Quería escribir sobre el autismo, pero qué pintaría un post titulado “El autismo” en un blog de recomendaciones. Obviamente uno no le recomienda el autismo a nadie, ni tampoco es “una cosa maravillosa de la vida que hay que amar” ni “una cosa horrible que hay que detestar”. El autismo es una enfermedad que hace sufrir a muchísima gente, pero hay algunos aspectos de ella por los que creo que merece la pena interesarse. Es por eso por lo que he decidido crear esta categoría.
Cuando era pequeña viví durante unos años en un edificio habitado sólo por profesores e hijos de profesores, así que todos los que allí vivíamos íbamos al mismo colegio. Los adultos, además de ser vecinos, eran también compañeros de trabajo, por lo que las rivalidades y las envidias estaban más concentradas de lo habitual. También se daban situaciones ridículas, como que a las juntas de la comunidad fueran los mismos que se habían reunido antes en el claustro de profesores, o situaciones terroríficas como que tu maestra acudiera a tu fiesta de cumpleaños porque fuera tu vecina, la madre de un amigo o, en el peor de los casos, tu propia madre.
Los padres profesores, como todos los padres, rivalizan y alardean con los méritos escolares de sus hijos, salvo que en aquel edificio, la competición estaba en cómo de sobresaliente era el sobresaliente que habías sacado. Los que sacaban menos de eso no participaban en la competición y se les compadecía. No recuerdo que nadie me lo dijera nunca, pero estoy segura de que los hijos de profesores que llegaban a suspender eran considerados un poco deficientes.
Así que es normal que en aquel extraño microcosmos a los niños nos engañaran como a chinos. Por ejemplo, cuando yo bajaba a jugar con mi mejor amigo, que vivía en el primero, su madre, que había sido mi maestra del parvulario, me recibía muy contenta y nos ponía a jugar a un juego de mesa llamado “Aprendiendo a vivir” o algo por el estilo. El juego consistía en hacer avanzar por el tablero una ficha con forma de coche en la que se añadían pivotitos de plástico (azules o rosas dependiendo del sexo) según caías en casillas como “te has casado” o “has tenido un hijo”. Sin embargo, otras veces caías en “has tenido un accidente por conducir demasiado deprisa y has perdido a tu familia” y te quitaban todos los pivotitos. Así de divertido era el juego. Cuando él subía a mi casa nos peleábamos por mi mini arco y por los nuevos y emocionantes cuadernos de actividades que me había comprado mi madre. Ahora me doy cuenta que, desde una perspectiva rebelde-infantil éramos víctimas de una estafa; sin embargo, a los dos todo aquello nos resultaba tan divertido como ir a espiar a los yonkis del parque con los niños del exterior.
Un día, a los ocho o nueve años, bajé a buscar a mi amigo y su madre, que era un poco arpía, todo hay que decirlo, me dijo, con evidente autocomplacencia, que su hijo estaba ocupado haciendo un trabajo. Qué trabajo, le pregunté yo alarmada, mientras me llevaba a su cuarto. Los dos estábamos en la misma clase, así que sus deberes eran también mis deberes. Sin embargo, su madre me dijo, entusiasmada y ya sin disimular, que el trabajo lo estaba haciendo él por su cuenta, porque le apetecía (de verdad nos hacían creer todo el rato que aquellas “diversiones” eran idea nuestra y aún hoy no puedo distinguir dónde estaba la línea entre nuestra voluntad y su manipulación). Entonces, llegamos hasta su cuarto y lo vi allí, de espaldas, sentado frente a su escritorio. Estaba casi a oscuras, con la luz del flexo sobre la máquina de escribir y un gran tomo de enciclopedia abierto a su lado. Se giró para mirarme, con sus pecas de siempre y sus gafas de casi nunca. Estaba verdaderamente enfrascado en aquello. Me contó que había decidido hacer un trabajo sobre la naranja, llamado “La naranja”. Tenía la portada y la primera página mecanografiada. Leí un poco y me pareció increíble que un vulgar fruto pudiera esconder todos aquellos datos maravillosos y verdaderos. En la portada había hecho, con sus lápices de colores, un fiel dibujo de una naranja, que hubiera hecho palidecer al mismísimo Henry Gray. Comprendí al instante que lo único que estaba haciendo allí era entorpecer la intensa labor de un investigador y me largué enseguida.
