la EMT, con mirada soñadora, mientras hace huelga. Pues resulta, conductor de la EMT, que el play doh se sigue fabricando y que ahora tiene unos juegos mucho mejores que los que había cuando éramos niños. Y no hace falta tener hijos o sobrinos para saberlo. Uno se puede pasear por la planta de juguetes del Corte Inglés como el que se da un paseo por el retiro. Así, de gratis. Y sorprenderse con los estudios de tatuajes de juguete y demás novedades. Si tanto te gusta el play doh, puedes incluso oler a play doh cuando quieras. La curiosidad no es una facultad que desaparezca a los 13 años. O no debería serlo.
Hubo una época en la que desayuné, practicamente a diario, la explosiva combinación de pantera rosa, triskys y una coca cola. Algunos de mis compañeros de trabajo, superada la impresión inicial, me miraban con envidia y decían “pantera rosa! qué mítica!”. Qué no! Que no es mítica! Que la venden en el chino. Baja y date el gusto, cómprate una. No se te va a desintegrar el tracto intestinal por comer un día una cosa que no quisieras que comieran tus hijos. De hecho, no tienen por qué enterarse.
Y luego, en el extremo contrario, está la gente enganchada a la pantera rosa. He conocido muchos casos en mi vida. La pantera rosa es un bollo que a veces, no siempre, aparece en las máquinas de comida de las empresas y esas máquinas son caldo de cultivo de las peores adicciones. Una vez, un tipo con el que trabajaba se me acercó en una fiesta y me dijo “siempre me acuerdo de tus palabras porque fueron uno de los mejores consejos que me han dado nunca en el trabajo -bueno, a lo mejor estoy exagerando un poco, pero yo lo recuerdo así-, cuánta razón: la segunda pantera rosa es siempre un error”. Y lo es, amigos, lo es. Si la pantera rosa vienen en un pack de dos, o si la tenéis muy a mano en una máquina de comida, resistiros, no comáis la segunda. El estómago la rechaza en un 90% de los casos.
Alguien podría pensar, por lo que he dicho antes de mi desayuno diario, que yo misma he estado enganchada a las panteras rosas. Estaba enganchada a las panteras rosas? A los tryskis? A la cocacola? Dios santo, a la autodestrucción? Es posible. Me comía siempre las dos.
Hace mucho ya que dejé de autodestruirme, pero el otro día resolví con éxito dos trámites consecutivos en hacienda y en la seguridad social y cuando salí sólo había una cosa en el mundo con la que podía celebrar mi triunfo: una estupenda y deliciosa pantera rosa. Y no la encontré! Tuve que esperar a por la tarde para tenerla por fin en las manos y admirar su envoltorio, tan blanco y rosa como siempre, y con ese detallazo que se marcan al recordarte que el bollo tiene un 21% de leche. HAY QUE TENER VALOR. Pero así es el espíritu de la pantera rosa. Sarcástico al máximo.
Respecto a su composición, aspecto y sabor, qué puedo deciros que ya no sepáis. No me importa que el chocolate rosa del que va recubierto no sea chocolate. No quiero saber de qué está hecho. El hombre necesita misterios, necesita desarrollar de alguna manera el pensamiento mágico, esa lógica absurda que nos acompaña desde la prehistoria y que no se irá nunca, un tipo de pensamiento que encuentra un violento e irresistible estímulo en el extraño e inescrutable mundo de la alimentación industrial.
Es como si me hubiera tragado un pájaro y se hubiera quedado ahí plantado entre el estómago y la garganta. Y es como si el pájaro agitara las alas emocionado y cantara “ya es primavera!!” y yo le dijera “cállate idiota, quieres que todo el mundo nos mire?”. Pero él no se está quieto y a veces siento que me va a estallar el pecho, cuando veo los brotes verdes en los árboles del parque, que han aparecido de un día para otro (de un día para otro! qué locura!) y los cerezos en flor. Porque el maldito pájaro ve los árboles y el cielo azul con las nubes blancas suavemente suspendidas sobre nuestras cabezas y se emociona. O se duerme y se acurruca entre sus plumas generando un calor que me abrasa, un calor que me inunda y se me derrama por dentro, desde las mejillas hasta la punta de los dedos.
Pero yo no quiero euforias, no quiero excesos, porque todo eso es parte de mi antigua vida. A estas alturas, conozco muy bien todas las artimañas de esa vieja zorra disfrazada que es la primavera. Si puedo decir, como dicen las abuelas, que tengo “27 primaveras” es porque las he sufrido una por una. Así que le digo al pájaro “por favor, vete, déjame en paz” y él me dice “ah, perdona, pero no lo puedes evitar, yo soy lo que se siente en el pecho cuando uno está vivo. Y tú estás tan viva que asustas”.
