La otra tarde, veía una película de Hitchcock con mi abuela y mi hermana, cuando una inesperada señora asomó su cabeza por la esquina de una oscura ventana, en un ángulo exacto de 45º, y golpeó el cristal con un afilado índice. Paré la película y abrí la puerta. La inesperada señora entró. Tenía el pelo cano, ligeramente celeste, y vestía una espléndida bata de boatiné del mismo color. De hecho, el color de la bata era tan claro que me incomodaba un poco. No hubiera habido problema si hubiera sido una bata burdeos, por ejemplo, pero aquel color tan níveo, me hacía pensar en que la mujer iba algo desnuda, a pesar de la indiscutible consistencia del boatiné. Sobre ella, llevaba una manta de cuadros, una de esas mantas de viaje con flecos en los extremos, dispuesta como un chal.
-Sácale una silla -ordenó mi abuela, haciendo que me sintiera una completa maleducada.
Pero la mujer no quiso. Dijo que se iba enseguida porque estaba esperando unas llamadas. En realidad dijo algo como “voy a recibir unas llamadas” y la estructura de la frase sonó tan torpe, tan artificial, que tanto mi abuela, como yo y como la mujer supimos que probablemente el teléfono sonaría sólo una vez o ninguna y que en cualquier caso su timbre resonaría tristemente, en la fría y oscura soledad de su casa.
Comencé a odiar a la mujer. Había dicho que no quería sentarse pero llevaba ya un rato allí parada, haciéndome sentir mal por no haber sacado una silla para ella y comentando muy animada los puntos fuertes del catarro de mi abuela. Estaba fascinada. Se notaba que apreciaba de verdad la calidad de la tos profunda y recordaba la última vez que la había visto enferma.
-Tú cuando lo coges, lo coges bien, eh -dijo, sin poder disimular su admiración.
¿Cuándo se iría aquella mujer? ¿No se daba cuenta de que no teníamos ganas de hablar con ella? La película que estábamos viendo era “La cortina rasgada”, y ya resulta algo tediosa, con esa insufrible interpretación de Julie Andrews, para encima soportar aquella tercera interrupción de la tarde. Con todo ese asunto de la Nochebuena, la gente se estaba poniendo muy pesada.
Lejos de achantarse ante la hostilidad de nuestro silencio, la mujer parecía lanzada. Comenzó a relatarle a mi abuela lo que había oído en boca de una tercera persona, a la que no conozco ni nunca conoceré.
-Me ha dicho que estaba en casa de su hermana, pero que ya se iba para su casa con su marido porque esta noche tenían costumbre de juntarse toda la familia…
Aún no había añadido las reveladoras frases de “yo le seguí la corriente”, “confunde a su hija con su hermana” o “luego se pone violenta”, cuando yo ya me había dado cuenta de que la mujer de la que hablaba no tenía otra casa y su marido estaría muerto muy probablemente.
-Así que ya ve usted como está el corral -concluyó la mujer.
Reconozco que esa frase me hizo gracia, pero me pareció ridículo que le contara todo eso a mi abuela, de 87 años, conocedora de todos los horribles corrales de la vida.
La mujer puso una mano en el picaporte de la puerta y en mi corazón se encendió la luz de la esperanza. Por fin se iba. Sin embargo, mientras ella y mi abuela cruzaban las convencionales frases de despedida entre vecinas, la mujer soltó:
-A ver si pasan, sí, las Navidades, a ver si se pasan ya…
-Y que vivamos para las siguientes -dijo mi abuela, que no pierde ocasión de tratar su tema de depresión favorito.
-No -contestó la mujer-. No me gustan nada. Nunca me han gustado pero estas dos últimas… -y entonces mostró auténtico disgusto en su cara. Un disgusto profundo y sincero hacia la Navidad. Temí incluso que se echara a llorar. Eso sin duda retrasaría su marcha.
-Hay que pasarlas -dijo mi abuela, en un tono que hacía evidente que la Navidad había dejado de estar en su lista de temas por los que deprimirse hacía mucho tiempo.