Nunca nadie me había parecido tan interesante, tan sabio y tan enfermizamente guay como mi amigo aquel día. Así que a los cinco minutos, yo estaba en mi casa, con un tomo de enciclopedia abierto, comenzando mi propio trabajo, llamado “La mandarina”. Recuerdo aquel episodio con una claridad diáfana, tal vez porque se trata del más lamentable y escandaloso caso de plagio que he tenido el disgusto de contemplar. Y lo que es peor, cometido por mí misma. Aún hoy me siento avergonzada al reconocerlo y tal vez tenga aquella experiencia que ver en el hecho de que siempre me haya parecido una práctica repulsiva.
Pero no es por el tema del plagio por lo que he contado esta historia (ni tampoco tiene que ver con el autismo, espero que nadie estuviera esperando aún una relación). Lo que quería explicar es que aquello me enseñó lo apasionante que puede llegar a ser el interesarse aleatoriamente por algo y buscar información sobre ello, sin ningún objetivo. Apasionarse es bueno aunque sea breve y fútilmente. Yo lo hago a diario. Me apasiono con un montón de temas, según los libros que esté leyendo o las películas que haya visto. A veces un tema me lleva a otro y me tiro un buen rato en internet asimilando información, poco contrastada, que además olvidaré en apenas una semana. Otras veces, puede que me compre incluso más libros sobre el tema, pero en cualquier caso, me resulta tan divertido como aquel absurdo trabajo sobre la citrus sinensis que nadie le mandó hacer a mi amigo y que nunca pasó de la primera página. Apasionándose por cualquier cosa, la vida es bastante más soportable.
La mayoría de la gente ve cosas muy interesantes casi a diario pero no las comenta con nadie. El problema es que piensan que nadie más las ha visto y no quieren que en respuesta a su comentario les miren con extrañeza y les pregunten “de qué me hablas?”. Es muy desagradable que alguien te haga eso, pero sorprendentemente, es mucho más común una respuesta de extrañeza hostil a una de curiosidad o interés. Esto es porque la mayoría de la gente es estúpida.
Yo no tengo ese problema. Ni el de la estupidez, ni el del temor a que a alguien le resulte extraño lo que digo. Llevo sufriendo ese tipo de reacciones toda mi vida y ya no me afectan en absoluto (de pequeña una vez les dije a unos niños que Disney era el nombre de un hombre y que además estaba congelado y se estuvieron riendo de mí toda la tarde. Qué hijos de puta. Ojalá se hayan muerto). Además, me resulta una forma muy rápida de saber con qué personas merece la pena hablar de cosas interesantes y con que otras mantener conversaciones estándar mientras pienso en cosas interesantes.
Hablando de lo que a uno le da la gana, a veces te llevas sorpresas agradables como descubrir que casi todo el mundo ha visto alguna vez Miami Ink y que a casi todo el mundo le gusta. Dos amigas mías, que no se conocen entre sí, reconocieron incluso que habían cogido alguna idea del programa para sus propios tatuajes, pero sin embargo nunca lo habían comentado con nadie. En fin, afortunadamente aquí estoy yo para sacar del armario a los fans de Miami ink y de paso convertir a algunos nuevos.
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Miami Ink es un reality sobre un estudio de tatuadores situado donde su propio nombre indica, que ponen todos los días, a las 0 horas en el canal people+arts del satélite (en el orden más aleatorio que quepa imaginarse, eso sí). En cada capítulo salen unas cuantas personas haciéndose tatuajes y contando por qué se lo hacen. Obviamente, no sale nadie eligiendo sobre la marcha un piolín del catálogo y eso se agradece. Las historias a veces molan y otras veces son tan absurdas que también molan. Un día por ejemplo salió un diabético que quería expresar su lucha contra la enfermedad tatuándose una jeringa chocando contra un muro y el kanji de fuerza. Y aunque todos en nuestras casas gritamos “pero cómo te vas a hacer una cosa tan fea, alma de cántaro!!”, fue el tío y se lo hizo.