Dije que tenía dos discos con los que combatía todas las cosas detestables que hay en el mundo. Pero en realidad, son más bien, dos discos que regulan este barómetro anímico en el que vivo atrapada. Si con uno combatí la oscuridad de diciembre que cada día se me tragaba un poco, para protegerme de esta luz de abril que amenaza con hacer estallar el mundo, tengo el otro. Y no ahuyentaré nada detestable, que no lo hay, todo lo contrario, sino que guardaré toda esta energía, la iré procesando poco a poco, en estas letras y en otras, y me serviré de ella en épocas de escasez. Esta vez seré la hormiga, no la cigarra, ya lo veréis.
Este disco que recomiendo reanima el alma si está herida o la sosiega si está agitada. Y no salgáis corriendo cuando os diga que es bossa nova. Sé que mucha gente tiene prejuicios contra este tipo de música porque piensa que es antigua o aburrida o demasiado étnica. Nada de eso. Es profunda y sofisticada. Pero hay que escucharla. Hay que concederle apenas unos segundos y enseguida se os habrá colado dentro. Y la bossa nova, amigos, es la forma rápida, indolora y fácil de llegar al jazz. Acordaos de eso.
Pero volvamos al disco en cuestión, porque la bossa nova es un género muy amplio y desde luego que no me gusta toda. Como en el jazz, lo que más escucho son los comienzos del estilo y si hay una raíz en la bossa nova es Jobim. Antonio Carlos Jobim fue básicamente un ángel. La verdad es que me incomoda un poco la gente así. Uno espera que si alguien es un genio en la música o en cualquier otro tipo de expresión artística, por otro lado esté completamente tarado. Es lo justo. Recordemos, por ejemplo, a Anita O’Day, que era una perfecta yonki, o a Edward Gorey, un formidable sociópata. Pero Jobim no. Jobim era una persona equilibrada que irradiaba paz y tranquilidad e inspiraba a los que trabajaban con él. Le dedicaba canciones a los animalitos de la selva y se preocupaba por el medio ambiente y la contaminación. Es probable que este tipo si sudaba, sudase agua de coco o ago por el estilo.
Así que Jobim, además de hacer el bien sin mirar a quien, se puso un ratito e inventó un nuevo género musical, mezclando sus raíces brasileñas con su afición por el jazz y compuso canciones tan famosas como “Garota de ipanema” o “Desafinado”, que todos conoceréis de haber escuchado en algún recopilatorio chill-out o en un ascensor. Y es que éste es problema de la bossa nova, que como en el jazz, existen unos cuantos temas famosos que se han versioneado compulsivamente hasta acabar por devaluar al género entero. Incluso, restringiéndonos sólo a Jobim, uno no sabe por dónde empezar, con tantos discos y tantas grabaciones de los mismos temas con distintos colaboradores. Os aconsejo que desconfiéis de los que grabó con algunas “grandes voces”, porque hay voces que entendían y sentían la bossa nova y otras que no. Yo no digo que Sinatra y Jobim no tuvieran buena intención, y también me imagino que uno no podía decir “oye, Frank, mira, es que lo haces fatal”, pero el resultado fue infame.
Quien sí entendió muy bien lo que había que hacer, aunque viniera del jazz, fue el clarinetista Herbie Mann y quién también lo entendía muy bien, porque ya traía la bossa nova puesta de casa, era João Gilberto, de quien Miles Davis dijo que “sonaría bien hasta leyendo un periódico”. Así que los dos, junto a Jobim, grabaron el que es mi disco preferido de bossa nova, con doce canciones preciosas, entre las que se encuentran algunos de esos famosos temas en la mejor versión que yo he oído de ellos.
Herbie Mann & João Gilberto with Antonio Carlos Jobim - Recorded in Rio de Janeiro
Hay música que me hace imaginar cosas, otra que me pone nostálgica y otra que me da ganas de comerme el mundo. Pero este disco es distinto. Siempre que lo escucho, esté donde esté, me hace mirar a mi alrededor con ojos tranquilos, y encontrar algo agradable en lo que tengo cerca. Y no lo digo por decir, he comprobado que esto es así hasta escuchándolo en el metro.
Las canciones quizá más pegadizas al principio son las cantadas por Gilberto, como “Bolinha de papel” o “Maria ninguem”.
Pero realmente, las que a mí más me gustan son las instrumentales:”Consolação” e “Insensatez”.
