No me cabe duda que en el futuro, la llegada de la web 2.0 será recordada como la época más tonta de internet. La era de los internautontainas.
Víctima de estos tiempos, siento que mi vida virtual se ha convertido en una especie de peregrina peregrinación de una red social a otra, con mis datos a cuestas, como los bártulos de una familia gitana. Ains, qué cansino.
Me decía alguien el otro día que no entendía muy bien a qué se le llamaba web 2.0 exactamente. Lo que yo le dije, pasándome la definición técnica por el forro, claro, es que forma parte de la web 2.0 toda herramienta web que parezca fácil, cómoda, sencilla y sobre todo muy útil, pero que acabe siendo un tormento.
Teniendo en cuenta que probablemente yo no conozca ni un 3% de los sitios que ofrecen sus “eficientes” servicios gratuitos en la red, no me quiero ni imaginar la neurosis que tiene que sufrir una persona mejor informada, cuando encuentra un link de interés. Lo que a mí me ocurre cuando por la mañana reviso mi google reader y leo un post interesante, que me gustaría recordar, se acerca bastante a un bloqueo del sistema, porque las posibilidades son muchas y mi procesador mental es lento. Veamos, lo que puedo hacer es:
-Señalarlo con una estrella (esto es fácil, pero la carpeta de “elementos destacados” es como un baúl sin fondo, donde luego a ver quién encuentra algo).
-Compartirlo en facebook (sólo que facebook ahora me da asco).
-Postearlo en tumblr.
-Anotarlo en Google Notebook.
-Taggearlo (taguearlo?) en del.icio.us.
-Twittearlo (a pesar de que simplemente con conjugar este verbo ya me siento gilipollas).
-Otros.
Total, que lo que hago es levantarme e ir al baño o mirar mi correo en otra pestaña y dejar la decisión para más tarde. Aunque más tarde, por supuesto (y me refiero a unos cinco segundos), eso que me parecía tan interesante se ha deshecho en el olvido y yo ya estoy a otra cosa mariposa.
Otro factor que complica la situación es que de cada uno de esos servicios hay varias páginas similares. Qué uso? twitter o powce o jaiku? flickr o picasa o el album de facebook? Subo mis fotos ochenta y cinco veces y las taggeo otras tantas como una imbécil? No, tranquila, para solucionar este problema surgen otras páginas que lo agrupan todo. Qué inteligente! Una única página desde donde controlar tu twitter, tu flickr, tu blog, tu last.fm, tus feeds, etc. Una página que acaba hecha un cristo y que dejas abandonada a la primera de cambio. Una vez, caminando por la calle, tuve una reveladora conversación con Manuel. Hablábamos de facebook:
Él: Pero qué ventaja tiene?
Yo: Pues que puedes tener todas tus cosas juntas y ordenadas!
Él: Pero para eso está el ordenador!!
Claro. ¡Claro, joder! Para eso está el ordenador. A veces hay que pararse un momento y hacer este tipo de reflexiones. Otro día, me ocurrió lo mismo cuando comentando algo sobre un ilustrador con un chico del trabajo, me dijo: “Un momento”, pasó un par de hojas de una libreta cochambrosa que tenía al lado y copió una dirección en el navegador. A mí, sólo de ver una url escrita a lápiz se me cayó un ojo.
Para encontrar un término medio entre eso y volverse uno completamente loco, os comentaré lo que opino sobre algunos servicios de la web 2.0 que más uso (vuelvo a recordar que me la sopla la definición técnica, sobre todo porque parece que discutir acerca de lo que se engloba o no en ella se ha convertido en un requisito indispensable para obtener el título de idiota):
del.icio.us: Para mí todo este horror empezó con del.icio.us. Esa desazón, esa culpabilidad de no haber hecho los deberes. De no haberte llevado la cámara de fotos a ese evento tan importante. Esa sensación de que todo se perderá si uno no lo almacena bien ordenado con cincuenta tags, por si dentro de un tiempo quiere recuperarlo… Dios, intento almacenar y ordenar mis enlaces en del.icio.us pero me cuesta tanto como no dejar la ropa amontonada en una silla cuando me desvisto.
Flickr: Me compré una cuenta pro de flickr y fue como si tirara mi dinero a una papelera. Joder, ¡si no hago fotos!
Gmail + Google Documents + Google Reader: Éste es el combo del amor que me da la vida. A veces, si pienso en todo lo que google ha hecho por mí, me da la sensación de que si no existiera él, yo estaría por ahí, abandonada, tirada en las calles o muerta.
Twitter: A dios puse por testigo de que no me haría un twitter. Twitter, twitter, follower, follower. Puede haber una cosa más tonta? Sobre twitter y su aparentemente justificado uso para alardear de lo guay que es uno, podría escribir una tesis sociológica. Pero sí, al final me lo hice. Lo tengo en privado (por favor, no me añadas si no me conoces en persona) y resulta que es genial para mantener el contacto diario con amigos que sólo veo de vez en cuando. No requiere la atención del mail o el chat, y usándolo con twitterrific, es cómodo, limpio e indoloro. Así que donde dije digo, digo diego.
Last.fm: Me gustaría no conocer last.fm para volver a descubrirlo de nuevo. Esta web es un tesoro y a ella le debo grandes descubrimientos musicales. No voy a explicar todos los servicios que ofrece porque me da pereza y porque son muchísimos! Lo único que advierto es que last.fm es un arma de doble filo y sin que te des cuenta, puede arruinarte la vida. Literalmente. Si uno entra en el juego de ver lo que está escuchando en ese momento fulanito o sentirse espiado por menganito, la cosa acabará mal. Personalmente, puedo decir que en Navidad decidí entrar sólo a last.fm, puntualmente, para buscar grupos o enterarme de conciertos, y mi vida y mi salud mental han mejorado en un 150%. Y no exagero.
Facebook: Antes de que facebook se conviritiera en una especie de vertedero virtual lleno de spam y de forwardismos, la verdad es que me encantaba. En mi opinión, por lo que Facebook se ha hecho tan popular es porque todo el mundo usa su nombre real y puedes encontrar a muchos de tus conocidos. Mandar una invitación para agregarte como contacto no es tan invasivo ni requiere tanto esfuerzo como mandar un mail, y aceptarla no te compromete a nada. Es una manera de estar en contacto con la gente sin decirse nada. Y eso está bien. O por lo menos a mí me lo parece. Es cómodo. Ahorra tiempo. Otro de los puntos fuertes de facebook para mí es la herramienta que tiene para compartir links. Pulsando un simple botón en la barra de marcadores, facebook te organiza un minipost con thumbnail, descripción y tu comentario. Y no sólo eso. Con pegar una url en un mensaje a un amigo, facebook te monta lo mismo instantáneamente y si es un vídeo, hasta te sale en pequeñito para poder reproducirlo. Reconozco que esa herramienta de facebook me alucina tanto que me ha hecho mirar a google a veces con malos ojos. Vale, vale que nadie sea perfecto y pueda cometer errores, pero ¿orkut? Uffff.