En practicamente todos los programas sale gente haciéndose tatuajes en recuerdo de alguien que ha muerto. Aunque los tatuajes in memoriam adquieren formas tan peregrinas como por ejemplo un billete gigante de 100 dólares con la cara del muerto tatuado en la espalda, cuentan la historia de tal manera que a veces consiguen hacerte llorar (llorar con miami ink roza lo bizarro, la verdad).
A parte de ver cómo tatuan a la gente (es un proceso hipnótico), también se sigue un poco la vida de los tatuadores, que son los protagonistas del programa. Ami, el dueño del estudio, es un israelí misógino y cabrón, Chris Garver es un genio, Nuñez y Darren son unos secundarios simpáticos, Yoji es el aprendiz inútil y sin talento y Kat VonD es la mejor. Todos, en sus ratos libres, realizan actividades tan americanas como colaborar en una ONG para los niños o tunear su coche de coleccionista. Además, el doblaje demencial típico de los documentales les pone a todos una voz sobreexcitada y ridícula, mientras uno puede escucharlos por debajo, hablando en inglés, con un tono perfectamente normal.
Este es uno de mis tatuajes preferidos del programa. Lo cierto es que, antes de verlo, ni siquiera me gustaban mucho los tatuajes.
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Y para terminar diré que Miami Ink, en su segunda temporada tuvo ya tanto éxito que decidieron utilizar a Kat, el personaje más carismático y con más fandom (en un capítulo tiene que tatuar un retrato de sí misma en la espalda de una fan) para lanzar un spin off: LA ink. Pero de ella, del teatrillo que montaron cuando Ami la despidió y de su nuevo programa ya hablaré, tal vez, en otro post.
Probablemente, muchos de vosotros conozcáis la música de Mulatu Astatke por la banda sonora de Flores Rotas. Yo lo descubrí por error, mientras intentaba bajarme una grabación de tambores haitianos. El motivo por el que me hallaba yo inmersa en esa difícil pero emocionante búsqueda forma parte de lo que a partir de ahora llamaré Mis Actividades Secretas (MAS), para demostrar que, si quiero, yo también puedo ser una persona misteriosa y reservada. Sin embargo, no puedo dejar de decir, por si alguien llega aquí desde google buscando lo mismo, que al final me compré este cd y que resultó ser todo un acierto (ay… si es que la pedancia me puede más que las MAS).
Pero volviendo a Mulatu. Bendito error del emule. Creo que el recopilatorio Éthiopiques, vol.4, que recoge lo que hizo este hombre desde el 69 hasta el 74 es probablemente el mejor disco que he oído en mucho tiempo. A cualquiera que le guste el jazz, le va a encantar desde los primeros tres segundos (sin exagerar) y a cualquiera que no le guste el jazz también ¿no? Bueno, desde que un tipo que conozco, bastante melómano por cierto, me dijo que lo de escuchar jazz lo dejaba para cuando fuera viejo y tuviera cáncer terminal, empecé a sospechar que existen ciertos prejuicios hacia este tipo de música. Pero, en serio, recurrid si acaso a vuestra conciencia histórica: a este negro le debéis una oportunidad.
No he podido ver todavía Flores Rotas (cosas que pasan), pero he leído por ahí que Jim Jarmush, cuando escuchó a Mulatu Astatke por primera vez, se emocionó tanto que empezó a imaginar una película donde pudiera utilizar su música. Aunque no estoy muy segura de que esto sea cierto. Que me crea lo que leo en la wikipedia ya agota toda mi capacidad de ingenuidad, como para también dar crédito al primer blog que te aparece en google cuando buscas Mulatu Astatke. Sin embargo, sea cierto o no, no parece descabellado, porque yo por ejemplo he elaborado mis propias ficciones a partir de su música. Os ilustraré con una en particular.
