Me dijo mi hermana que mi blog se había convertido, prácticamente, en una página dedicada al jazz y las lecturas. Lo cierto es que a primera vista, no encuentro nada malo en esa descripción, así como en mi frecuencia de posteo que considero perfectamente válida y que no definiría nunca como escasa, sino como sosegada. Sin embargo, siete años de experiencia blogueril me dicen que en la fórmula “tu blog se ha convertido en X”, sea cual sea el valor que se le asigne a X, el resultado final nos dará negativo.
Así que me he dicho a mí misma: Carmen, esfuérzate un poquito, anda, piensa en algo que te guste mucho, muchísimo, que sea tan recomendable como todo sobre lo que has hablado hasta ahora, pero que no sea jazz, que no sean libros, que no sea nada pedante ni tampoco nada “nostálgico”… no, he dicho que jazz no… pero eso es música, tampoco vale… no, eso no… ¿el Neutro Balance? ¿cómo? ¿te has vuelto loca? ¿no será por que estamos en la ducha ahora mismo? no… no, ya te he dicho que eso no… ¡pues porque no!… ¡¡bueno, pues ve y escribe de lo que te salga de los santos cojones!!
Entonces, el Neutro Balance.
El gel Neutro Balance de Palmolive es, efectivamente, un gel de ducha. Pero no es un gel cualquiera. De verdad que no. Es el gel que llevo utilizando todos los días durante al menos los últimos diez años de mi vida, y si alguna vez he sido sorprendida en la ducha con otro, puedo asegurar que no era lo que parecía.
¿A cuántos productos de uso diario les es uno fiel durante tantos años? A muy pocos. Porque la mayoría de productos cansan, por muy buenos que nos parezcan al principio, salvo los que son sencillamente perfectos, como este caso que nos ocupa. Y lo más dramático es que ahí fuera no hay nadie que lo diga, nadie que identifique y señale esas pequeñas y accesibles glorias cotidianas con las que podemos hacer nuestra vida mejor. La gente habla de gadgets, de moda, de música, de enfermedades mentales, de apple, pero nadie habla de geles de ducha, de pasta de dientes, de comida precocinada… Mi amigo Circ y yo hemos comentado muchas veces, a lo largo de los años, que deberíamos aunar fuerzas y dedicarnos a ello, pero él está muy ocupado con el apocalípsis, y yo, aunque contemplaba tocar ese palo cuando creé esta página de recomendaciones, al final me he dejado llevar un poco por la pedancia.
Pero volvamos al Neutro Balance de Palmolive, NB para los amigos. Sin duda lo más destacable de este maravilloso producto es su inconfundible olor. Durante todos estos años, he tenido el placer de que personas de diferentes edades, nacionalidad, género, raza, credo y religión, me comentaran, desinteresadamente, lo bien que olía, a pesar de no estar usando ningún perfume ni colonia en ese momento (sí, como comprobaréis más abajo, los comentarios a esta entrada están convenientemente clausurados). La verdad es que es un piropo que me encanta porque eso de oler bien, naturalmente, por la propia esencia del cuerpo es una cosa como muy de santa. Y eso me gusta. Pero claro, una parte de mí se pregunta si no será un poco también por embadurnarme en la ducha durante años con el mismo olor. No sé, yo lo dejo ahí. Tal vez estoy revelando un fantástico secreto de belleza. Tal vez no. Tendréis que probarlo.
Pero no creáis que soy obsesiva. Durante estos diez años, no me ha faltado la variedad. Porque hay DOS geles NB con sello de garantía Aracne. Y cuando me canso de uno (a los cinco botes consecutivos, más o menos) me paso al otro y viceversa. Las dos variedades a las que me refiero son, atended bien, el hidratante normal, del tapón verde azulado y el nutritivo con miel, del tapón amarillo. No almendras, no oliva, no karité, cuidado con esos. No es que sean malos, porque después de todo son de la familia, pero NO tienen el sello de garantía Aracne.
Entre estas dos variedades, la primera es claramente superior a la segunda. Por algo es el clásico, el original, el primigenio. Pero el olor del otro es increíble, más empalagoso, más llamativo y la textura igual de cremosa. Puede que os guste más, así de primeras, pero tarde o temprano, volveréis al hidratante normal. Bueno, todo esto suponiendo que tengáis algún criterio, claro. Eso es algo que mejor no me voy a detener a analizar. Simplemente diré que el del tapón amarillo, nutritivo con miel (y mira que yo odio la miel) está indicado, según lo que pone en el bote, para pieles muy secas. No hagáis caso si no dais el perfil. Yo jamás he tenido la piel seca y no se me hidrata demasiado por usarlo. Aunque… fijaos bien en lo que he dicho: yo no he tenido nunca la piel seca… Otra cosa que queda ahí.
Finalmente, aclararé que, en este caso, como en tantos otros, no me considero una experta en la materia. Que no os engañe el tono de este post. Yo no os voy a cuestionar si vosotros sois de los que abarrotáis vuestro baño con preciosos botes de Shiseido o conocéis el secreto de la baba de caracol. Yo sólo os pido que penséis, ¿os comprometeríais a seguir usando ese gel que os gusta tanto durante todos los días de vuestra vida sin ni siquiera probar jamás otro? Yo, decididamente, sí. Y con eso, no me queda más que añadir.