Tumblr o la recomendación encubierta: Sí, por fin llegamos al motivo del post, que no es otro que contar que me he hecho un tumblr. O más que hacérmelo -lo cual fue hace tiempo cuando me enseñó Isra el suyo-, es que he decidido usarlo. Pensé que estaría bien ir guardando sobre la marcha todo lo que voy viendo y me gusta, en un sitio mejor que facebook o del.icio.us, y pensé que quizá a los lectores de esta página les interesara lo que a mí me interesa. Pero entonces qué hacer? Ponerle un plugin a wordpress para que funcionara como tumblr y mezclar estos posts y los posts express? Poner otro plugin para que me los separase? Integrar tumblr o un similar en la parte izquierda del blog? Unificar los feeds? Otra vez la parálisis. Estuve una tarde entera sin poder decidir cual de las posibles soluciones era más “usable”, más práctica para el lector. Hasta que dije: Y A MÍ QUÉ ME IMPORTA? Por dios, este blog se llama egoísmo! Así que esto es EGOINSTANT, y si alguien quiere leerlo bien, y si no, me es indiferente.
Cuando La Emperatriz Infantil le enseñó a Bastian ese grano de arena minúsculo al que se había quedado reducido Fantasía y le dijo algo así como “no te preocupes, puedes volver a imaginarlo todo de nuevo. Fantasía seguirá existiendo mientras alguien crea en ella y bla, bla, bla” yo sentí que ardía de indignación. Pero cómo que no pasa nada? Y para esto tanto estrés? Por dios, casi me da un infarto con el maldito lobo de la Nada, por no hablar de las Esfinges. Ahí pensé que no lo contábamos. Qué tensión! Y ahora me dices que no pasa nada? Y por qué no lo has dicho desde el principio si en eso consistía todo? Por qué tantos peligros y tanta historia con el Auryn (que no servía para nada!) si luego todo era cuestión de “imaginar”? Por qué has sido tan tramposa en tu palacio blanco y con tu adorno de primera comunión de niña gitana en la frente? Y si eso que brilla en tu mano es Fantasía dónde estáis tú y Bastian, eh? Qué significa ese fondo negro? No era la Nada algo mortal? Piensas que porque soy una niña no me doy cuenta de eso?
Sí, lo cierto es que el final de La Historia Interminable me pareció una maldita ESTAFA. Y quién diga que viéndola a esa edad le pareció bonito es porque no se enteró de nada, se quedó embobado con la canción y con el vuelo final de Fújur (por qué lo pronunciaban como Follo en la versión española? No se daban cuenta de que a los niños nos confundían?) y luego la edad y el olvido borraron todo rastro de incomprensión.
Pero yo sí recuerdo aquel final decepcionante. Entonces era todo una idea de Bastian? Estaba Fantasía sólo en su cabeza? Quería pensar que no, quería olvidar ese último cuarto de hora. Por mí, Bastian y La Emperatriz Infantil podían morirse, o perderse en sus metaconversaciones tipo Matrix. Yo quería a Atreyu, al dragón y la emoción del principio.
Con la edad y después de leerme el libro comprendí realmente La Historia Interminable, comprendí que era una metáfora y entendí por fin el título (interminable! interminable, claro!!), y aunque la reconozco como una obra maestra en su género, no sé si nunca dejaré de guardarle algo de rencor.
Es curioso como casi veinte años después, siendo una adulta (una vieja! si me miro desde la infancia) saliese del cine arrasada en lágrimas después de ver El Laberinto del Fauno (al menos de niña, conseguí guardar la dignidad) por el mismo motivo. Porque no he superado eso de que Fantasía no exista. No lo he superado en absoluto.
Pero sigo y seguiré dándome cabezazos contra la misma idea. Y consumiendo productos que alivien momentáneamente esa tristeza, esa decepción. Y si puedo, traficaré con ellos. Es más, los produciré yo misma. Nada me causa más satisfacción que contribuir a la causa y sembrar la duda y que algún niño o algún viejo piensen durante un instante que Fantasía existe más allá de Bastian, al menos mientras sigan leyendo o las luces del cine continúen apagadas.
Hoy en mis feeds me he encontrado con esto. Y que sea de Tarsem (me encantó La Celda, sí, a pesar de JLO) y que haya ganado el premio a la mejor película en Sitges me hacen albergar GRANDES ESPERANZAS. No hay nada que me interese más ahora mismo que cualquier película, libro o pensamiento, simplemente, que explore la barrera entre realidad y ficción, entre lo que es y lo que imaginamos. Por si resulta que algún día, por fin encontramos la manera de traspasarla.
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Jennifer dice que le gusta leerme por las historias que cuento entre recomendación y recomendación. Sin embargo, no sé si, como a mucha otra gente, le resultaría incómodo verse enredada en una de ellas, convertida en un personaje, atrapada en el recuerdo subjetivo de otra persona.
Por ejemplo, si digo que la reconocí por la borla de su bufanda, cuando distinguí desde lejos una sección de su espalda que no tapaba el kiosco, y digo que estaba allí de pie, con una boina de lana sobre su perfil absorto en las páginas del libro que sostenía, Jennifer, precisamente por estar pendiente de otra lectura, otra historia, otros personajes, por tener la atención puesta en otras palabras, no puede dar réplica a las mías. No puede ni siquiera decir que no fue así como ocurrió.
Pero desde el momento en el que advierte mi presencia, cierra el libro y me sonríe, se convierte en el otro punto de vista de la historia y puede protestar si me salto partes, si modifico ligeramente los diálogos, si resumo la historia en puntos que le parecen relevantes o paro el tiempo y me recreo en detalladas descripciones. Puede resultarle incómodo si hablo de sus ojos brillantes y enrojecidos bajo la luz fulgurante del metro, como si estuviera un poco enferma o a punto de llorar, mientras nos estábamos riendo. Pero era eso lo que yo pensaba, en que sus ojos de repente se habían vuelto verdes y brillaban extraordinariamente sin que ella lo supiera.
Puedo hablar de cómo se comportaba su pelo y cómo sonaba su risa, puedo ser dulce y halagarla o puedo examinarla fría cruelmente como si le hiciera una autopsia. ¿Pero no es horrible pensar que ella también sabe cómo eran mi pelo y mi risa y si mis ojos brillaron en algún momento? Yo no lo sé. No tengo la menor idea y no quiero saberlo.
Yo odio que la gente pueda observarme y describirme. Que me tenga presa en sus recuerdos representando una y otra un papel que no conozco, con tan solo la voluntad de recordarme. Odio tener un cuerpo que se mueva, adopte expresiones y posturas que la gente pueda ver y yo no. Odio que mi voz suene más allá de mi cabeza y los demás retengan mis palabras y su memoria pueda modificarlas a su antojo, como hace la mía con las de ellos. Por supuesto, vivo con ello desde hace un poco menos de veintisiete años (fue terrible descubrirlo de repente), lo entiendo, lo comprendo y lo acepto, pero si me paro a pensarlo me embarga el odio.
Yo soy y siempre he sido la voz del narrador y aunque quisiera, no podría dejar de serlo. Yo era la voz del narrador y me sentía atrapada en el cuerpo y en la vida de una niña que se llamaba Carmen, pero no era ella la que escribía cuentos tontos sobre flores que hablaban, con una máquina de escribir eléctrica (cuyo sonido terrible al pulsar las teclas le confería a todas las historias mucha más tensión de la que luego quedaba en el papel). No era ella, no puedo imaginarme a una niña larguirucha sentada escribiendo esos cuentos. ¡Era yo! Era yo, la voz del narrador en mis primeros y torpes años de oficio. Y no puedo ni siquiera poner distancia entre mi narración y yo y contar mis recuerdos en tercera persona (cosa que tampoco querría que tuvieran que soportar mis lectores, por cierto). No puedo hablar de mí y describirme como una niña o como una mujer porque entonces me odio. Odio esta prisión en la que nací.