África Oriental. 1939. (Por favor, obviad el pequeño detalle de que Mulatu Astatke no había nacido todavía. Esta es mi historia y yo barajo las fechas como me da la gana. No seáis destructivos, por favor. Como diría un hortera de la publicidad: poneos el sombrero verde). La Segunda Guerra Mundial acaba de estallar. Gran Bretaña le ha declarado la guerra a Alemania y las cosas se están poniendo feas. Yo, agente secreta recientemente destinada en el África Subsahariana, he decidido tomarme una semana de vacaciones porque me tienen la cabeza loca. Estoy un poco jodida porque tengo un montón de pasta para gastar (es lo que tiene ser agente doble, que las vacaciones te las pagan los dos bandos) y África, la verdad, no me ofrece muchas posibilidades. Después de un montón de peripecias he llegado a Tanganica (actual Tanzania), donde ya no queda ni un alemán libre. Decido hacerme pasar por francesa para atravesar la frontera (mala opción, pero es que yo aún no sé lo que está a punto de pasar con la Francia de Vichy) y darme un garbeo por la zona en mi coche. Se me pincha una rueda, se hace de noche y se pone a llover. Diablos, si lo sé no vengo. Entonces veo una cabaña con luz en la distancia y voy corriendo hasta allí, rezando por encontrarme a algún blanco amigo. Me resguardo de la lluvia en el porche y me dentengo en la penumbra a recuperar el aliento. De repente, escucho otra respiración agitada a mi lado. Me doy un buen susto y descubro que alguien ha llegado también al porche desde la dirección opuesta a la mía. Es un tío. Es guapísimo. Y lleva un uniforme de la RAF. Hmmm… ¿qué hace un piloto de la RAF en esta parte de África? Qué sospechoso. Nos sorprendemos, nos saludamos, y nos contamos unas historias de lo más rocambolescas que justifiquen nuestra situación. La suya es tan poco creíble que me produce ternura. Entonces, le cambia la expresión, me agarra del brazo y me dice que no me mueva. Hay una serpiente deslizándose detrás de mí. La miro de reojo. Es una mamba verde, pero no parece que vaya a atacar. No me dan miedo las serpientes, pero decido parecer asustada para no herir su orgullo masculino (Cómo iba a asustarme una serpiente después de haber tenido que tratar con reptiles como Goebbles?). La serpiente se va, pero su brazo se queda sobre el mío. Nos miramos. Entonces la puerta de la cabaña se abre y descubrimos que es un minúsculo bar. Un bar en medio de la selva! Qué suerte! El dueño, de raza y nacionalidad indeterminadas nos invita a pasar, pero dentro huele mal y decidimos quedarnos en el porche. Él se pide un whisky doble y yo un margarita (si prestastéis atención a mi post sobre el margarita sabréis que también este dato es anacrónico e incongruente, pero como lleváis el sombrero verde, no os importa). Charlamos sobre las cosas que echamos de menos de Europa. Él es tan guapo que a veces se me olvida fingir el acento francés. Es muy gracioso y se nota que tiene buen corazón. Me doy cuenta de que, por primera vez, sé a qué bando pertenezco. Es obvio que yo también le gusto a él. Además, debo de ser la única mujer blanca y soltera en cientos de kilómetros a la redonda. No tengo mucha competencia. De repente, desde el interior del bar nos llega esta canción y nos quedamos en silencio escuchándola.
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En nuestra boda, seis años después (La guerra fue muy dura, él estuvo convalenciente ocho meses en un hospital de Alejandría, y yo tuve que liquidar algunas cuentas y a algunos cuantos), Mulatu Astatke, con dos años, interpreta para nosotros, en directo, estos temas:
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Vaya, no quería escribir nada sobre este tema, pero me ha sorprendido de verdad el hecho de que varios lectores, a los que no conozco, se acordaran ayer de que era mi cumpleaños. Y además, tuvieran el buen gusto de felicitarme a través del mail. Una hecho insólito, teniendo en cuenta de que en estos tiempos hay gente para la que la línea entre amistad y spam se difumina por momentos. Me quedé alucinada de que, de hecho, las dos primeras felicitaciones que recibí fueran para Aracne. Yo debería tener también el buen gusto de contestarles y agradecérselo a cada uno de ellos por mail, pero las malas costumbres son las más difíciles de cambiar. Gracias!
No puedo evitar emocionarme con las cosas que me gustan. Si fuera por mí, escribiría ahora mismo cuatrocientos párrafos enfebrecidos (bueno, igual unos cuantos menos) sobre lo que me gustan los libros de Cordwainer Smith y su saga de “Los señores de la Instrumentalidad” recopilada por Nova en cuatro novelas de edición bolsillo (colección Byblos). De hecho, Paul Myron Anthony Linebarger (su nombre real) ocupa el segundo lugar en mi lista de “Hombres maravillosos que existieron realmente”. Lista que ya veré si comparto algún día con vosotros, si creo que sois merecedores de ello. No prometo nada.
