Mi recomendación de hoy debería ser leer. Leer así en general. Como verbo, preferiblemente en presente continuo, prolongándose en el tiempo indefinidamente. Y no por todo ese asunto de la cultura, que también, pero eso ya se encarga de decirlo el ministerio con sus escalofriantes campañas de publicidad, sino porque leer es terriblemente necesario, practicamente imprescindible, para poder pensar con claridad. Uno deja de leer un momento, para hacer algo con otras personas como irse de fin de semana con unos amigos (a la gente le sienta fatal que te pongas a leer cuando estás con ellos. El simple hecho de que lleves un libro contigo hace que te miren con cara de sospecha, como si temieran que en cualquier momento fueras a abrirlo y desaparecer dentro, dejándoles solos y a la gente no le gusta nada estar sola, pero éste es ya otro tema…) y al volver del fin de semana, aunque estás muy feliz, resulta que la cabeza se te ha convertido en una especie de pecera. Una pecera sucia. Donde los pensamientos vagan como peces idiotas y hay un montón de basura flotando por todas partes.
Esto no es necesariamente malo. Lo de que los pensamientos vayan de acá para allá libremente. De hecho, a la gente le gusta tanto que pasan todo el día viendo la televisión. Pero si la situación se prolonga durante unos días acaba uno en el metro, yendo a trabajar, manteniendo unos monólogos interiores completamente dementes, del tipo “sueño, sueño, cansada, hambre, persona sucia, persona tonta pegada a mí, pelo bonito me gusta, me aparto, risa en el coche, echo de menos, echo mucho de menos, recuerdo, recuerdo bueno, recuerdo malo, triste, botas calor, sueño, sueño”. En esa penosa situación se despierta uno de vez en cuando y dice “pero qué hago? dónde voy? qué estoy haciendo con mi vida?”. Y ese es el momento de coger un libro y aferrarse a él para no seguir flotando a la deriva, tan tontamente.
El libro se abre, se lee durante un rato y por malo o bueno que sea, cuando se vuelve a la superficie, el cebrebro empieza a trabajar con frases completas, oraciones con sujeto y predicado y uno piensa “vaya, no me gusta nada ir en metro porque la gente tiene una pinta horrible bajo esta luz fluorescente y no se ve nada por las ventanillas. Lo que voy a hacer es abstraerme y pensar en mis cosas, pero intentaré no caer en esas fantasías imposibles y me centraré en algo útil cómo qué voy a hacerme de cena esta noche”. Que no es que uno se vuelva Einstein, desde luego, pero supone una mejora considerable.
Y por todo eso es que mi recomendación debería ser leer. Pero sería una recomendación demasiado vaga, así que los tres párrafos anteriores se quedarán en una extensa y enrevesada introducción, a la que ya deberíais estar acostumbrados, y pasaré a la recomendación propiamente dicha:
“La mujer del viajero en el tiempo”
de Audrey Niffenegger
La mujer del viajero del tiempo es la historia de amor perfecta. Y por eso es un libro de ciencia ficción.
(risas)
No, no, en serio. Es exactamente así, porque la única forma de que el amor fuera perfecto es que compartieras recuerdos del pasado de tu amante y conocieras secretos de su futuro, mientras al mismo tiempo vivieras toda la emoción del presente en el que aún os estáis conociendo.
Reconozco que cuando empecé a leer este libro quise arrojarlo por la ventana. De hecho, lo abandoné y me leí otras cosas, hasta que un día reuní fuerzas para volver a enfrentarlo. Y resultó que Henry y Clare, que son los protagonistas, no dan tanto asco como me pareció al principio. Porque se quieren, se quieren durante todo el libro con una intensidad dolorosa y uno les envidia y les compadece por ello, a partes iguales.
Pero dejemos todo ese turbio asunto del amor a un lado. Podría estar hablando horas de por qué el viaje en el tiempo me parece la forma ideal de querer a alguien por completo (no tiene uno la sensación cuando conoce al hombre o la mujer de su vida de que ya se conocían de antes, de que se han conocido siempre?), pero sobre la relación de Henry y Clare cada uno puede tener su opinión e identificarse o no con ellos. Lo que sí es un hecho objetivo es que el libro es un pequeño rompecabezas armado con mucha habilidad, que al mismo tiempo es fácil de leer y comprender.
Como lectora asidua de ciencia ficción, este libro me encanta porque tiene el mismo tratamiento que “Olvídate de mí”. Es decir, hay un elemento irreal, que es el viaje en el tiempo, pero se trata de una manera cotidiana y no tiene más protagonismo que la relación entre los personajes. De hecho, de todos los libros que he leído que tratan sobre viajar en el tiempo, que son unos cuantos, el planteamiento de éste es bastante original y aunque no profundiza mucho en el tema de las paradojas, cualquier amante del género se sentirá sorprendido y satisfecho.
Para terminar y convencer a los más reacios, diré que éste no es ningún libro raro que me he sacado de la manga, sino un best seller en toda regla, de esos que amontonan junto a las cajas del fnac, al lado de las pilas y los cds vírgenes. Pero es un best-seller de los buenos, de los que definitivamente hay que leer.
Me gusta la gente que siempre tiene caramelos y los ofrece en el momento más inesperadamente oportuno. En realidad me gusta la gente que siempre tiene de algo. Por ejemplo, de pequeña me gustaba que mi padre siempre tuviera pilas y mi abuela siempre tuviera de todo. Es un rasgo que me atrae porque me imagino a esa persona abasteciéndose secretamente de esa mercancía, por sus propias y privadas razones, en un acto completamente independiente y ajeno al resto del mundo. No es como cuando en mi casa sólo había trescientos litros de leche y mi madre decía en voz alta “se nos está acabando la leche, tenemos que comprar más”, no. Es como cuando mi padre, en algún momento y lugar al cual yo era totalmente ajena, compraba pilas y las almacenaba en el cajón de su mesilla de noche sin decir nada ni darle explicaciones a nadie. Es a eso a lo que me refiero.
Por supuesto no vale el tabaco ni nada que cree una dependencia física, porque entonces las razones no son las mismas, sino otras muy poco interesantes a mis ojos. Vale si es cacao, chicles, pañuelos, pintalabios, bolígrafos o cualquier cosa que se gaste y haya que reponer y vale si la persona SIEMPRE va provista de ello.