Fui yo, la voz del narrador la que reconoció a otro narrador en la primera página de “El guardian entre el centeno” (y eso siempre se lo deberé a Salinger). Comprendí perfectamente a esa otra voz atrapada que además me hizo reír y llorar y la envidié por saber expresarse, por encontrar las palabras y disponerlas en el orden correcto. La envidié por haber llegado hasta mí a través del tiempo y el espacio y por haber escapado, de esa forma, a su prisión.
Soy yo la voz que narra la vida de la persona a la que llaman Carmen (ni siquiera me he identificado nunca con mi nombre, no es terrible?), constantemente y sin descanso, y a veces he querido apagarme o callarme para siempre, pero sigo aquí atrapada, en esta soledad absoluta, y sólo encuentro alivio a veces cuando me escapo en estas letras o cuando conecto con otras voces escritas y me pierdo en ellas.
Así que cuando terminé de leer Expiación y me separé de ese último narrador, de la voz que escribe las últimas páginas, que me había resultado tan cercana y tan maravillosa, me emocioné tanto que Carmen, mi cuerpo, empezó a llorar de manera desconsolada y convulsa y yo no podía hacer nada por pararlo (es tan estúpida a veces…) así que sencillamente tuve que esperar a que se le pasara. Después, tumbé a Carmen en la cama y la hice cerrar los ojos, para moverme a mis anchas y pensar en el libro increíble que acababa de leer.
Me encantaría charlar con la voz de Ian McEwan y hacerle mil preguntas sólo sobre el título de la novela (que es también el de este post). Me gustaría saber si “expiación” hace referencia sólo a la historia, al pecado de la protagonista, o tiene también el significado mucho más profundo y más amplio que yo le encuentro, pero nunca lo haría, nunca charlaría con esa voz porque es muy superior, tiene tremendos poderes y me asusta. Es una voz capaz de hacerse pasar por otra, radicalmente distinta, y parecer auténtica. Es un narrador capaz de poner distancia, utilizar la tercera persona y golpearte luego, a traición, con la fuerza de la primera.
Ian McEwan puede detener el tiempo y recrearse en las más bellas descripciones, acariciar el aire y la luz, penetrar en la más oscura intimidad de personas que no existen, mientras le guiña un ojo a las voces clásicas del XIX y al mismo tiempo se muestra humilde y obediente ante personalidades como la de Virginia Woolf (quién en el mundo podría desafiar a esa voz?). Puede saltar también bruscamente en el tiempo y enfrentar al lector con contrastes terribles, después de haber sido amable y haberle enredado en una historia que parecía ligera. Puede arrastrarle y obligarle a participar en una trama clásica de folletín, de dramón romántico. Puede obligarle a confesar que eso es lo que realmente le gusta, aunque el lector se hubiera mostrado frío y ajeno a las vulgaridades de la trama. Puede hacerle creer al mundo que ha escrito una novela sobre el amor o sobre la culpa cuando en realidad ha escrito una novela sobre escribir.
La película es un complemento perfecto que le pone luz y música a las palabras y acierta con cada una de las imágenes del libro, mejorándolas incluso con una increíble fotografía. Es un complemento, y no sé si valdría por si misma, pero los lectores se sentirán satisfechos y hasta mimados en algunas partes. Lo único que chirría en una de las mejores adaptaciones a un libro que he visto es Keira Knightley y no porque lo haga mal, sino porque simplemente no es Cecilia.
Por supuesto, me quedo con el libro, metafóricamente claro, porque fue prestado por mi sabia compañera de pupitre y cuando lo saque de la estantería y lo vuelva a abrir, se caerán también al suelo recuerdos de mi vida, aunque ella no los vea.
Cuando Jennifer se baja del metro y me dice “Hasta luego, Arthur” y yo le contesto “Hasta luego, Oscar” y las dos nos sentimos un poco avergonzadas pero divertidas por nuestra broma privada, yo vuelvo a ser el único punto de vista del recuerdo, porque el resto no son más que una masa gris y vacía de desconocidos. Pero cuando giro la esquina y camino de noche por la calle, completamente vacía, me vuelvo absoluta y todopoderosa y la música triunfal que escucho es la que suena en el mundo y mis pies (que ahora son míos, porque si no lo ve nadie es mi cuerpo, no el de Carmen, Carmen sólo existe en los demás) caminan a dos palmos del suelo, o mejor aún, golpean el suelo con una fuerza sobrenatural que hace retumbar la calle, es decir, todo. Y mi pelo lárguísimo se eleva y se expande sobre mi cabeza y mis rizos entran por las ventanas y asfixian a las personas dormidas, que ya no existen más. Y justo cuando pulso el botón del ascensor la música termina y sólo oigo mi respiración agitada y yo, mi propia voz, que es lo único que hay.
Bien sabe Dios (que me conoce personalmente y me lee siempre), que soy una persona ante todo humilde, discreta, prudente, callada, recogida, muy de mi casa y mis cosas, y poco amiga de ostentaciones. Pero por una buena causa yo me sacrifico y mancho mi expediente si hay que hacerlo. Si tengo que alardear en mi blog para al mismo tiempo, salvar la vida de miles de mujeres, yo lo hago. No me importa. No me detengáis.
El caso es que hace un año Pablo y yo tuvimos una idea, y muchos meses después de batallar, de vencer decepciones y desánimos y superar obstáculos, la gente de Shackleton (incluido el propio Pablo) ha conseguido que vea la luz. Y no sólo eso, sino que la han convertido en algo más grande y mejor de lo que nosotros pensamos. Yo estuve en parte fácil y ellos han hecho todo lo difícil, por eso los admiro y me sentí orgullosa y encantada cuando me invitaron el otro día a la rueda de prensa en la que se presentaba la campaña.
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Creo que pocas veces hablaré aquí de nada que tenga que ver con la publicidad, y mucho menos, que sea algo en lo que yo esté involucrada (y esto es en serio). Pero de esta campaña me siento especialmente orgullosa por varias razones y tiene un significado muy especial para mí.
Así que quiero que todos os enteréis bien de cómo funciona esa vacuna (que para eso es la campaña), visitéis formapartedelahistoria.org y que como dijeron en la rueda de prensa, seáis más virales que el virus.
Si no he posteado hasta hoy es porque me resistía a que esto se convirtiera en un blog casi exclusivamente literario. Nunca lo concebí así. Algo tiene que haber que me guste, que me apasione más que los libros! Pero desde luego en este momento de mi vida, en estos días que pasan veloces, mientras la gente comenta si el frío viene o va, y los fines de semana se copian unos a otros, no hay nada que me merezca más la pena que refugiarme entre las páginas de un libro. No me faltan ni actividades ni amistades, pero tal vez tengo los sentidos adormecidos y apenas encuentro ni belleza ni placer en lo que me rodea y digamos que sólo me emociono de verdad en el acto privado e íntimo que es para mí leer. Y esto me hace más perezosa, también. En vez de mirar a mi alrededor, sentir, pensar y luego procesar todo eso para expresarlo escribiendo, prefiero que me lo den ya digerido en palabras. Y qué palabras! Uno puede comprar una edición de Virginia Woolf o de Conrad por apenas siete euros. Y la gente agarra lo primero que le ponen encima de la mesa de novedades. Oiga, señora, está segura de que quiere llevarse esa reedición de Carlos Ruíz Zafón? Señora, que aquí tenemos a Dostoievsky, Fitzgerald… Mandanga de la buena, cosa fina… Pero nada, ni puto caso. Y que conste que yo no soy ninguna exquisita literaria, que esta mañana en el metro hasta me he leído el “Qué!” como si me fuera la vida en ello. Pero precisamente por eso, sé de lo que hablo.