Mi desafío de hoy es que me creáis si os digo que el secreto de la felicidad, del misterio de la vida, lo conocen unos tipos llamados Bebo, Cachao, Patato y Paquito.
Sé que es difícil, si no imposible, pero no por ello dejaré de intentarlo. Se lo debo a la Humanidad.
Veréis, partiendo de la base de que la vida es un infierno -en esto estaremos todos de acuerdo-, lo cierto es que existen una especie de interruptores ocultos que, cuando se pulsan, hacen que la experiencia vivir se aleje de nuestro umbral de dolor y pase a convertirse en algo bastante más soportable. Tan soportable incluso, que algunas personas -gente viciosa-, pueden llegar a cogerle el gusto.
Hay interruptores mejores y peores, genéricos o unipersonales, eternos y efímeros, pero algo que todos tienen en común es que están ocultos. Eso no quiere decir que no puedan estar a la vista de todos, encima de la mesa, caminando por la calle o siendo arrastrados por el viento. Lo que quiere decir es que para activarlos hay que identificarlos como tales.
Como yo vine al mundo con un umbral de dolor para la vida bastante bajo, he dedicado casi toda mi existencia a la localización y captura de estos dispositivos y conozco infinidad de ellos. No todos me sirven, desde luego, por lo ya mencionado grave de mi dolencia. Pero la verdad que puedo decir eso que tanto he oído y tanto me gusta de “ahí vamos tirando”. Como además tengo buen corazón, no me importa venir aquí y compartir algunos verdaderamente buenos, los menos evidentes, aunque muchos de vosotros no podáis o no sepáis verlos.
Como ya habréis deducido por la categoría, el título y la foto del post, el que os voy a revelar hoy es un interruptor musical. Pero aunque la música es una inagotable fuente de alegría para casi todo el mundo, a mí no me valen cosas como los THEgrupos o los Cansei de Ser Sexy esos -la maldita plaga de muxtape-, que es seguro lo que a muchos de vosotros se os viene a la mente cuando pensáis en vuestra música preferida… Perdón, me estaba riendo (con suficiencia).
Así que, aunque ya sé que la simple mención de “latin jazz” o “música cubana” es capaz de generar suicidios en masa, no puedo retrasarlo más y he de confesar que este post va de eso (lo sé, algo/alguien me dice que debería estar ahí fuera buscando otro tipo de interruptores, pero qué le voy a hacer si de repente tengo ochenta y cinco años mentales…). Lo de la pantera rosa era para despistar. Vuelvo a la carga con mis pedanterías soporíferas.
Pero venga, en serio, haced el esfuerzo. Os puede gustar o no todo el disco (que es uno de los mejores discos de la historia, allá vosotros…) pero esta canción es CLARAMENTE un interruptor a la felicidad inmediata. Se llama Ogguere, que según me comunican fuentes googlelianas significa “espíritu de la Tierra” en Yoruba. Pero mejor olvidad etiquetas y géneros musicales, olvidad países y nacionalidades, olvidad a las personas, las farolas, el cielo y los pájaros, las crueles cabinas de teléfono. Olvidad el mundo, cerrad los ojos y escuchad simplemente la música, deslizándose suavemente en vuestro interior, uniéndose, ligándose de manera íntima con la vida, convirtiéndose en la experiencia misma de vivir, durante esos maravillosos 6 minutos y 45 segundos.
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¿Lo oís? Me refiero a la explicación a todo, a la felicidad (que no es otra cosa que la ausencia de preguntas). Se escucha alta y clara. Tras una breve introducción de la cuerda, el piano y la percusión, el saxo toma la voz cantante y, de manera lenta, pero firme, procede con su discurso, apoyado sobre todo por el piano, que da entusiastas muestras de su conformidad. En el segundo 1:05 ya ha terminado, pero la percusión y el contrabajo se preguntan si lo habréis entendido. Entonces, el saxo y el piano vuelven a repetir todo punto por punto. En el segundo 2:03 la percusión y la cuerda siguen sin tenerlo claro. Tal vez porque el saxo es demasiado parcial y es de esos que encantan o aberran, el piano, que cuenta con mayor credibilidad, decide volver a explicarlo con sus propias palabras. Empieza tranquilo, pero a la altura del 2:35 lo empieza a traicionar la pasión, se va volviendo más vehemente hasta acabar totalmente entregado a la altura del 3:47 (es tan sentido el piano…). Le sigue el contrabajo, mucho más prudente; “creedme, por favor”, parece que dice. “Claro que sí!” le apoya el piano, hasta que saxo, que lleva demasiado tiempo en silencio, vuelve a intervenir, en un arrebatado final. Y terminan los cuatro, por lo bajo, murmurando, aún no muy seguros de que hayáis conseguido entender nada. Pero ellos lo han dicho todo. Algunos lo habréis sentido.
Y yo también. Yo he hecho lo que he podido por vosotros, por la Humanidad. A los que han llegado hasta aquí, les dedico mi otra canción preferida del disco.
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Y un emocionante vídeo de Bebo Valdés con su hijo Chucho, que es un extracto del documental Calle 54 de Fernando Trueba.
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Algún día, tal vez dentro de ochenta y cinco años, me lo agradeceréis.