Hoy he venido aquí a hablar de mi libro.
Bueno, en realidad no, en realidad no quería mencionar aquí este tema, porque esto es ahora un blog de recomendaciones y recomendar algo que yo he escrito (en el supuesto de que me pareciera recomendable) es, no sé si de mal gusto, pero desde luego poco elegante.
Aún así, hay dos poderosas razones para que finalmente pegue aquí el link de esta noticia:
¡¡EXTRA, EXTRA!!
Una) Si no lo hago, no volveré a escribir aquí jamás. Con esta página me pasa como con los amigos: si por algún motivo no les cuento algo muy importante que ha pasado en mi vida, la omisión se contagia y cada vez me apetece menos hablar con ellos (de ahí esas grandes lagunas en mi etapa anterior).
Dos) Me propongo estirar estos días de felicidad todo lo que den de sí. Así que dos semanas después, en un intento de revivir aquel maravilloso jueves en el que me llamaron para comunicármelo, lo publico aquí y abro los comentarios para que me felicitéis si os apetece. Aunque algunos lectores a los que no conozco ya lo hicieron el mismo día del fallo. ¿Cómo es posible? Me siento entre conmovida y acechada.
(cómo mola archivar esta entrada en “metaposts” y “literatura” al mismo tiempo
)
Hablemos de las hayas. ¿Cómo? ¿Pero eso no es un árbol? Sí, es un árbol, pero si yo hablo de él, es que es un árbol recomendable. Un árbol que TIENES que ver o al menos reparar en su existencia.
Algunos pensarán “bah, qué me vienes a contar tú ahora a mí de hayedos, si tengo yo en mi pueblo hayas a cascoporro…”. Sí, puede que sí, si vives en el norte de la península pero si tu idea de salir a la naturaleza hubiera sido desde tu niñez jugar a destrozar basura en el toyo almeriense (a tope con el tétanos!), entonces entenderías por qué cada vez que veo más de cinco árboles juntos no puedo evitar pensar “hostia, un bosque!”.
Si además tu idea de bosque perfecto es la misma que tuvo Ridley Scott en Legend, es completamente necesario que vayas de excursión a un hayedo, especialmente en otoño, porque es lo más parecido a estar dentro de un cuento.

Dios mío, esa es Aracne o Lorena McKennitt?
En el mundo de los árboles, las hayas no ganarían un concurso de popularidad precisamente. Digamos que son unas criaturas egoístas por naturaleza que, ávidas de luz, estiran sus ramas y colocan sus hojas en horizontal, intentando acaparar la mayor superficie posible. Esto hace que a través de sus espesas copas, apenas se cuelen algunos rayos de sol, y por tanto no crezca ninguna otra planta sobre el suelo. También hace, por supuesto, que los bosques de hayas sean lugares oscuros y misteriosos y molen mil veces más que los bosques de pinos, por ejemplo. Se iría una familia de preciosas y chispeantes hadas a vivir a un pinar? Yo creo que no.
Pero es en otoño cuando las hayas deciden que si de todas formas las van a odiar en el mundo vegetal por poco solidarias, pues más vale también que las envidien a muerte. Así que se ponen amarillas, naranjas, rojas y hasta púrpuras, alcanzando a veces tonos degradados que no encontrarías ni en el pelo de una adolescente japonesa. Al atardecer y desde lejos, el color rojizo de sus copas parece desprenderse tiñendo el cielo de rosa y malva, sobrecogiendo el ánimo e interrumpiendo el curso de las conversaciones.
Cerca de Madrid, que es donde vivo yo, hay tres hayedos. El más famoso es el Hayedo de Montejo, al que muchos incautos visitantes acuden sin saber que hay que pedir permiso para entrar con mucha antelación y que la visita es guiada. También está el Hayedo de Tejera Negra, en la provincia de Guadalajara, que es el más grande de los tres y que, como el de Montejo, está protegido como Parque Natural. Pero estos dos no son los que os voy a recomendar, porque seguro que hay demasiada gente (y porque tampoco he estado, más que nada). El auténtico hayedo con sello de garantía Aracne es el Hayedo de la Pedrosa, en la provincia de Segovia, que es el más pequeño de los tres, pero increíblemente bonito. Como no es Parque Natural (aunque esperemos que pronto lo sea), no es tan conocido ni tiene tantos visitantes.
La idea no es ir a Segovia, con la excusa de las hayas, a comer cordero, no seáis caspa. La idea es hacer la ruta completa, montaña arriba y luego, casi en la cima, cuando se deja el bosque atrás, disfrutar de la increíble vista.
La idea es no oponer resistencia y dejar que el otoño le cale a uno hasta los huesos (aunque los huesos son más de la jurisdicción del invierno; el otoño ataca sobre todo al cerebro), arrastrar el alma pendiente arriba, e ir abandonando disimuladamente, sobre la mullida alfombra de hojas muertas, pequeñas nostalgias y melancolías propias que pasarán inadvertidas y camufladas entre los tonos ocres del escenario.
Y huir justo antes de que la luz se vaya del todo, porque es a esa hora cuando las hayas se muestran más terribles, compungidas de color, y emanan una humedad espesa y triste, como si el bosque entero estuviera a punto de echarse a llorar.
He posteado esto en mi facebook, pero creo que mis amigos no me leen o me ignoran, así que me vengo aquí, que me siento más querida. Este post no es exactamente una recomendación, ni un post al uso (tal vez esta tarde haya uno en condiciones, o tal vez no, ya sabéis cómo me las gasto), pero me parece una historia curiosa y quería compartirla con gente a la que SÍ le importa lo que pienso.
El asunto es simple. Un chico ve a una chica en el metro, piensa que es la mujer de su vida y cuando llega a casa la dibuja, y sube su nota de búsqueda a internet. Qué vale un dominio a cambio de encontrar a la mujer de tu vida? Una miseria. En realidad, qué vale un dominio? Una miseria. Así que el chico compró el dominio, subió el dibujo y empezó a difundirlo.
Pero claro, como todo en internet, la cosa no queda ahí. Hay más datos. El chico es ilustrador y trabaja en vimeo, donde le han hecho una entrevista acerca del asunto.
Bajad esa ceja. Bajad esa ceja, ahora mismo. Y qué pasa si es una campaña de autopromoción? Y qué si es una maniobra publicitaria? Le resta eso mérito a una idea tan simple, con una ejecución más simple aún? No. De hecho, si tiene éxito, me parecerá aún más brillante.
Y la chica existe. De eso estoy segura. Aunque él ya tuviera esa idea pensada antes, por qué no iba a elegir a una chica real en el metro de la que enamorarse? La gente se enamora como loca en el metro. Hay cortos, cuentos, y comics sobre el tema. El enamoramiento es constante en el metro. Por qué no iba a ser verdad? Qué pensará la chica de la flor en el pelo cuando descubra que medio internet la está buscando? Sólo por eso merecerá la pena.
Me cae bien Patrick Moberg y quiero que encuentre a la chica, y además quiero que se haga famoso y sea feliz y se le ocurran más ideas de este tipo. Así que escribo sobre él y recomiendo que vosotros también lo hagáis, o por lo menos penséis un poco en ello.
(Lo encontré en Laughing Squid)