Aunque vivir de los buenos libros como una parásita, como una yonki tampoco me gusta. Me siento culpable. Ahora bien, si hago el esfuerzo y dejo de leer, será sólo para escribir. El resto del mundo me la trae floja.
Y como esto lleva siendo así desde hace bastante tiempo, me doy cuenta de que entre las páginas de los libros me he ido dejando recuerdos, pedazos de mi vida. Por ejemplo, si pienso en “La hija del dragón de hierro” me acuerdo de un día de marzo del año pasado a eso de las tres, poco antes de que cambiara de vida, cuando decidí que las últimas páginas las iba a disfrutar sentada en una terraza, al sol de principios de primavera, en una de mis calles preferidas de Madrid, porque he caminado por ella mil veces, pero siempre sola, así que no la comparto con nadie. A estas alturas caminar por Madrid me supone a veces un rosario de recuerdos insufrible. Pero volvamos a la terraza y mi planeado momento especial. Al final no resultó tan idílico como imaginaba. Estaba a menos un metro de un tráfico infernal y el ruido de los coches casi no me dejaba leer. El sol era excesivo y entre la mesa de aluminio y las páginas blancas del libro estaba a punto de quedarme ciega.
Bien, otro fracaso más, pensé. Pero el momento quedó al final grabado en memoria y lo recuerdo con detalle, como si el tiempo se hubiera detenido, como si hubiera ocurrido ayer, en vez de hace casi un año. Recuerdo que el vaso de cristal de mi caña sobre la mesa, reflejaba tanta luz que estaba a punto de estallar. Me quedé como una idiota, mirándolo. Se me estaba calentando la cerveza, pero qué importaba si mi mano, blanquísima al alcanzarla, era como la de un ángel bajo aquella luz? A mi lado unas mujeres comían gambas y hasta aquellos bichos feos y muertos en sus bocas eran como seres angélicos y radiantes entre aquella blancura luminosa. Y lo más importante: el final de libro me encantó.
Otro recuerdo que se desliza y cae al suelo cuando saco el libro de la estantería y lo abro, es el de una tarde oscura (como si a este recuerdo le faltara la luz que le sobra al otro) en el que, a pesar de las escasas farolas, conseguí atravesar una calle caminando, y recorrer mi rutinario trayecto entre dos paradas de autobús, sin apartar los ojos de las páginas del libro. Luego, una vez en marcha, dentro del autobús, mientras intentaba mantener el equilibrio, leía, secretamente escandalizada y con las mejillas ardiendo, este fragmento:
Por un momento Jane se concentró en hacer de ésta una buena experiencia. Luego se distrajo. Pasó el tiempo. Jimmy se puso colorado y empezó a resoplar, como una máquina de vapor estropeada. Jane le rodeó enérgicamente la cintura con las piernas y se abrazó a él con todas sus fuerzas.
Entonces se corrió y la habitación se llenó de mariposas.
Jimmy levantó la cabeza, asombrado. Estaba pálido y boquiabierto. Se empezó a reír. Había alas brillantes por todas partes. Copos de azul cobalto, rojo y naranja aparecían y desaparecían en diseños huidizos que se podían atisbar pero no asir antes de que se disolvieran en nuevas formas. Era como estar dentro de un calidoscopio. Jimmy inspiró un diminuto macaón y a punto estuvo de atragantarse, y para cuando Jane hubo terminado de aporrearle la espalda los dos se estaban riendo sin poder contenerse.
En la página anterior a ésta, Jane y Jimmy hacen cosas algo sagradas y un poco sucias, y en la página siguiente, una gárgola carroñera, desde su puesto en un ático, le cuenta a Jane que suele animar a los suicidas indecisos a que se tiren y así poder comer algo. Así es el libro. Lo juro.
Me llamó la atención por la ilustración de la portada, con una pequeña niña acurrucada en la garra de un dragón mecánico gigantesco. Basura de proporciones industriales, pensé. Pero le di la vuelta y leí esto:
¿has visto los dragones volar arrojando napalm sobre Lyonesse?
Y me dije que este titular bien merecía que rompiera mi regla de leerme sólo la primera frase de las sinopsis y siguiera hasta la segunda:
Jane era una muchacha que trabajaba esclavizada en una fábrica de dragones de hierro. Su vida constituía una pesadilla, pero tenía una esperanza: le parecía que había nacido con el solo propósito de robar un dragón algún día.
Los oía gritar supersónicos por el cielo, impulsados por cólera y gasolina. Sentía su tirón gravitacional, la estela sobrecalentada de su paso. Y se veía a lomos de uno yéndose lejos, lejos, lejos.
Pero lo cierto es que el libro no es ni mucho menos lo que uno puede imaginarse a partir de este comienzo. No es la epopeya steampunk que la contraportada promete. Es una lectura complicada y densa que nunca me he atrevido a recomendar a nadie. Michael Swanwick convierte todos los elementos de la fantasía clásica en fantasía rara, moderna y sórdida. Los personajes, incluida la protagonista, son miserables y mezquinos. Y la trama, larguísima e interrumpida, siempre discurre por donde uno no espera que lo haga. Cuando China Miéville escribió “La estación de la calle Perdido” debió de sentirse el tío más raro y molón del mundo (y no sólo por llamarse China). Críticos y lectores alucinaron y él se autoproclamó abanderado del “new weird”, una cosa a medio camino entre la ciencia ficción, la fantasía y la mugre. Sólo que Michael Swanwick ya lo había hecho, incluso mejor, diez años antes. Leí que Miéville no descubrió este libro hasta después de escribir el suyo. Me imagino la cara de idiota que debió de quedársele.
No sé si “La hija del dragón de hierro” os gustará como a mí. No sé si odiaréis y amaréis a Jane en su periplo por la vida y compartiréis sus catastóficas conclusiones sobre el amor y sobre el mundo en general. Lo cierto es que no creo siquiera que tengáis paciencia para leerlo. Pero si lo hacéis o lo habéis hecho, esta vez sí, me gustaría saber qué os parece.
Hace dos noches, fui a la fiesta de cumpleaños de D. Algunos recordarán quién era D. y otros no. Pero no importa, porque eso no tiene la más mínima relevancia.
Resultó ser una fiesta repleta de conocidos. Relaté tantas veces las mismas cosas, los mismos últimos nueve meses de mi vida, que la garganta acabó escociéndome, aún más que los ojos empañados, heridos por el humo. Luego me deslicé rápidamente entre las personas y las cosas, inmune a las miradas, inmune a todo, y me lancé a la oscuridad de la noche de vuelta a casa, y mientras lo hacía noté la sensación maravillosa y feliz, el mágico momento en el que la soledad, la soledad absoluta, cristaliza en una libertad poderosa.
Horas antes, siento lo mismo. Camino por Preciados, a punto de desembocar en Sol, las personas fluyen entre la humedad del aire. Llueve, no tengo paraguas y me estoy mojando, pero tendría que estar cubierta por el fango para no disfrutar de la sensación del viernes por la tarde. Es temprano aún y aunque el cielo está empañado, la promesa del fin de semana hace brillar a las personas, los edificios, las aceras. Entro en el Corte Inglés en busca de un regalo. Un libro es el mejor regalo del mundo y no me perdonaría no llevarle un buen libro a D. en su cumpleaños. Independientemente de que él pueda llegar a saber nunca que es bueno.