La mujer asintió y mientras su bata de boatiné desaparecía en la oscuridad de la calle y la puerta se cerraba, tuve la absoluta convicción de que ella y yo estábamos en la misma onda.
Cuando llegué a casa me puse a releer o a remirar a Edward Gorey. ¿Qué haría Edward Gorey en Nochebuena? Probablemente lo mismo que la inesperada mujer o yo, porque Edward Gorey también estaba en nuestra onda.
Me molesta que la gente piense que Edward Gorey es un dibujante gótico y por algunas entrevistas que he leído, sé que a él también le molestaba. Es cierto que sus dibujos y sus historias son a veces muy macabras y también es cierto que todos los góticos reniegan de ser góticos, pero Edward Gorey es diferente, creedme. Yo conozco su existencia desde hace muchísimo tiempo y nunca había leído nada suyo por esos estúpidos prejuicios. No cometáis el mismo error que yo.
Él no era un tipo inglés, lánguido y retorcido que dibujaba a la luz de una vela, como mucha gente imagina al ver sus increíbles y geniales ilustraciones de estilo victoriano. Era un americano de Rhode Island y murió hace sólo siete años. Tenía el tamaño de un armario ropero, lucía una frondosa barba, abrigo largo y argollas en las orejas. Y bueno sí, era bastante excéntrico. Nunca tuvo ninguna relación amorosa y se declaró felizmente asexual. Se puede decir que vivió solo y murió solo, pero yo creo que encontró la compañía perfecta en sus libros, sus discos y sus gatos. No era ningún amargado y sentía pasión por algunas cosas como el teatro, el ballet o Buffy Cazavampiros.
En cuanto a su obra, se puede encontrar una buena representación en los tomos Amphigorey, Amphigorey también y Amphigorey además, editados en versión bilingüe por Valdemar. Mi preferido es Amphigorey además, aunque este volumen sea el que contenga la historia de “La pareja abominable” que definitivamente NO tiene el sello de garantía Aracne, porque no tiene gracia y es muy desagradable, lo cual es comprensible si se tiene en cuenta que está basada en hechos reales. Me molesta que algunas personas piensen que esta es su mejor historia sólo porque es la más dura o la más desagradable. Es un baremo que con frecuencia he visto a aplicar en el cine o en los comics, por gente que intenta compensar con ello su absoluta falta de criterio. De verdad que los compadezco. Se tragan bazofias como las de Suehiro Maruo sin rechistar. Qué estómago.
Pero volviendo a Edward Gorey, en Amphigorey también, justo después de la historia que me desgrada tanto, viene la maravillosa historia de “Las cuentas verdes”. Ésa sí que es Gorey en esencia pura. Y también la de “El legado de Awdrey Gore” (a Gorey le encantaban los pseudónimos y los anagramas. ¿Hay algo más guay que los anagramas?), que es sin duda mi favorita. Aunque si no sois fans absolutos de Agatha Christie, como lo somos nosotros (Gorey y yo), puede que no la entendáis.

Finalmente os recomiendo un librito que me regalé el otro día y que se llama The twelve terrors of Christmas. El primero es “Santa: The man”, pero cuando vi al mezquino papá Noel que ilustraba el segundo, “Santa: The concept”, no pude evitar mirar al cielo y susurrar con tristeza “¿Oh, Edward, por qué nos has abandonado?”
Pensaréis “nos tiene abandonados!” y pensaréis con acierto. Pero es que, amigos, sopla un viento frío en la calle y en el alma y yo me encuentro sola, en medio del cambio de estación, sobreviviendo, básicamente, a las tristezas navideñas. Sin embargo, más que apenada por poseer una naturaleza tan voluble y sensible a los giros del planeta, no deja de maravillarme mi increíble habilidad al elegir mis lecturas. ¿Se puede tener tan buen ojo como yo? ¿Se puede ir a parar uno con libros más estupendos que los que yo estoy leyendo estos días? En fin, así voy, saltando grácilmente de unas páginas a otras, evitando las oscuras y gélidas aguas del final del otoño.