Pero mirad, ya voy por el segundo párrafo y no querría que os cansaráis y dejaráis de leer sin estar convencidos de que mover vuestro culo e ir a comprar “Piensa azul, cuenta hasta dos” por cinco míseros euros es la única cosa con sentido que se puede hacer hoy en día, con estos tiempos que corren. Así que me limitaré a enumerar unos cuantos datos escogidos de su biografía, después transcribiré un extracto de mi relato preferido, con el que creo que algunos lectores van a manchar el pantalón (esperad a leerlo antes de opinar si he sido demasiado gráfica), y finalmente, abriré el libro por una página al azar y seleccionaré un párrafo que me guste, para demostrar que su genialidad es tan constante como extraordinaria. Todo esto ante notario, por supuesto.
Datos Biográficos.
-Nació en Estados Unidos en 1913, pero su infancia transcurrió en China. Allí creció rodeado de chinos sabios que le enseñaron su idioma, pero sobre todo le enseñaron a decirlo todo de forma que pareciera interesante y verdadero.
-En su temprana juventud estudió ciencias políticas y empezó a trabajar para su país natal, especializándose en los asuntos del “Lejano Oriente”. Lo que viene a ser la forma diplomática de decir que se hizo espía.
-Tuvo una historia de amor imposible con una exiliada rusa que le doblaba la edad y se intentó suicidar por ello. Dos veces.
-En la Segunda Guerra Mundial trabajó para el servicio de inteligencia, donde llevó a cabo descabelladas acciones de propaganda y contrapropaganda, que más tarde relataríacon detalle en su manual de “Guerra psicológica”. Un libro muy de moda en el mundillo militar hasta el 58.
-Trabajó para la CIA.
-Publicó un montón de cuentos de ciencia ficción bajo pseudónimo y aunque gente como Frederik Pohl se tiraba de los pelos por saber quién era, él, como buen espía, no soltaba prenda.
-Bebía ácido clorhídrico para aliviar sus digestiones.
-Murió a los 57.
Extracto escogido del relato “Mark Elf”, recopilado en el volumen “Piensa azul, cuenta hasta dos”:
La máquina volvió todas sus cabezas hacia Carlotta.
El artefacto parecía sorprendido. El silbido se redujo a un susurro. El parloteo electrónico aumentó hasta que por fin enmudeció. La máquina se arrodilló.
Carlotta se le acercó reptando.
-¿Qué eres? -preguntó en alemán.
-Soy la muerte de todos los hombres que se oponen al Sexto Reich alemán -canturreó la máquina en un alemán aflautado-. Si la Reichsangehöriger desea identificarme, tengo el modelo y el número grabados en el blindaje.
La máquina se agachó más, y Carlotta pudo coger una cabeza con ambas manos y mirar el borde del casco superior a la luz de la luna. La cabeza y el pescuezo, aunque de metal, parecían más débiles y quebradizos de lo que la muchacha esperaba. Un aire de inmensa vejez rodeaba a la máquina.
-No veo -gimió Carlotta-. Necesito luz.
Una maquinaria inactiva durante largo tiempo crujió y rechinó. Otro brazo mecánico asomó, esparciendo escamas de polvo casi cristalizado. El extremo del brazo irradiaba una luz azul, penetrante y rara que alumbró el arroyo, el bosque, el pequeño valle, la máquina y a Carlotta misma. La luz no hería a los ojos sino que infundía una sensación de bienestar. Carlotta pudo leer. En el blindaje, encima de las tres cabezas, había una inscripción:WAFFENAMT DES SECHSTEN DEUTSCHEN
REICHES BURG EISENHOWER, A.D. 2495Y debajo, en carateres latinos mucho más grandes:
MENSCHENJÄGER MARK ELF
-¿Qué significa “Cazador de Hombres Modelo Once”?
-Soy yo -silbó la máquina-. ¿Con que eres alemana y no me conoces?
-¡Claro que soy alemana, imbécil! -exlclamó la muchacha-. ¿O acaso parezco rusa?