Pero no es tan sencillo. Me paso entre los estantes y aunque soy una heroína libre y solitaria en la feliz tarde de un viernes, la elección del libro se me resiste. De repente siento que estoy invirtiendo demasiado de mi precioso tiempo en ello. Reconozco algunos títulos estupendos pero ninguno de ellos me sirve. En la zona de ciencia ficción todo parece demasiado complicado para los no iniciados, especialmente desde que un compañero de trabajo me devolvió Snow Crash sin terminar de leer y me dijo “lo siento, pero me ha escratcheado la cabeza y me he puesto a leer otras cosas”. Me lo esperaba y merece la pena sólo por haber oído esa expresión (creo que a Neal Stephenson le hubiera encantado también), pero estropea mi media de recomendaciones perfectas. Abandono la zona.
Algunos libros, aunque están ahí, tendidos sobre las mesas, al alcance de cualquiera, me resultan demasiado íntimos y personales como para regalarlos. Otros están fuera de consideración. Se trata de D. Me pierdo entre los estantes y el misterioso e inexcrutable orden, que parece alfabético a primera vista pero luego resulta que no lo es. Se me está acabado la paciencia.
Me detengo, me concentro y un nombre aparece nítido y claro en mi mente: Roald Dahl. Localizo el estante de inmediato y escojo Relatos de lo inesperado. No es mi preferido, ni mucho menos, comparado con El gran cambiazo o Mi tío Oswald, pero es su libro más conocido. A D. le debería gustar aunque sólo llegue a leer las primeras historias.
Salgo de la tienda y vuelvo a casa, totalmente satisfecha. Roald Dahl es el regalo o la recomendación perfecta porque si resulta que alguien me dice “lo he leído y no me ha gustado”, entonces sencillamente le dejaré de hablar y no contará negativamente en mi media.
En el andén del metro pienso “Hasta que conquistemos las estrellas no volverán a existir hombres mínimamente interesantes”. Un día se me ocurrió que podría escribir un post sobre mi lista de “Hombres maravillosos que existieron realmente” y esa era la frase con la que pensé que podría empezar. Roald Dahl encabeza esa lista y fue de hecho uno de los últimos hombres mínimamente interesantes que existieron realmente.
Todo lo que sé sobre él y todo lo que ha escrito me resulta tan cercano, tan necesario en mi vida, tan personal, que no sé muy bien por dónde empezar o qué contar exactamente sobre él. Tal vez sólo deba limitarme a comentar cuáles son mis libros favoritos.
Bien, respecto a su producción para el público infantil, creo que todo el mundo sabe que sus libros no han envejecido lo más mínimo y que siguen encantando a los niños y a los adultos, siempre con las geniales ilustraciones de Quentin Blake. Recientemente, según una encuesta, ha resultado ser el escritor extranjero más querido entre los lectores, y no es de extrañar, teniendo en cuenta lo especiales que son sus libros, tan diferentes del resto. A veces sus historias resultan algo macabras o sorprende el uso de un humor tan negro tratándose de literatura infantil, pero ni los más mojigatos podrían abrir el pico porque lo realmente brillante en los libros infantiles de Roald Dahl es que combina esos elementos políticamente incorrectos con una ética impecable. Los libros de Roald Dahl, sin ser lo más mínimamente ñoños, enseñan a los niños a diferenciar entre el bien y el mal de una manera nítida y clara, de una forma tan natural y tan obvia como le resultaba a él mismo.
Cada persona tiene su preferido: Matilda, Charlie y la fábrica de chocolate, James y el melocotón gigante, La maravillosa medicina de Jorge, Los Cretinos, etc. El mío es Las brujas. Creo, sencillamente, que es el libro infantil perfecto. Tanto en el tono (Roald Dahl JAMÁS se dirigía a los niños como si fueran idiotas, ni tampoco los idealizaba o se pasaba de listo), el tema, la estructura de la trama, los personajes, los diálogos, el humor, la crudeza, la ternura de un final que por muchas veces que lo lea siempre me hace llorar… Es perfecto simplemente.
Respecto a su producción para adultos, no dejo de maravillarme y divertirme con sus historias. Se hizo famoso por su tono algo siniestro y sus originales e inesperados finales que debieron conquistar el pequeño y retorcido corazón de Hitchcock, para que decidiera adaptar algunas a la televisión. A mí, sin embargo, lo que me fascina es cómo están escritas, la ironía, el humor negro, la crueldad a veces y de repente la misma ternura que en sus libros para niños. Roald Dahl podía escribir relatos tan terribles y conmovedores como El último acto o podía simplemente dar rienda suelta a sus geniales perversiones en boca de su depravado alter ego en Mi tío Oswald.
Pero si me tuviera que quedar con un sólo libro de Roald Dahl, sería sin duda Volando solo, una pequeña autobiografía que relata los años que pasó trabajando en África y su intervención en la II Guerra Mundial como piloto de la RAF. Volando solo está escrito en un lenguaje sencillo y se edita como literatura juvenil. Según la edición, la portada da hasta un poco de pena. Es la continuación de Boy (relatos de la infancia) y nunca he oído hablar de él como un gran libro, de hecho, nunca he oído hablar de él en absoluto. Sin embargo, mientras lo leía me daba la impresión de estar sosteniendo entre mis manos una joya, un tesoro. El sentimiento de aventura que trasmite Volando solo, la emoción, las reflexiones sobre la vida, el humor como escudo ante la adversidad… Lo que disfruté leyendo ese libro, todo lo que aprendí y la sensación de vitalidad que transmitió, es para mí la esencia de lo que debe ser la lectura. Y el título (Going solo, en realidad) se refiere ni más ni menos que a esa experiencia de soledad absoluta, esa percepción de la individualidad convertida en libertad, en la mayor satisfacción que una persona puede tener.
Es natural y necesario enamorarse platónicamente de los libros y de las personas que los escriben. Yo creo que nunca lo he estado tanto de una voz, de un narrador, como estoy enamorada de la escritura de Roald Dahl, de la persona que vivió, amó la vida y dejó constancia de ello. Esta navidad comencé a releer El guardián entre el centeno, un poco porque hacía mucho que no lo hacía y otro poco porque me sentía algo traidora, respecto a Salinger. Y ya no fue lo mismo. Es curioso cómo cambiamos y cómo se nos hace imposible seguir queriendo igual a las mismas personas y hasta a los mismos libros.
Me dejo tanto que decir acerca de Roald Dahl, tantas cosas interesantes que contar sobre su vida… Pero este post está quedando monstruosamente largo y debo terminarlo ya. Miro todas estas frases, estas ideas, estas palabras desparramadas y mal ordenadas (¡es tan difícil hacerlo bien!) y no me extraño de que todos los nombres, todos los hombres muertos de mi famosa lista no sean otra cosa que escritores.
Cualquiera que me lea, pensará que me he pasado la navidad como el pequeño Timmy, inválida y a punto de morir porque mis padres son demasiado pobres para comprarme una aspirina. Bueno, pues no. Lo cierto es que aunque en mi casa la navidad ha sido siempre más de Almodóvar que de Dickens, este año no ha estado especialmente animada. Lo cual es bueno.
Ayer cuando puse el despertador no estaba muy segura de a qué hora tenía que sonar. En estos maravillosos diez días he olvidado el manejo de cifras tan tempranas y ni siquiera recordaba muy bien con qué solía ganarme la vida. Es a eso a lo que yo llamo felicidad. Ni más ni menos.