Y mi preferida, entre todas ellas, y con gran diferencia es “One Note Samba”. Y me gusta exactamente así: cantada en inglés y con la voz ronca de Jobim. No me suena nada mejor en el mundo que cuando dice “This is just a little samba…”. Me quedaría a vivir en esos tres segundos. O tal vez no. Tal vez preferiría irme a vivir al segundo 0:36, cuando dice “So I came back to my first note as I must come back to you…”. Sí, creo que ese es el lugar que elegiría para quedarme en él toda la eternidad. A veces voy por la calle escuchando esa canción, o estoy en casa, entretenida en mis cosas, sin atender mucho a lo que suena, y al llegar a esa parte es como si alguien me pusiera suavemente la mano en la nuca y yo no tuviera más remedio que cerrar un poco los ojos y ceder ante la sensación de bienestar que me embarga.
Lo mismo me pasa con este vídeo de que podría estar viendo en bucle durante horas (lo estaré haciendo realmente? no lo descartéis). No es Herbie Mann, es Gerry Mulligan, uno de los ídolos de Jobim, y tal vez fue entonces donde Jobim comprobó lo bien que sonaba esta canción con clarinete (Recorded in Rio de Janeiro es bastante posterior). A partir del minuto tres, puede uno asistir, cómodamente sentado frente al ordenador, a la gloriosa unión de dos mentes, dos talentos, dos géneros musicales. Y si después de ver este vídeo no os dan ganas de poneros a escuchar jazz y bossa nova como locos emperdenidos es que no tenéis el menor arreglo.
Al fin lo puedo contar.
Quizá, lo más emocionante, o casi morboso, para el lector desconocido, sea saber que muchos de mis mejores amigos también se enterarán de lo que ha ocurrido en mi vida por estas líneas. Así que antes de nada, les pido a ellos que me perdonen y entiendan todas las circunstancias que relataré a continuación.
Hace dos semanas me llamaron para decirme que era finalista, junto con sólo otra persona, del Premio Barco de Vapor. Algunos ya sabrán que éste es el premio más importante de literatura infantil a nivel nacional y uno de los más importantes a nivel internacional. Otros sólo reaccionarán cuando diga que la dotación económica del premio es de 100.000 euros o que la que entregaba el galardón era la Princesa Doña Letizia. Para mí, como podrá imaginarse, los puntos más relevantes eran el uno y el dos, con una irresistible atracción involuntaria hacia el dos.
Después de pasar las dos semanas más tensas de mi vida, no voy a ser yo ahora la que cree incertidumbre, así que os lo diré ya: No, no gané.
Me había hecho a la idea de “no ganar” (ayer dije “perder” y un editor se enfadó, así que no lo voy a decir más), pero me he dado cuenta de que la esperanza es una cosa imposible de anular. No responde a razonamientos de ningún tipo. Siempre piensa que va a salirse con la suya. Y otra cosa que he descubierto en mí, estas dos semanas tan intensas, y que no me gusta demasiado, es la ambición. Digamos que he llegado a tener verdaderas broncas conmigo misma. Cuando me llamaron para decirme que era finalista no me lo podía creer. Nunca pensé que esa novela, que ni siquiera había escrito expresamente para ese premio sino para otro menos importante, fuera a llegar tan lejos y pudiera ser considerada la segunda mejor entre las 257 obras que se presentaron. Aún no lo entiendo. Y sin embargo, a los pocos días, la alegría de ser finalista fue dejando paso a la ilusión de ganar. Pensamientos que surgían como mariposas revoloteando en mi cabeza y que yo aplastaba enfadada. Por dios santo, ¿es que nunca puedo estar satisfecha? ¿Siempre tengo que querer más?
Imaginad lo que ha sido controlar y mantener a raya esa esperanza, para no deprimirme en el caso de no ganar, borrar de mi mente esos 100.000 euros de premio y al mismo tiempo cultivar la alegría de haber quedado finalista. He tenido que ordenar mis emociones como en un maldito jardín zen. Por otra parte, cuando uno intenta hacerse a la idea de que no va no ganar, no ayuda el hecho de tener que preparar unas palabras para “el minuto de gloria”, por si acaso, memorizar cómo hay que saludar a las autoridades y en qué orden y buscar una indumentaria adecuada para la ocasión. Otra cosa que me impresionó bastante fue entrar a la Real Casa de Correos, donde está el reloj en la Puerta del Sol (pero eso no era un decorado como los de barrio sésamo?!), atravesando una alfombra roja, un cordón policial y a un montón de gente expectante apoyada en las vallas (os remito al punto tres del párrafo dos).
Como yo vivo en Madrid, no fue necesario que me desplazara a ningún sitio, pero la Fundación SM pagó los gastos del viaje de mi hermana (mi acompañante oficial) y nos hubiera proporcionado también el alojamiento si lo hubiéramos necesitado. Además, la persona que hablaba conmigo por teléfono era prácticamente un ángel. Puede decirse que la amabilidad y atención de la organización hacia los finalistas es directamente proporcional a la crueldad del procedimiento, ya que el jurado se reúne unas pocas horas antes de la gala y la plica se abre en directo y ante notario, tras unos interminables discursos de las personalidades asistentes. Es de verdad una de las situaciones más angustiosas y al mismo tiempo emocionantes por las que he pasado nunca.