Pero el caso de los caramelos es especial porque los caramelos se ofrecen, digamos que están hechos para ofrecer, y son una opción bastante más original pero también más arriesgada que los chicles. No voy a pensar igual de alguien que siempre tiene y ofrece pictolines (uf), que de alguien que siempre tiene y ofrece juanolas (mejor, aunque las odio) o alguien que siempre tiene y ofrece unos repugnantes caramelos de anís o de coco (fatal). Sin embargo, todos ellos me parecen interesantes por ese rasgo de individualidad que yo veo en abastecerse de algo y aún más porque la mercancía elegida sean los caramelos. Hasta el tipo de la leyenda urbana que repartía caramelos con droga a la salida del colegio me ha parecido siempre alguien brillante por su ingenioso método, pero sobre todo por su innegable estilo.
Durante una época trabajé con un amigo que siempre tenía y solía ofrecerme caramelos masticables Ricola “flores de saúco”. Yo iba a decirle cualquier cosa seria e importante, totalmente decidida, y el simple gesto de abrir la cajita ante mí, me desarmaba por completo. Probad a hacerlo vosotros mismos. En medio de una situación social, cuando haya varias personas enfrascadas en una conversación o cuando veáis a alguien completamente seguro de si mismo, probad a abrir una brillante cajita metálica de deliciosos caramelos masticables desconocidos para casi todo el mundo y comprobaréis cómo durante un instante las personas titubean, y centran toda su atención en el interior de la pequeña cajita, de VUESTRA pequeña cajita, ésa que estáis sosteniendo en la mano. Si titubean demasiado puede animárseles diciendo “son sin azúcar”, pero en un tono bajo que no distraiga su atención de los caramelos. Entonces, la mayoría de ellos cogerá el caramelo y se lo meterá en la boca. Puede que todo dure apenas tres segundos y la conversación se reanude, pero ahora todos tienen en la boca VUESTRO caramelo y están paladeando ese extraño sabor e intentando evitar que se les pegue a los dientes. Esa sensación que vosotros tan bien conocéis, puesto que sois el origen, la fuente, los dueños y señores de los caramelos.
Entre la persona que suele ofrecer caramelos y la que los suele aceptar se establece una relación especial, sobre la que no me voy a extender más porque todos habéis visto el anuncio de los werther’s original, un caramelo detestable, por cierto. Y porque supongo que mis lectores tienen una vida propia con sus propias personas especiales expendedoras de caramelos, sobre las que sabrán reflexionar y sacar conclusiones sin mi ayuda. Sin embargo, sí que doy por supuesto que no tenéis ni la más remota idea de lo maravillosos que son estos caramelos Ricola “flores de saúco” y por eso hablaré más de ellos. Estos caramelos tienen un sabor un poco raro que, como los mejores sabores del mundo, gusta mucho más la segunda vez que se prueba. Son masticables (en la caja pone “pastillas”, porque también los hay en versión caramelo), aunque según la temperatura o la antigüedad de la caja pueden estar un poco duros (lo cual no desmejora su efecto). Van en una cajita metálica morada, que hace “clic” cuando se cierra y cuando se abre, y son espantósamente caros. También he descubierto que los venden en bolsitas de plástico, cosa que viene muy bien si quieres reciclar cajitas. Y no suavizan la garganta ni dejan la boca fresca ni son fáciles de encontrar.
Yo nunca he sido, ni seré capaz de mantenerme SIEMPRE abastecida de algo (si lo consiguiera, quizá dejaría de admirar ese rasgo), pero cuando llevo en el bolso estos caramelos me siento algo más querida y acompañada en el mundo. Cuando camino sola por la calle cansada o triste, saco la cajita metálica, me meto uno de estos caramelos en la boca, y me siento mucho mejor. Lo malo es que como soy una persona enfermizamente compulsiva, luego me como treinta y cinco más y me quedo sin caramelos.
Pero creo que de verdad merece la pena hacer el esfuerzo de conseguirlos, almacenarlos, dosificarlos y compartirlos, porque los caramelos son algo realmente especial. Por ejemplo, la última vez que vi a mi amigo y nos estábamos despidiendo, justo cuando yo me acababa de sentar en el taxi, él, sin decir nada, me puso una cajita de Ricola “flores de saúco” en la mano, cerró la puerta y me sonrió desde el otro lado de la ventanilla. Y mientras el taxi arrancaba y se alejaba, yo sabía y él sabía que sólo con ese gesto y ese pequeño regalo había conseguido hacerme infinitamente feliz.
A veces, cuando una mujer ejerce una profesión en la que predominan los hombres, su labor tiende a ser sobrevalorada, básicamente porque los hombres piensan que debe de tratarse de una asombrosa mutación en su género si es capaz de mostrar unas habilidades que en cualquier otro hombre puede que incluso consideraran mediocres. Si además se trata de una tía buena, el revuelo que se produce a su alrededor adquiere el calificativo de bochornoso (véanse ciertos foros de 3D).
Pero si la tía tiene una profesión “rara”, está buena y además es objetivamente excepcional en su trabajo, las piezas encajan, los engranajes giran y la puerta de la fama se abre solemnemente ante ella. Se convierte en un modelo aspiracional, un ídolo para chicos y también para chicas (no digáis que no, perras, que la ragazza nos la hemos comprado todas…). Es injusto para otros hombres que igual o aún más brillantes en su trabajo, no salen del anonimato. Pero bueno, ya sabéis, somos diferentes, somos iguales (o eso era para los negros?).
Kat Von D es buen ejemplo de este fenómeno. Es famosa por ser una genial tatuadora, por ser mujer, y sobre todo porque está buena. Pero a mí eso, lo de que sea famosa por esas razones me la sopla bastante. La verdad es que, ahora que lo pienso, no sé por qué me he enredado con una introducción tan larga si a mí me mola esta tía porque, simplemente, me cae bien. Me gusta la voz que tiene, me fascina el horror vacui y horror a secas de su indumentaria, que sea amiga de Bam Margera y de Ville Valo (hay algo más encantadoramente hortera que HIM?) y sobre todo me gusta este tatuaje de su espalda:

Kat Von D me gusta porque es la acumulación personificada de ese tipo de datos curiosos e inútiles que me encanta saber y recopilar:
-Es especialista en tatuajes en blanco y negro y retratos. Ahí van dos muestras:

-Las estrellas que lleva tatuadas en la sien, imitadas tan lamentablemente por sus fans, se las hizo por su canción preferida: Starry Eyes de Mötley Crüe.
-Nació en México y sus padres son argentinos. Se supone que el español es su lengua materna, pero a mí, personalmente, me da bajón escucharla hablándolo. Os ahorro ese vídeo.
-Tiene sólo 25 años (es más joven que yo! será zorra!) pero empezó a tatuar con 14. Lo primero que tatuó fue la calavera de los Misfits (qué comienzo tan brillante). Años más tarde tatuó al propio batería.
-Lleva tatuados un montón retratos de Beethoven por todo el cuerpo. ¿Por qué? Pues porque le gusta mucho Beethoven, por qué va a ser…
-Su tatuaje preferido es el ojo que lleva en la mano izquierda. Se lo hizo Kore Flatmo, su ídolo.
-Tiene un gato llamado Ludwig.
En Miami Ink montarón una absurda pantomima en la que Ami echaba a Kat y por eso ella se largaba de vuelta a Los Ángeles y montaba su propia tienda y su propio programa, LA ink:
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Una de las cosas que me gusta de la gente que va tatuada es que puedes cotillear sobre su vida privada con tan solo mirarlos. Es como si llevaran puesto encima su blog o su facebook. Kat, por ejemplo, lleva en el cuello una rosa bajo la que se lee “Oliver“, que es el nombre de su marido, o exmarido actualmente. Yo, mientras veía el programa, me lo imaginaba como una especie de Adonis tatuado. Y la realidad me abofeteó con esto:

gnomofilia?
Afortunadamente, para su imagen pública, se divorciaron y ahora está con este tipo:

Afortunadamente he dicho?
Por lo que he leído, Oliver, en su myspace (me alucina que los famosos tengan myspace, es el colmo del cutrerío), la acusaba de adúltera y de ponerse hasta el culo (cómo si no se explica que saliendo con tíos como Dave Navarro, acabe enrollada con semejantes esperpentos?). Pero yo se lo perdono. Porque si una tatuadora skater de Los Ángeles, rica, famosa y flipada por el metal escandinavo, no se pusiera hasta el culo todos los fines de semana, entonces es que el mundo se estaría yendo a la mierda.

Di que sí, Kat!