Pero ya hablaremos de libros otro día. Hoy he venido aquí a haceros un regalo. Porque me siento generosa y porque la navidad me parece una época tan terrible que de verdad enardece mi espíritu solidario. Yo no me quejo ni de hipocresías ni de tradiciones, ni me exaspero con los tópicos. Yo sólo siento la hostilidad del clima y el golpe bajo del alumbrado navideño que se vuelve cegador, casi hiriente, si se mira con los ojos empañados.
A mí me gusta estar sola, pero en navidad el resto del mundo se empeña en que las personas solitarias nos sintamos miserables y tengamos que correr a reunirnos, para sentirnos aún más solos, entre un montón de gente. Y eso es algo que detesto.
Para combatir todas las cosas detestables del mundo tengo dos discos especiales. Los escucho siempre en la más absoluta intimidad y siempre me hacen sentir bien.
Gene Krupa y Anita O’Day son dos grandes figuras del jazz, cuya carrera y discografía por separado es extensa e inagotable. Por un lado Gene Krupa fue uno de los mejores baterías de la historia y aparte de estar en la cárcel unos meses por posesión de marihuana, el resto del tiempo lo dedicó, básicamente, a darle caña al asunto. Por otro lado, Anita O’Day es una de las Grandes y ya hablé de ella aquí, una vez, en mi anterior vida. La de Anita, su vida, también fue sorprendentemente larga, si tenemos en cuenta la cantidad de heroína que consumió habitualmente durante unos años y que llegó a convertirse en una homeless, practicamente. Sin embargo, me gusta pensar que Anita terminó bien y después de escribir su biografía “High times, hard times”, murió anciana y en paz.
Pero remontémonos a principios de los 40, cuando ambos eran jóvenes y estaban empezando. Gene Krupa montó su propia orquesta y reclutó a Roy Eldridge, saxofonista, y a Anita O’Day, vocalista. Ella salía a cantar como si fuera una miembro más de la banda, rompiendo con la típica imagen que se tenía de las divas del jazz de la época. Me gusta pensar en Anita como una persona divertida y rebelde porque es esa la energía que me transmiten estas grabaciones de su primera época. Éste fue su primer gran éxito:
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Y ésta, la misma canción interpretada por ellos, cuando se reunieron 15 años después.
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Me gusta escucharlas seguidas para apreciar la diferencia en la voz de Anita, que se ha vuelto más aspera y grave. A pesar de ser una cantante blanca, hay algo en su forma de cantar que recuerda a la gravedad y la tristeza de Billie Holiday. Suelen decir de ella que sus puntos fuertes eran su sentido del ritmo y su capacidad de improvisación, pero esas palabras no adquieren un verdadero significado hasta que uno ve este vídeo:
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A mí me parece que si quisiera, ella y sus guantes podrían marcar el ritmo del mundo. Y no, no hay ninguna grabación de Sweet Georgia Brown que se pueda comparar con ese directo.
Cuando escucho esas viejas canciones, escritas por personas que vivieron y murieron hace tantos años, pienso que todo lo triste que yo puedo estar, todas las cosas que puedo sentir, ya las sufrieron muchos otros antes. Cuántas personas, desde 1942, habrán escuchado y tarareado Skylark (en horribles versiones también, todo hay que decirlo) pensando que era exactamente lo que ellos sentían? No sé si será un consuelo de tontos, pero a mí esta canción me hace sentir menos sola. A veces, en momentos especialmente angustiosos, me he sorprendido a mí misma tarareándola, como un bálsamo tranquilizador.
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Y por eso, este disco es mi regalo. No quiero saber si os gusta o no. Ni siquiera me sentaría a escucharlo con ninguno de vosotros. Este disco es algo mío, privado e íntimo, que vengo a compartir aquí, como tantas otras cosas, sin saber muy bien por qué, ni con quién. Y sin quererlo saber tampoco.
Que haya creado esta página de recomendaciones, así, impunemente, y sobrada de arrogacia (de esa arrogancia que no es mera pose, sino que habita palpable en la zona de “cosas absolutamente justificadas sobre las que no tengo ninguna duda” que hay en mi cerebro), me hace sentir a veces un poco culpable, porque yo la verdad es que las recomendaciones de los demás me las paso por el forro. Con excepciones, claro, las que vienen acompañadas de margaritas o caramelos sabor “flores de saúco” las anoto mental e indeleblemente y muchas otras que proceden de personas (muy pocas personas) en cuyo criterio confío (y cuya imagen también puede encontrarse en la zona de “cosas absolutamente justificadas sobre las que no tengo ninguna duda” de mi cerebro).