Hace un año tomé la decisión más traumática e importante de mi vida (que siempre había ido un poco a la deriva, como si no fuera yo, sino otro, quien escribiera el guión) dejé la agencia donde estaba y me fui a mi casa a descansar y a escribir. Supongo que muchos pensaron que me retiraba de la publicidad de primera división (de hecho, me he retirado, no tengo el más mínimo interés en volver a ella) y que eso de escribir era el típico rollo que se dice para parecer que te vas al paro pero con dignidad. Pero yo le dije a un amigo “mira, si me dieran ahora mismo a elegir entre ganar el Gran Premio de Cannes o el Premio Barco de Vapor es que no tendría ninguna duda!! Me hace mil veces más ilusión lo segundo!!” y eso fue determinante para que tuviera claro mis prioridades y decidiera no seguir dejándome el alma en un trabajo, que realmente es apasionante, pero que no me compensaba. Así que cambié de rumbo, radicalmente, y cualquiera que estuviera cerca de mí por entonces y me viera, podrá creerme cuando diga que esos cuatro meses que estuve en casa escribiendo fueron los más felices de mi vida. Escribir, es sin duda, la mejor manera que existe para mí de entender, soportar y disfrutar la experiencia de estar viva. Y un año después de haberle dicho eso a mi amigo, he ganado un premio y me he quedado muy cerca de otro que me parecía totalmente inalcanzable. Y entendiendo los premios como un reconocimiento, como una manera de que el mundo te diga “no estabas loca, si has llegado hasta aquí es que no lo haces tan mal”, está claro que debo seguir haciéndolo.
El otro día iba en el autobús, con los ojos cerrados, y esa impertinente ilusión de ganar de la que he hablado antes me inundaba la cabeza durante un simple instante, antes de que consiguiera bloquearla y pensar en otras cosas. Pero en tan sólo un segundo, el estómago se me había encogido, y un temblor me recorría de arriba abajo y me preguntaba cómo era posible que un simple pensamiento, tan sólo esa ilusión momentánea me causara una reacción física tan violenta y tan inmediata. No recuerdo haber sentido nada así de fuerte, salvo un par de veces en las que he estado enfermizamente enamorada. Y esto no era enfermizo, era bueno, y completamente real.
Sé que este post es improcedente en esta nueva etapa de egoismo.com y la verdad es que no pretendo volver a esa línea editorial absolutamente exhibicionista de otros tiempos. Sé que es un post muy en plan “cómo molo”, pero es que realmente estoy tan contenta, tan feliz, que si no lo contaba iba a estallar. Ayer, después de la desilusión inicial, me lo pasé realmente bien en la fiesta, conocí a mucha gente que fue amable conmigo y recibí la estupenda noticia de que están interesados en publicar el libro, aunque no haya ganado (cosa que no quiero creerme hasta que me llamen formalmente para firmar un contrato).
Así que ahora estoy en ese punto que imaginaba hace una semana, cuando estaba sola en una sala, mirando por la ventana cómo se estremecían los árboles, a punto de reventar por la primavera, y charlaba conmigo misma:
“¿qué pasará? ¿qué pasará? ¿se irá toda esta ilusión si no gano? ¿cómo puedes decir eso, con todo lo que ha pasado, con todo lo que hemos hecho, todo lo que ha ocurrido en este último año? ¡Pasarán más cosas!”
Y miraba por la ventana y veía a la gente ir y venir por la calle y a los pájaros revolotear inquietos y seguí allí sentada e inmóvil, pero violentamente agitada por dentro, pensando: “¡ah, la vida, la vida!”
No me cabe duda que en el futuro, la llegada de la web 2.0 será recordada como la época más tonta de internet. La era de los internautontainas.
Víctima de estos tiempos, siento que mi vida virtual se ha convertido en una especie de peregrina peregrinación de una red social a otra, con mis datos a cuestas, como los bártulos de una familia gitana. Ains, qué cansino.
Me decía alguien el otro día que no entendía muy bien a qué se le llamaba web 2.0 exactamente. Lo que yo le dije, pasándome la definición técnica por el forro, claro, es que forma parte de la web 2.0 toda herramienta web que parezca fácil, cómoda, sencilla y sobre todo muy útil, pero que acabe siendo un tormento.