-¿Qué significa rusa? -preguntó la máquina.
Carlotta se quedó bajo la luz azul, presa del asombro, el estupor y el miedo a lo desconocido, que se había materializado de pronto.
Cuando su padre, Heinz Horst Ritter vom Acht, profesor y doctor en física matemática que trabajaba en el proyecto Nordnacht, la había lanzado al espacio antes de recibir una espantosa muerte a manos de los soldados soviéticos, no le había hablado del Sexto Reich, ni de lo que podía encontrar, ni del futuro. Carlotta temió que el mundo hubiera muerto, que los extraños hombrecillos no estuvieran cerca de Praga. Quizás estuviera en el cielo o en el infierno, también muerta; o se encontrara en otro mundo, o en su propio mundo en el futuro; o tal vez hubiera sucedido algo inaccesible, algo que trascendía la compresión humana.
Se desmayó otra vez.
Extracto azaroso, perteneciente al relato “La dama que llevó El Alma” contenido en el mismo volumen.
-Hasta el martes hay tiempo de sobra.
Helen se sintió satisfecha. El anticuado médico conocía los nombres arcaicos de los días, y usaba esos nombres. Era indicio de que en la universidad no sólo había estudiado las cosas esenciales, sino que también había aprendido ciertas intrascendencias elegantes.
No sé si todos los que estáis ahora ahí, leyéndome, tenéis un cóctel preferido, pero desde luego, deberíais tenerlo. El otro día un amigo me escribió y me dijo algo como “me acordé de ti en ese sitio, te imaginé pidiendo un margarita”. Mi amigo, por supuesto, estaba en un sitio elegante y está bien que la gente te imagine en sitios elegantes pidiendo cosas que no sean un nestea, cerveza o cacique con cola. Está bien tener un cóctel que sea tu preferido y que puedas disfrutar cada vez que visitas uno de estos sitios. Y sobre todo está bien que la gente te asocie con un cóctel, porque los cócteles, simplemente, molan.
Si tu cóctel preferido es el ruso blanco, el bloody mary o el manhattan, entonces estás de suerte porque esos nombres te harán parecer interesante nada más se los menciones al camarero. Pero por supueto, no se aficiona uno a un cóctel por su nombre, a no ser que seas completamente imbécil. De toda la extensa variedad de mezclas y sabores que existen en el mundo de los cócteles, seguro que hay alguna que os va como anillo al dedo, y si resulta ser el mojito o la caipirinha, pues mala suerte, porque esos son nombres que se suelen ver escritos con tiza en los bares cutres de Huertas, pero en fin, tendréis que compensarlo con mucha actitud.
Yo, personalmente, me situo en un prudente término medio con mi elección: el margarita granizado y hablaré de este cóctel porque es el único que conozco realmente bien (para qué voy a ir por ahí pidiéndome cócteles sin ton ni son si ya tengo uno preferido…). Obviamente, en los sitios pido un margarita a secas y me puedo dar con un canto en los dientes si me lo ponen bueno, así que imaginaos si además me lo ponen granizado. No en todos los sitios se ponen a picar el hielo o tienen una máquina, aunque si es una buena coctelería, deberían tener las dos opciones que, como explicaré más adelante, son muy diferentes entre sí.
El margarita granizado, o frozen margarita, se hace con zumo de limón o de lima, hielo, tequila y lícor de naranja triple sec como el cointreau. Se mezclan los ingredientes en sus justas proporciones (lo siento, pero esto no es un recetario y además no me las sé) y se sirve en una copa de margarita, que es como la de la foto y que se hizo especialmente para este cóctel o, en su defecto, una de martini, con sal y zumo de limón sobre el borde. En algunos sitios sirven el margarita en copas de champagne, lo cual me parece un error tremendo porque la sal del borde (que hay que ir girando a cada trago) se acaba enseguida. En otros sitios, sólo ponen sal en la mitad del vaso, para que uno pueda apreciar el sabor del tequila, sin el disfraz de la sal. Esto es también un error, o más bien el error es el del idiota que se pide un margarita si lo que quiere es apreciar el sabor del tequila. De hecho, algunos cocteleros se niegan a desperdiciar un buen tequila, como un José Cuervo añejo, por ejemplo, en un cóctel como el margarita, lo cual es perfectamente comprensible porque lo único que se saborea es la mezcla explosiva entre la acidez del limón y la sal del borde. El tequila lo que hace es potenciar esa explosión.