Ahora bien, un compañero de trabajo, relativamente desconocido, menciona a una cantante llamada Yma Sumac y yo asiento con la cabeza y sonrío mientras ignoro por completo su comentario y pienso en cosas realmente importantes como la existencia de vida en otros planetas o si tengo hambre.
Sin embargo, los cinco primeros segundos de la canción que ha puesto atraen mi atención como un imán y además añade sonriendo “Yma Sumac tiene una biografía fascinante. Seguro que te gusta”. Entonces, esa parte de mi cerebro dedicada a gogglelear, que ha adquirido el privilegio de saltarse el filtro de la conciencia y ejecuta actos refejos si lo cree oportuno, ya ha ordenado a mis manos que tecleen “Yma Sumac” en la página de last.fm que tengo abierta, mientras ajena a ello, yo pienso: “por qué ha sonreído? ha dicho “fascinante”? Me conoce tanto en tan poco tiempo o es que este tío lee mi página?” Si es así, Uli: hola. Maldita sea, te debo una. Gryiffindor 1 Slytherin 0.
Por supuesto, varios meses después, ya sé mucho más sobre Yma Sumac que él y apostaría que sé más que cualquier persona de mi género y mi edad que viva en Madrid y haya nacido en Almería.
Pero no os abrumaré con todos los datos que conozco sobre su vida (además, ¿por qué tendría que compartirlos?) y seleccionaré sólo los que me parecen indispensables para que vosotros mismos os deis cuenta de que no podíais ir tan tranquilos por la vida sin conocerla.
La voz de Yma Sumac cubría un rango de casi cinco octavas. Esto quiere decir que podía interpretar ella sola todos los papeles de una ópera (los de hombres y mujeres) sin tener que falsear la voz. Podía cantar en un registro grave, como el de un hombre acatarrado y de repente, en un segundo, romperle a su madre la cristalería. Imaginad en una representación visual, como la de los libros de ciencias, un montón de ondas, de muy distintas frecuencias saliendo de la pequeña boca de Yma Sumac. Sin embargo, y a riesgo de que os sintáis un poco defraudados, he de decir que el impresionante dato de las cinco octavas queda bastante deslucido cuando uno se entera de que el record ha sido igualado o superado por gente tan poco interesante como Celine Dion o Mariah Carey. Eso a nosotros nos tiene que dar igual, porque la diferencia es que Yma Súmac, además de ostentar este record, lo demostraba:
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Yma Sumac aprendió a cantar sola, de niña, mientras paseaba por los bosques andinos e imitaba el canto de los pájaros. Cuando descubrieron su increíble voz se hizo famosa y viajó por todo el mundo actuando sobre escenarios y hasta en algunas películas. Pero desde luego, lo que más me gusta de Yma Sumac es que, como toda diva que se precie, era una extravagante. Estaba convencida de que descendía directamente del inca Atahualpa, y así mismo se lo certificó oficialmente el gobierno de Perú. Por su origen inca fue también por lo que cambió su nombre, Zoila Augusta Emperatriz Chávarri del Castillo (está claro que la extravagancia le venía de familia) por Yma Sumac, que en inca quiere decir “qué linda”. Y así de linda y de inca le gustaba posar a ella:

Pero Yma Sumac no se limitaba a cantar canciones típicamente peruanas, sino que experimentaba, mezclaba géneros, utilizaba su voz como un instrumento musical y se atrevía a hacer cosas tan maravillosamente extrañas como ésta:
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Yma Sumac podría codearse con Josephine Baker o Sarah Bernhardt en mi lista de “Mujeres maravillosas que existieron realmente” sino fuera porque todavía existe. Y ojalá que su prodigiosa existencia se prolongue por mucho más tiempo.
(Nota para los comentaristas: Ya conozco la canción de la Casa Azul. Me parece espantosa.)