Teniendo en cuenta que probablemente yo no conozca ni un 3% de los sitios que ofrecen sus “eficientes” servicios gratuitos en la red, no me quiero ni imaginar la neurosis que tiene que sufrir una persona mejor informada, cuando encuentra un link de interés. Lo que a mí me ocurre cuando por la mañana reviso mi google reader y leo un post interesante, que me gustaría recordar, se acerca bastante a un bloqueo del sistema, porque las posibilidades son muchas y mi procesador mental es lento. Veamos, lo que puedo hacer es:
-Señalarlo con una estrella (esto es fácil, pero la carpeta de “elementos destacados” es como un baúl sin fondo, donde luego a ver quién encuentra algo).
-Compartirlo en facebook (sólo que facebook ahora me da asco).
-Postearlo en tumblr.
-Anotarlo en Google Notebook.
-Taggearlo (taguearlo?) en del.icio.us.
-Twittearlo (a pesar de que simplemente con conjugar este verbo ya me siento gilipollas).
-Otros.
Total, que lo que hago es levantarme e ir al baño o mirar mi correo en otra pestaña y dejar la decisión para más tarde. Aunque más tarde, por supuesto (y me refiero a unos cinco segundos), eso que me parecía tan interesante se ha deshecho en el olvido y yo ya estoy a otra cosa mariposa.
Otro factor que complica la situación es que de cada uno de esos servicios hay varias páginas similares. Qué uso? twitter o powce o jaiku? flickr o picasa o el album de facebook? Subo mis fotos ochenta y cinco veces y las taggeo otras tantas como una imbécil? No, tranquila, para solucionar este problema surgen otras páginas que lo agrupan todo. Qué inteligente! Una única página desde donde controlar tu twitter, tu flickr, tu blog, tu last.fm, tus feeds, etc. Una página que acaba hecha un cristo y que dejas abandonada a la primera de cambio. Una vez, caminando por la calle, tuve una reveladora conversación con Manuel. Hablábamos de facebook:
Él: Pero qué ventaja tiene?
Yo: Pues que puedes tener todas tus cosas juntas y ordenadas!
Él: Pero para eso está el ordenador!!
Claro. ¡Claro, joder! Para eso está el ordenador. A veces hay que pararse un momento y hacer este tipo de reflexiones. Otro día, me ocurrió lo mismo cuando comentando algo sobre un ilustrador con un chico del trabajo, me dijo: “Un momento”, pasó un par de hojas de una libreta cochambrosa que tenía al lado y copió una dirección en el navegador. A mí, sólo de ver una url escrita a lápiz se me cayó un ojo.
Para encontrar un término medio entre eso y volverse uno completamente loco, os comentaré lo que opino sobre algunos servicios de la web 2.0 que más uso (vuelvo a recordar que me la sopla la definición técnica, sobre todo porque parece que discutir acerca de lo que se engloba o no en ella se ha convertido en un requisito indispensable para obtener el título de idiota):
del.icio.us: Para mí todo este horror empezó con del.icio.us. Esa desazón, esa culpabilidad de no haber hecho los deberes. De no haberte llevado la cámara de fotos a ese evento tan importante. Esa sensación de que todo se perderá si uno no lo almacena bien ordenado con cincuenta tags, por si dentro de un tiempo quiere recuperarlo… Dios, intento almacenar y ordenar mis enlaces en del.icio.us pero me cuesta tanto como no dejar la ropa amontonada en una silla cuando me desvisto.
Flickr: Me compré una cuenta pro de flickr y fue como si tirara mi dinero a una papelera. Joder, ¡si no hago fotos!
Gmail + Google Documents + Google Reader: Éste es el combo del amor que me da la vida. A veces, si pienso en todo lo que google ha hecho por mí, me da la sensación de que si no existiera él, yo estaría por ahí, abandonada, tirada en las calles o muerta.
Twitter: A dios puse por testigo de que no me haría un twitter. Twitter, twitter, follower, follower. Puede haber una cosa más tonta? Sobre twitter y su aparentemente justificado uso para alardear de lo guay que es uno, podría escribir una tesis sociológica. Pero sí, al final me lo hice. Lo tengo en privado (por favor, no me añadas si no me conoces en persona) y resulta que es genial para mantener el contacto diario con amigos que sólo veo de vez en cuando. No requiere la atención del mail o el chat, y usándolo con twitterrific, es cómodo, limpio e indoloro. Así que donde dije digo, digo diego.
Last.fm: Me gustaría no conocer last.fm para volver a descubrirlo de nuevo. Esta web es un tesoro y a ella le debo grandes descubrimientos musicales. No voy a explicar todos los servicios que ofrece porque me da pereza y porque son muchísimos! Lo único que advierto es que last.fm es un arma de doble filo y sin que te des cuenta, puede arruinarte la vida. Literalmente. Si uno entra en el juego de ver lo que está escuchando en ese momento fulanito o sentirse espiado por menganito, la cosa acabará mal. Personalmente, puedo decir que en Navidad decidí entrar sólo a last.fm, puntualmente, para buscar grupos o enterarme de conciertos, y mi vida y mi salud mental han mejorado en un 150%. Y no exagero.