Pero lo mejor de esta navidad es que he pasado casi todo el tiempo en la misma habitación, rodeada de libros, de ordenadores y de mi hermana. Podría dedicarle un post a ella en exclusiva, pero sería muy cruel recomendaros algo que jamás podréis tener, porque ella nunca será vuestra hermana. Dios mío, qué horrible ha sonado esa frase: “ella nunca será vuestra hermana”. Me moriría si me pasara a mí.
Y es en esa habitación donde hemos pasado las horas, con los pantalones de pijama de Don Pimpón, que nos compró mi madre (el mío naranja, el suyo verde pistacho), hablando de asuntos y personalidades tan relevantes como Winston Churchill, Lovecraft, Gran Hermano, el butoh, Bram Stoker, la Primera Guerra Mundial, el claqué, The Monster Garage, Carlos Gardel, los fugitivos nazis, el tektonic, la Golden Dawn, Manta Ray, William Hope Hodgson, las guerras de los bóers, nuestro proyecto de álbum ilustrado y muchas otras cosas que nos gustan y que ni siquiera menciono porque merecen un post propio.
Pero el mejor regalo de esta navidad para mí ha sido el descubrimiento de un vídeo de Jobim y Elis Regina en la grabación de “Águas de Março”. Mi hermana cometió un error fatal al enseñármelo el mismo día que llegué y lo vi absolutamente todos los días, algunos varias veces. Por supuesto, aunque a mi hermana le encantaba, conseguí que lo aborreciera. En realidad, en la convivencia con las personas puedo conseguir que aborrezcan cualquier canción que les guste, con que la oigan sólo un 50% de las veces que yo la pongo.
Pero es que es tan genial!!
Tengo que reconocer que Elis Regina no es precisamente mi cantante preferida de bossa nova ni de nada en la vida. Personalmente, me parece que tiene un estilo de cantar soporífero, como demuestra en el resto del disco Elis & Tom. Además, sinceramente, me cae bastante mal desde que leí que antes de grabar ese disco, solía hablar mal de Jobim, diciendo que era un carcamal aburrido. Aburrido? Hay algo más aburrido que ella cantando esas canciones lentas y ñoñas? Y qué decir de su muerte por sobredosis? Aunque murió joven y dejó un bonito cadáver, la suya no fue la sobredosis de una suicida, ni la de una yonki, sino la de una idiota. Pero como Jobim me parece un genio (ya hablaré de él en otro post), como pareja obtienen una media de aceptable. Y en ese vídeo en concreto, alcanzan la Matrícula de Honor, porque Elis , así de perfil, con esos hoyuelos y no sé si agradablemente fumada (qué es eso que lleva en la mano al final?) le cae bien a cualquiera. En el segundo 11:01, cuando termina de decir “Passarinho na mão…” y sonríe no os parece el ser más adorable de la creación después de mi hermana?
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Respecto a la canción, creo que es la mejor versión que he escuchado nunca. Refleja exactamente el espíritu de la letra, que como todas las compuestas por Jobim, es muy bonita. Lo curioso es que cuando uno escucha “aguas de marzo” inmediatamente asocia la canción con la primavera, pero en realidad es una canción de otoño, porque Brasil está en el hemisferio sur (por si no lo sabiáis). Cuando Jobim hizo la letra en inglés, quitó todas las referencias a fiestas brasileñas y cambió el final del verano por el principio de la primavera. Y lo asombroso es que funciona. Porque la canción habla de ese momento de cambio en el paisaje y de la sensación de que todo está lleno de vida, con una nueva etapa a punto de empezar.
Os copio aquí la letra en español. La traducción suena un poco regulera y no he podido encontrar la fuente auténtica para citarla:
AGUAS DE MARZO
Letra y música: Antonio Carlos Jobim
Es palo, es piedra, es el fin del camino
Es un resto de tronco, está un poquito solo
Es un casco de vidrio, es la vida, es el sol
Es la noche, es la muerte, es un lazo, un anzuelo
Es un árbol del campo, un nudo en la madera
Caingá, candela, es matita de pera.
Es madera del viento, alud en el despeñadero
Es misterio profundo
Es el quiera o no quiera
Es el viento venteando, el fin de la ladera
Es la viga, es el vano, la fiesta del tijeral
Es la lluvia lloviendo, la voz de la ribera
De las aguas de marzo, el fin del cansancio
Es el pie, es el suelo, es marcha caminera
Pajarito en la mano, piedra del tira-piedras.
Un ave en el cielo, un ave en el suelo
Un arroyo, una fuente
Un pedazo de pan
Es el fondo del pozo, es el fin del camino
En el rostro el disgusto, está un poquito solo.
Es un tarugo, un clavo
Una punta, un punto
Una gota goteando
Una cuenta, un cuento
Es un pez, es un gesto
Es la plata brillando
Es luz de la mañana, un ladrillo llegando
Es la leña, es el día, es el fin de la huella
La botella de ron, reventón caminero
El proyecto de casa, es el cuerpo en la cama
Es el coche atascado, es el barro, es el barro
Es un paso, un puente
Es un sapo, una rana
Es un resto de campo en la luz de la mañana
Son las aguas de marzo cerrando el verano
Es la promesa de vida en tu corazón.
Es palo, es piedra, es el fin del camino
Es un resto de tronco, está un poquito solo
Es una culebra, es un palo, es Juan y José
Un espino en la mano, es un corte en el pie
Son las aguas de marzo cerrando el verano
La promesa de vida de tu corazón.
Es palo, es piedra, es el fin del camino
Es un resto de tronco, está un poquito solo
Es un paso, es un puente
Es un sapo, una rana
Es un bello horizonte, una fiebre terciana
Son las aguas de marzo cerrando el verano
La promesa de vida en tu corazón.
Palo, piedra, fin del camino
Resto de tronco, está un poquito solo.
Hoy, de vuelta al trabajo, el cielo gris de Madrid lloriquea a cada rato pero yo me esconderé en mi cuarto, rodeada de libros, de ordenadores, echando de menos a mi hermana, y me iluminaré un poco con este vídeo, poniéndolo una y otra vez.
La otra tarde, veía una película de Hitchcock con mi abuela y mi hermana, cuando una inesperada señora asomó su cabeza por la esquina de una oscura ventana, en un ángulo exacto de 45º, y golpeó el cristal con un afilado índice. Paré la película y abrí la puerta. La inesperada señora entró. Tenía el pelo cano, ligeramente celeste, y vestía una espléndida bata de boatiné del mismo color. De hecho, el color de la bata era tan claro que me incomodaba un poco. No hubiera habido problema si hubiera sido una bata burdeos, por ejemplo, pero aquel color tan níveo, me hacía pensar en que la mujer iba algo desnuda, a pesar de la indiscutible consistencia del boatiné. Sobre ella, llevaba una manta de cuadros, una de esas mantas de viaje con flecos en los extremos, dispuesta como un chal.
-Sácale una silla -ordenó mi abuela, haciendo que me sintiera una completa maleducada.
Pero la mujer no quiso. Dijo que se iba enseguida porque estaba esperando unas llamadas. En realidad dijo algo como “voy a recibir unas llamadas” y la estructura de la frase sonó tan torpe, tan artificial, que tanto mi abuela, como yo y como la mujer supimos que probablemente el teléfono sonaría sólo una vez o ninguna y que en cualquier caso su timbre resonaría tristemente, en la fría y oscura soledad de su casa.