Yo, que tengo el paladar de una foca monje (me temo que las recomendaciones culinarias no abundarán en este weblog), siempre he agradecido los sabores extremos, que son los que se diferencian bien. El limón me lo como entero, con cáscara incluida, desde siempre, y de pequeña una profesora me pilló chupando un puñado de sal que había cogido de unas salinas a las que habíamos ido de excursión (desde luego, es normal que me haya quedado sin paladar, ahora que lo pienso). Así que podría decirse que este cóctel estaba hecho para mí.
Cada sorbo que se da a un margarita es un trago pesado e intenso, que ha de mantenerse en la boca durante al menos un segundo. Lo acido y lo salado chocan y estallan sobre tu lengua, mientras el tequila la hace arder. Con el margarita granizado uno puede notar también los pequeños trozos de hielo deshaciéndose lentamente en la boca, casi disueltos ya, cuando se deslizan por la garganta. Cada vez que se inclina la copa el líquido arrastra la sal del borde, haciendo que los últimos tragos sean una mezcla perfecta entre ácido y salado, frío helado y ardor etílico. Con el margarita normal, sin hielo, se corre el peligro de que la copa se haya quedado caliente -no es un cóctel que se deba beber rápido- y esos últimos momentos pierdan su magia.
Finalmente, contaré un poco la historia de este cóctel, aunque lo cierto es que hay tantas versiones que su origen resulta un tanto incierto. Hay quien dice que se lo inventó una ricachona de Dallas, llamada Margarita, mientras mezclaba bebidas al azar en una fiesta celebrada en su casa de Acapulco, otros dicen que lo inventó un barman mejicano porque el tequila era el único alcohol al que una de sus mejores clientes, Marjorie, no era alérgica. También se dice que fue por una chica que estaba loca por la sal y hasta que lo inventó alguien para Rita Hayworth. En realidad, son más interesantes algunos datos objetivos como que la popularidad que el margarita alcanzó en Estados Unidos fue un verdadero impulso para la fabricación y exportación de tequila por parte de Méjico y que sus consumidores eran en sobre todo mujeres, puesto que en los cincuenta era la única manera de que ellas bebieran tequila de una manera socialmente aceptable.
No me di cuenta de que había escrito un post de despedida hasta que recibí vuestros mails. Entonces me releí a mí misma (siempre es un placer) y me dije: “Pues sí, parece que me he despedido. Parece que esto va en serio. Estoy cansada de esta página”. Después me estuve releyendo un poco más (soy tan adictiva…) y por casualidad caí en un post de hacía tres años en el que prácticamente decía lo mismo. Lo que había cambiado mi vida desde que había abierto la página, lo distinta que me sentía desde entonces, bla, bla, bla… Me dio la impresión de vivir atrapada en el tiempo, sólo que mi día de la marmota duraba unos tres años. Y dije: se acabó.
Como veréis, los archivos no están. Todo lo que escribí desde el 2001 hasta el 2007 ha desaparecido, a partir de ahora quedará sepultado por años y años de olvido y ya nadie podrá leerlo nunca más (o tal vez… se me ocurre que quizá exista una manera… aunque, bah, qué tontería, probablemente no sea más que una leyenda…).
Lo que tenéis ante vuestros ojos es mi nueva página. Que tiene el mismo dominio, un diseño supersimple parecido a otros tantos que he tenido y una sola autora que sigo siendo yo. Pero no es igual. Éste será el blog que yo siempre he querido leer. Será un sitio donde una persona con criterio recomendará las cosas maravillosas de la vida que hay que amar y también las cosas horribles y despreciables que hay que detestar. Y todo lo demás, que es lo mediocre, lo ignoraré por completo.
Habrá posts que os cambiarán la vida y otros que serán una simple excusa para contar algo que me ha pasado. Habrá posibilidad de dejar comentarios, incluso, y por supuesto habrá censurá. Pero sobre todas esas cosas, estaré yo. Y es por eso que tendréis venir a leerme.