Facebook: Antes de que facebook se conviritiera en una especie de vertedero virtual lleno de spam y de forwardismos, la verdad es que me encantaba. En mi opinión, por lo que Facebook se ha hecho tan popular es porque todo el mundo usa su nombre real y puedes encontrar a muchos de tus conocidos. Mandar una invitación para agregarte como contacto no es tan invasivo ni requiere tanto esfuerzo como mandar un mail, y aceptarla no te compromete a nada. Es una manera de estar en contacto con la gente sin decirse nada. Y eso está bien. O por lo menos a mí me lo parece. Es cómodo. Ahorra tiempo. Otro de los puntos fuertes de facebook para mí es la herramienta que tiene para compartir links. Pulsando un simple botón en la barra de marcadores, facebook te organiza un minipost con thumbnail, descripción y tu comentario. Y no sólo eso. Con pegar una url en un mensaje a un amigo, facebook te monta lo mismo instantáneamente y si es un vídeo, hasta te sale en pequeñito para poder reproducirlo. Reconozco que esa herramienta de facebook me alucina tanto que me ha hecho mirar a google a veces con malos ojos. Vale, vale que nadie sea perfecto y pueda cometer errores, pero ¿orkut? Uffff.
Tumblr o la recomendación encubierta: Sí, por fin llegamos al motivo del post, que no es otro que contar que me he hecho un tumblr. O más que hacérmelo -lo cual fue hace tiempo cuando me enseñó Isra el suyo-, es que he decidido usarlo. Pensé que estaría bien ir guardando sobre la marcha todo lo que voy viendo y me gusta, en un sitio mejor que facebook o del.icio.us, y pensé que quizá a los lectores de esta página les interesara lo que a mí me interesa. Pero entonces qué hacer? Ponerle un plugin a wordpress para que funcionara como tumblr y mezclar estos posts y los posts express? Poner otro plugin para que me los separase? Integrar tumblr o un similar en la parte izquierda del blog? Unificar los feeds? Otra vez la parálisis. Estuve una tarde entera sin poder decidir cual de las posibles soluciones era más “usable”, más práctica para el lector. Hasta que dije: Y A MÍ QUÉ ME IMPORTA? Por dios, este blog se llama egoísmo! Así que esto es EGOINSTANT, y si alguien quiere leerlo bien, y si no, me es indiferente.
Cuando La Emperatriz Infantil le enseñó a Bastian ese grano de arena minúsculo al que se había quedado reducido Fantasía y le dijo algo así como “no te preocupes, puedes volver a imaginarlo todo de nuevo. Fantasía seguirá existiendo mientras alguien crea en ella y bla, bla, bla” yo sentí que ardía de indignación. Pero cómo que no pasa nada? Y para esto tanto estrés? Por dios, casi me da un infarto con el maldito lobo de la Nada, por no hablar de las Esfinges. Ahí pensé que no lo contábamos. Qué tensión! Y ahora me dices que no pasa nada? Y por qué no lo has dicho desde el principio si en eso consistía todo? Por qué tantos peligros y tanta historia con el Auryn (que no servía para nada!) si luego todo era cuestión de “imaginar”? Por qué has sido tan tramposa en tu palacio blanco y con tu adorno de primera comunión de niña gitana en la frente? Y si eso que brilla en tu mano es Fantasía dónde estáis tú y Bastian, eh? Qué significa ese fondo negro? No era la Nada algo mortal? Piensas que porque soy una niña no me doy cuenta de eso?
Sí, lo cierto es que el final de La Historia Interminable me pareció una maldita ESTAFA. Y quién diga que viéndola a esa edad le pareció bonito es porque no se enteró de nada, se quedó embobado con la canción y con el vuelo final de Fújur (por qué lo pronunciaban como Follo en la versión española? No se daban cuenta de que a los niños nos confundían?) y luego la edad y el olvido borraron todo rastro de incomprensión.
Pero yo sí recuerdo aquel final decepcionante. Entonces era todo una idea de Bastian? Estaba Fantasía sólo en su cabeza? Quería pensar que no, quería olvidar ese último cuarto de hora. Por mí, Bastian y La Emperatriz Infantil podían morirse, o perderse en sus metaconversaciones tipo Matrix. Yo quería a Atreyu, al dragón y la emoción del principio.
Con la edad y después de leerme el libro comprendí realmente La Historia Interminable, comprendí que era una metáfora y entendí por fin el título (interminable! interminable, claro!!), y aunque la reconozco como una obra maestra en su género, no sé si nunca dejaré de guardarle algo de rencor.