Comencé a odiar a la mujer. Había dicho que no quería sentarse pero llevaba ya un rato allí parada, haciéndome sentir mal por no haber sacado una silla para ella y comentando muy animada los puntos fuertes del catarro de mi abuela. Estaba fascinada. Se notaba que apreciaba de verdad la calidad de la tos profunda y recordaba la última vez que la había visto enferma.
-Tú cuando lo coges, lo coges bien, eh -dijo, sin poder disimular su admiración.
¿Cuándo se iría aquella mujer? ¿No se daba cuenta de que no teníamos ganas de hablar con ella? La película que estábamos viendo era “La cortina rasgada”, y ya resulta algo tediosa, con esa insufrible interpretación de Julie Andrews, para encima soportar aquella tercera interrupción de la tarde. Con todo ese asunto de la Nochebuena, la gente se estaba poniendo muy pesada.
Lejos de achantarse ante la hostilidad de nuestro silencio, la mujer parecía lanzada. Comenzó a relatarle a mi abuela lo que había oído en boca de una tercera persona, a la que no conozco ni nunca conoceré.
-Me ha dicho que estaba en casa de su hermana, pero que ya se iba para su casa con su marido porque esta noche tenían costumbre de juntarse toda la familia…
Aún no había añadido las reveladoras frases de “yo le seguí la corriente”, “confunde a su hija con su hermana” o “luego se pone violenta”, cuando yo ya me había dado cuenta de que la mujer de la que hablaba no tenía otra casa y su marido estaría muerto muy probablemente.
-Así que ya ve usted como está el corral -concluyó la mujer.
Reconozco que esa frase me hizo gracia, pero me pareció ridículo que le contara todo eso a mi abuela, de 87 años, conocedora de todos los horribles corrales de la vida.
La mujer puso una mano en el picaporte de la puerta y en mi corazón se encendió la luz de la esperanza. Por fin se iba. Sin embargo, mientras ella y mi abuela cruzaban las convencionales frases de despedida entre vecinas, la mujer soltó:
-A ver si pasan, sí, las Navidades, a ver si se pasan ya…
-Y que vivamos para las siguientes -dijo mi abuela, que no pierde ocasión de tratar su tema de depresión favorito.
-No -contestó la mujer-. No me gustan nada. Nunca me han gustado pero estas dos últimas… -y entonces mostró auténtico disgusto en su cara. Un disgusto profundo y sincero hacia la Navidad. Temí incluso que se echara a llorar. Eso sin duda retrasaría su marcha.
-Hay que pasarlas -dijo mi abuela, en un tono que hacía evidente que la Navidad había dejado de estar en su lista de temas por los que deprimirse hacía mucho tiempo.
La mujer asintió y mientras su bata de boatiné desaparecía en la oscuridad de la calle y la puerta se cerraba, tuve la absoluta convicción de que ella y yo estábamos en la misma onda.
Cuando llegué a casa me puse a releer o a remirar a Edward Gorey. ¿Qué haría Edward Gorey en Nochebuena? Probablemente lo mismo que la inesperada mujer o yo, porque Edward Gorey también estaba en nuestra onda.
Me molesta que la gente piense que Edward Gorey es un dibujante gótico y por algunas entrevistas que he leído, sé que a él también le molestaba. Es cierto que sus dibujos y sus historias son a veces muy macabras y también es cierto que todos los góticos reniegan de ser góticos, pero Edward Gorey es diferente, creedme. Yo conozco su existencia desde hace muchísimo tiempo y nunca había leído nada suyo por esos estúpidos prejuicios. No cometáis el mismo error que yo.
Él no era un tipo inglés, lánguido y retorcido que dibujaba a la luz de una vela, como mucha gente imagina al ver sus increíbles y geniales ilustraciones de estilo victoriano. Era un americano de Rhode Island y murió hace sólo siete años. Tenía el tamaño de un armario ropero, lucía una frondosa barba, abrigo largo y argollas en las orejas. Y bueno sí, era bastante excéntrico. Nunca tuvo ninguna relación amorosa y se declaró felizmente asexual. Se puede decir que vivió solo y murió solo, pero yo creo que encontró la compañía perfecta en sus libros, sus discos y sus gatos. No era ningún amargado y sentía pasión por algunas cosas como el teatro, el ballet o Buffy Cazavampiros.
En cuanto a su obra, se puede encontrar una buena representación en los tomos Amphigorey, Amphigorey también y Amphigorey además, editados en versión bilingüe por Valdemar. Mi preferido es Amphigorey además, aunque este volumen sea el que contenga la historia de “La pareja abominable” que definitivamente NO tiene el sello de garantía Aracne, porque no tiene gracia y es muy desagradable, lo cual es comprensible si se tiene en cuenta que está basada en hechos reales. Me molesta que algunas personas piensen que esta es su mejor historia sólo porque es la más dura o la más desagradable. Es un baremo que con frecuencia he visto a aplicar en el cine o en los comics, por gente que intenta compensar con ello su absoluta falta de criterio. De verdad que los compadezco. Se tragan bazofias como las de Suehiro Maruo sin rechistar. Qué estómago.
Pero volviendo a Edward Gorey, en Amphigorey también, justo después de la historia que me desgrada tanto, viene la maravillosa historia de “Las cuentas verdes”. Ésa sí que es Gorey en esencia pura. Y también la de “El legado de Awdrey Gore” (a Gorey le encantaban los pseudónimos y los anagramas. ¿Hay algo más guay que los anagramas?), que es sin duda mi favorita. Aunque si no sois fans absolutos de Agatha Christie, como lo somos nosotros (Gorey y yo), puede que no la entendáis.

Finalmente os recomiendo un librito que me regalé el otro día y que se llama The twelve terrors of Christmas. El primero es “Santa: The man”, pero cuando vi al mezquino papá Noel que ilustraba el segundo, “Santa: The concept”, no pude evitar mirar al cielo y susurrar con tristeza “¿Oh, Edward, por qué nos has abandonado?”
Pensaréis “nos tiene abandonados!” y pensaréis con acierto. Pero es que, amigos, sopla un viento frío en la calle y en el alma y yo me encuentro sola, en medio del cambio de estación, sobreviviendo, básicamente, a las tristezas navideñas. Sin embargo, más que apenada por poseer una naturaleza tan voluble y sensible a los giros del planeta, no deja de maravillarme mi increíble habilidad al elegir mis lecturas. ¿Se puede tener tan buen ojo como yo? ¿Se puede ir a parar uno con libros más estupendos que los que yo estoy leyendo estos días? En fin, así voy, saltando grácilmente de unas páginas a otras, evitando las oscuras y gélidas aguas del final del otoño.
Pero ya hablaremos de libros otro día. Hoy he venido aquí a haceros un regalo. Porque me siento generosa y porque la navidad me parece una época tan terrible que de verdad enardece mi espíritu solidario. Yo no me quejo ni de hipocresías ni de tradiciones, ni me exaspero con los tópicos. Yo sólo siento la hostilidad del clima y el golpe bajo del alumbrado navideño que se vuelve cegador, casi hiriente, si se mira con los ojos empañados.
A mí me gusta estar sola, pero en navidad el resto del mundo se empeña en que las personas solitarias nos sintamos miserables y tengamos que correr a reunirnos, para sentirnos aún más solos, entre un montón de gente. Y eso es algo que detesto.
Para combatir todas las cosas detestables del mundo tengo dos discos especiales. Los escucho siempre en la más absoluta intimidad y siempre me hacen sentir bien.
Éste es uno de ellos.