Es curioso como casi veinte años después, siendo una adulta (una vieja! si me miro desde la infancia) saliese del cine arrasada en lágrimas después de ver El Laberinto del Fauno (al menos de niña, conseguí guardar la dignidad) por el mismo motivo. Porque no he superado eso de que Fantasía no exista. No lo he superado en absoluto.
Pero sigo y seguiré dándome cabezazos contra la misma idea. Y consumiendo productos que alivien momentáneamente esa tristeza, esa decepción. Y si puedo, traficaré con ellos. Es más, los produciré yo misma. Nada me causa más satisfacción que contribuir a la causa y sembrar la duda y que algún niño o algún viejo piensen durante un instante que Fantasía existe más allá de Bastian, al menos mientras sigan leyendo o las luces del cine continúen apagadas.
Hoy en mis feeds me he encontrado con esto. Y que sea de Tarsem (me encantó La Celda, sí, a pesar de JLO) y que haya ganado el premio a la mejor película en Sitges me hacen albergar GRANDES ESPERANZAS. No hay nada que me interese más ahora mismo que cualquier película, libro o pensamiento, simplemente, que explore la barrera entre realidad y ficción, entre lo que es y lo que imaginamos. Por si resulta que algún día, por fin encontramos la manera de traspasarla.
Jennifer dice que le gusta leerme por las historias que cuento entre recomendación y recomendación. Sin embargo, no sé si, como a mucha otra gente, le resultaría incómodo verse enredada en una de ellas, convertida en un personaje, atrapada en el recuerdo subjetivo de otra persona.
Por ejemplo, si digo que la reconocí por la borla de su bufanda, cuando distinguí desde lejos una sección de su espalda que no tapaba el kiosco, y digo que estaba allí de pie, con una boina de lana sobre su perfil absorto en las páginas del libro que sostenía, Jennifer, precisamente por estar pendiente de otra lectura, otra historia, otros personajes, por tener la atención puesta en otras palabras, no puede dar réplica a las mías. No puede ni siquiera decir que no fue así como ocurrió.
Pero desde el momento en el que advierte mi presencia, cierra el libro y me sonríe, se convierte en el otro punto de vista de la historia y puede protestar si me salto partes, si modifico ligeramente los diálogos, si resumo la historia en puntos que le parecen relevantes o paro el tiempo y me recreo en detalladas descripciones. Puede resultarle incómodo si hablo de sus ojos brillantes y enrojecidos bajo la luz fulgurante del metro, como si estuviera un poco enferma o a punto de llorar, mientras nos estábamos riendo. Pero era eso lo que yo pensaba, en que sus ojos de repente se habían vuelto verdes y brillaban extraordinariamente sin que ella lo supiera.
Puedo hablar de cómo se comportaba su pelo y cómo sonaba su risa, puedo ser dulce y halagarla o puedo examinarla fría cruelmente como si le hiciera una autopsia. ¿Pero no es horrible pensar que ella también sabe cómo eran mi pelo y mi risa y si mis ojos brillaron en algún momento? Yo no lo sé. No tengo la menor idea y no quiero saberlo.
Yo odio que la gente pueda observarme y describirme. Que me tenga presa en sus recuerdos representando una y otra un papel que no conozco, con tan solo la voluntad de recordarme. Odio tener un cuerpo que se mueva, adopte expresiones y posturas que la gente pueda ver y yo no. Odio que mi voz suene más allá de mi cabeza y los demás retengan mis palabras y su memoria pueda modificarlas a su antojo, como hace la mía con las de ellos. Por supuesto, vivo con ello desde hace un poco menos de veintisiete años (fue terrible descubrirlo de repente), lo entiendo, lo comprendo y lo acepto, pero si me paro a pensarlo me embarga el odio.
Yo soy y siempre he sido la voz del narrador y aunque quisiera, no podría dejar de serlo. Yo era la voz del narrador y me sentía atrapada en el cuerpo y en la vida de una niña que se llamaba Carmen, pero no era ella la que escribía cuentos tontos sobre flores que hablaban, con una máquina de escribir eléctrica (cuyo sonido terrible al pulsar las teclas le confería a todas las historias mucha más tensión de la que luego quedaba en el papel). No era ella, no puedo imaginarme a una niña larguirucha sentada escribiendo esos cuentos. ¡Era yo! Era yo, la voz del narrador en mis primeros y torpes años de oficio. Y no puedo ni siquiera poner distancia entre mi narración y yo y contar mis recuerdos en tercera persona (cosa que tampoco querría que tuvieran que soportar mis lectores, por cierto). No puedo hablar de mí y describirme como una niña o como una mujer porque entonces me odio. Odio esta prisión en la que nací.
Fui yo, la voz del narrador la que reconoció a otro narrador en la primera página de “El guardian entre el centeno” (y eso siempre se lo deberé a Salinger). Comprendí perfectamente a esa otra voz atrapada que además me hizo reír y llorar y la envidié por saber expresarse, por encontrar las palabras y disponerlas en el orden correcto. La envidié por haber llegado hasta mí a través del tiempo y el espacio y por haber escapado, de esa forma, a su prisión.
Soy yo la voz que narra la vida de la persona a la que llaman Carmen (ni siquiera me he identificado nunca con mi nombre, no es terrible?), constantemente y sin descanso, y a veces he querido apagarme o callarme para siempre, pero sigo aquí atrapada, en esta soledad absoluta, y sólo encuentro alivio a veces cuando me escapo en estas letras o cuando conecto con otras voces escritas y me pierdo en ellas.
Así que cuando terminé de leer Expiación y me separé de ese último narrador, de la voz que escribe las últimas páginas, que me había resultado tan cercana y tan maravillosa, me emocioné tanto que Carmen, mi cuerpo, empezó a llorar de manera desconsolada y convulsa y yo no podía hacer nada por pararlo (es tan estúpida a veces…) así que sencillamente tuve que esperar a que se le pasara. Después, tumbé a Carmen en la cama y la hice cerrar los ojos, para moverme a mis anchas y pensar en el libro increíble que acababa de leer.
Me encantaría charlar con la voz de Ian McEwan y hacerle mil preguntas sólo sobre el título de la novela (que es también el de este post). Me gustaría saber si “expiación” hace referencia sólo a la historia, al pecado de la protagonista, o tiene también el significado mucho más profundo y más amplio que yo le encuentro, pero nunca lo haría, nunca charlaría con esa voz porque es muy superior, tiene tremendos poderes y me asusta. Es una voz capaz de hacerse pasar por otra, radicalmente distinta, y parecer auténtica. Es un narrador capaz de poner distancia, utilizar la tercera persona y golpearte luego, a traición, con la fuerza de la primera.
Ian McEwan puede detener el tiempo y recrearse en las más bellas descripciones, acariciar el aire y la luz, penetrar en la más oscura intimidad de personas que no existen, mientras le guiña un ojo a las voces clásicas del XIX y al mismo tiempo se muestra humilde y obediente ante personalidades como la de Virginia Woolf (quién en el mundo podría desafiar a esa voz?). Puede saltar también bruscamente en el tiempo y enfrentar al lector con contrastes terribles, después de haber sido amable y haberle enredado en una historia que parecía ligera. Puede arrastrarle y obligarle a participar en una trama clásica de folletín, de dramón romántico. Puede obligarle a confesar que eso es lo que realmente le gusta, aunque el lector se hubiera mostrado frío y ajeno a las vulgaridades de la trama. Puede hacerle creer al mundo que ha escrito una novela sobre el amor o sobre la culpa cuando en realidad ha escrito una novela sobre escribir.
La película es un complemento perfecto que le pone luz y música a las palabras y acierta con cada una de las imágenes del libro, mejorándolas incluso con una increíble fotografía. Es un complemento, y no sé si valdría por si misma, pero los lectores se sentirán satisfechos y hasta mimados en algunas partes. Lo único que chirría en una de las mejores adaptaciones a un libro que he visto es Keira Knightley y no porque lo haga mal, sino porque simplemente no es Cecilia.
Por supuesto, me quedo con el libro, metafóricamente claro, porque fue prestado por mi sabia compañera de pupitre y cuando lo saque de la estantería y lo vuelva a abrir, se caerán también al suelo recuerdos de mi vida, aunque ella no los vea.
Cuando Jennifer se baja del metro y me dice “Hasta luego, Arthur” y yo le contesto “Hasta luego, Oscar” y las dos nos sentimos un poco avergonzadas pero divertidas por nuestra broma privada, yo vuelvo a ser el único punto de vista del recuerdo, porque el resto no son más que una masa gris y vacía de desconocidos. Pero cuando giro la esquina y camino de noche por la calle, completamente vacía, me vuelvo absoluta y todopoderosa y la música triunfal que escucho es la que suena en el mundo y mis pies (que ahora son míos, porque si no lo ve nadie es mi cuerpo, no el de Carmen, Carmen sólo existe en los demás) caminan a dos palmos del suelo, o mejor aún, golpean el suelo con una fuerza sobrenatural que hace retumbar la calle, es decir, todo. Y mi pelo lárguísimo se eleva y se expande sobre mi cabeza y mis rizos entran por las ventanas y asfixian a las personas dormidas, que ya no existen más. Y justo cuando pulso el botón del ascensor la música termina y sólo oigo mi respiración agitada y yo, mi propia voz, que es lo único que hay.
« Previous Entries