Gene Krupa y Anita O’Day son dos grandes figuras del jazz, cuya carrera y discografía por separado es extensa e inagotable. Por un lado Gene Krupa fue uno de los mejores baterías de la historia y aparte de estar en la cárcel unos meses por posesión de marihuana, el resto del tiempo lo dedicó, básicamente, a darle caña al asunto. Por otro lado, Anita O’Day es una de las Grandes y ya hablé de ella aquí, una vez, en mi anterior vida. La de Anita, su vida, también fue sorprendentemente larga, si tenemos en cuenta la cantidad de heroína que consumió habitualmente durante unos años y que llegó a convertirse en una homeless, practicamente. Sin embargo, me gusta pensar que Anita terminó bien y después de escribir su biografía “High times, hard times”, murió anciana y en paz.
Pero remontémonos a principios de los 40, cuando ambos eran jóvenes y estaban empezando. Gene Krupa montó su propia orquesta y reclutó a Roy Eldridge, saxofonista, y a Anita O’Day, vocalista. Ella salía a cantar como si fuera una miembro más de la banda, rompiendo con la típica imagen que se tenía de las divas del jazz de la época. Me gusta pensar en Anita como una persona divertida y rebelde porque es esa la energía que me transmiten estas grabaciones de su primera época. Éste fue su primer gran éxito:
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Y ésta, la misma canción interpretada por ellos, cuando se reunieron 15 años después.
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Me gusta escucharlas seguidas para apreciar la diferencia en la voz de Anita, que se ha vuelto más aspera y grave. A pesar de ser una cantante blanca, hay algo en su forma de cantar que recuerda a la gravedad y la tristeza de Billie Holiday. Suelen decir de ella que sus puntos fuertes eran su sentido del ritmo y su capacidad de improvisación, pero esas palabras no adquieren un verdadero significado hasta que uno ve este vídeo:
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A mí me parece que si quisiera, ella y sus guantes podrían marcar el ritmo del mundo. Y no, no hay ninguna grabación de Sweet Georgia Brown que se pueda comparar con ese directo.
Cuando escucho esas viejas canciones, escritas por personas que vivieron y murieron hace tantos años, pienso que todo lo triste que yo puedo estar, todas las cosas que puedo sentir, ya las sufrieron muchos otros antes. Cuántas personas, desde 1942, habrán escuchado y tarareado Skylark (en horribles versiones también, todo hay que decirlo) pensando que era exactamente lo que ellos sentían? No sé si será un consuelo de tontos, pero a mí esta canción me hace sentir menos sola. A veces, en momentos especialmente angustiosos, me he sorprendido a mí misma tarareándola, como un bálsamo tranquilizador.
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Y por eso, este disco es mi regalo. No quiero saber si os gusta o no. Ni siquiera me sentaría a escucharlo con ninguno de vosotros. Este disco es algo mío, privado e íntimo, que vengo a compartir aquí, como tantas otras cosas, sin saber muy bien por qué, ni con quién. Y sin quererlo saber tampoco.
Que haya creado esta página de recomendaciones, así, impunemente, y sobrada de arrogacia (de esa arrogancia que no es mera pose, sino que habita palpable en la zona de “cosas absolutamente justificadas sobre las que no tengo ninguna duda” que hay en mi cerebro), me hace sentir a veces un poco culpable, porque yo la verdad es que las recomendaciones de los demás me las paso por el forro. Con excepciones, claro, las que vienen acompañadas de margaritas o caramelos sabor “flores de saúco” las anoto mental e indeleblemente y muchas otras que proceden de personas (muy pocas personas) en cuyo criterio confío (y cuya imagen también puede encontrarse en la zona de “cosas absolutamente justificadas sobre las que no tengo ninguna duda” de mi cerebro).
Ahora bien, un compañero de trabajo, relativamente desconocido, menciona a una cantante llamada Yma Sumac y yo asiento con la cabeza y sonrío mientras ignoro por completo su comentario y pienso en cosas realmente importantes como la existencia de vida en otros planetas o si tengo hambre.
Sin embargo, los cinco primeros segundos de la canción que ha puesto atraen mi atención como un imán y además añade sonriendo “Yma Sumac tiene una biografía fascinante. Seguro que te gusta”. Entonces, esa parte de mi cerebro dedicada a gogglelear, que ha adquirido el privilegio de saltarse el filtro de la conciencia y ejecuta actos refejos si lo cree oportuno, ya ha ordenado a mis manos que tecleen “Yma Sumac” en la página de last.fm que tengo abierta, mientras ajena a ello, yo pienso: “por qué ha sonreído? ha dicho “fascinante”? Me conoce tanto en tan poco tiempo o es que este tío lee mi página?” Si es así, Uli: hola. Maldita sea, te debo una. Gryiffindor 1 Slytherin 0.
Por supuesto, varios meses después, ya sé mucho más sobre Yma Sumac que él y apostaría que sé más que cualquier persona de mi género y mi edad que viva en Madrid y haya nacido en Almería.
Pero no os abrumaré con todos los datos que conozco sobre su vida (además, ¿por qué tendría que compartirlos?) y seleccionaré sólo los que me parecen indispensables para que vosotros mismos os deis cuenta de que no podíais ir tan tranquilos por la vida sin conocerla.
La voz de Yma Sumac cubría un rango de casi cinco octavas. Esto quiere decir que podía interpretar ella sola todos los papeles de una ópera (los de hombres y mujeres) sin tener que falsear la voz. Podía cantar en un registro grave, como el de un hombre acatarrado y de repente, en un segundo, romperle a su madre la cristalería. Imaginad en una representación visual, como la de los libros de ciencias, un montón de ondas, de muy distintas frecuencias saliendo de la pequeña boca de Yma Sumac. Sin embargo, y a riesgo de que os sintáis un poco defraudados, he de decir que el impresionante dato de las cinco octavas queda bastante deslucido cuando uno se entera de que el record ha sido igualado o superado por gente tan poco interesante como Celine Dion o Mariah Carey. Eso a nosotros nos tiene que dar igual, porque la diferencia es que Yma Súmac, además de ostentar este record, lo demostraba:
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Yma Sumac aprendió a cantar sola, de niña, mientras paseaba por los bosques andinos e imitaba el canto de los pájaros. Cuando descubrieron su increíble voz se hizo famosa y viajó por todo el mundo actuando sobre escenarios y hasta en algunas películas. Pero desde luego, lo que más me gusta de Yma Sumac es que, como toda diva que se precie, era una extravagante. Estaba convencida de que descendía directamente del inca Atahualpa, y así mismo se lo certificó oficialmente el gobierno de Perú. Por su origen inca fue también por lo que cambió su nombre, Zoila Augusta Emperatriz Chávarri del Castillo (está claro que la extravagancia le venía de familia) por Yma Sumac, que en inca quiere decir “qué linda”. Y así de linda y de inca le gustaba posar a ella:

Pero Yma Sumac no se limitaba a cantar canciones típicamente peruanas, sino que experimentaba, mezclaba géneros, utilizaba su voz como un instrumento musical y se atrevía a hacer cosas tan maravillosamente extrañas como ésta:
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Yma Sumac podría codearse con Josephine Baker o Sarah Bernhardt en mi lista de “Mujeres maravillosas que existieron realmente” sino fuera porque todavía existe. Y ojalá que su prodigiosa existencia se prolongue por mucho más tiempo.
(Nota para los comentaristas: Ya conozco la canción de la Casa Azul. Me parece espantosa.)
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