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Cómic, Ilustración

Edward Gorey

12.26.07 | 11 comentarios

edward_gorey.jpgLa otra tarde, veía una película de Hitchcock con mi abuela y mi hermana, cuando una inesperada señora asomó su cabeza por la esquina de una oscura ventana, en un ángulo exacto de 45º, y golpeó el cristal con un afilado índice. Paré la película y abrí la puerta. La inesperada señora entró. Tenía el pelo cano, ligeramente celeste, y vestía una espléndida bata de boatiné del mismo color. De hecho, el color de la bata era tan claro que me incomodaba un poco. No hubiera habido problema si hubiera sido una bata burdeos, por ejemplo, pero aquel color tan níveo, me hacía pensar en que la mujer iba algo desnuda, a pesar de la indiscutible consistencia del boatiné. Sobre ella, llevaba una manta de cuadros, una de esas mantas de viaje con flecos en los extremos, dispuesta como un chal.

-Sácale una silla -ordenó mi abuela, haciendo que me sintiera una completa maleducada.

Pero la mujer no quiso. Dijo que se iba enseguida porque estaba esperando unas llamadas. En realidad dijo algo como “voy a recibir unas llamadas” y la estructura de la frase sonó tan torpe, tan artificial, que tanto mi abuela, como yo y como la mujer supimos que probablemente el teléfono sonaría sólo una vez o ninguna y que en cualquier caso su timbre resonaría tristemente, en la fría y oscura soledad de su casa.

gorey1.jpgComencé a odiar a la mujer. Había dicho que no quería sentarse pero llevaba ya un rato allí parada, haciéndome sentir mal por no haber sacado una silla para ella y comentando muy animada los puntos fuertes del catarro de mi abuela. Estaba fascinada. Se notaba que apreciaba de verdad la calidad de la tos profunda y recordaba la última vez que la había visto enferma.

-Tú cuando lo coges, lo coges bien, eh -dijo, sin poder disimular su admiración.

¿Cuándo se iría aquella mujer? ¿No se daba cuenta de que no teníamos ganas de hablar con ella? La película que estábamos viendo era “La cortina rasgada”, y ya resulta algo tediosa, con esa insufrible interpretación de Julie Andrews, para encima soportar aquella tercera interrupción de la tarde. Con todo ese asunto de la Nochebuena, la gente se estaba poniendo muy pesada.

gorey2.jpgLejos de achantarse ante la hostilidad de nuestro silencio, la mujer parecía lanzada. Comenzó a relatarle a mi abuela lo que había oído en boca de una tercera persona, a la que no conozco ni nunca conoceré.

-Me ha dicho que estaba en casa de su hermana, pero que ya se iba para su casa con su marido porque esta noche tenían costumbre de juntarse toda la familia…

Aún no había añadido las reveladoras frases de “yo le seguí la corriente”, “confunde a su hija con su hermana” o “luego se pone violenta”, cuando yo ya me había dado cuenta de que la mujer de la que hablaba no tenía otra casa y su marido estaría muerto muy probablemente.

-Así que ya ve usted como está el corral -concluyó la mujer.

Reconozco que esa frase me hizo gracia, pero me pareció ridículo que le contara todo eso a mi abuela, de 87 años, conocedora de todos los horribles corrales de la vida.

La mujer puso una mano en el picaporte de la puerta y en mi corazón se encendió la luz de la esperanza. Por fin se iba. Sin embargo, mientras ella y mi abuela cruzaban las convencionales frases de despedida entre vecinas, la mujer soltó:

gorey3.jpg-A ver si pasan, sí, las Navidades, a ver si se pasan ya…
-Y que vivamos para las siguientes -dijo mi abuela, que no pierde ocasión de tratar su tema de depresión favorito.
-No -contestó la mujer-. No me gustan nada. Nunca me han gustado pero estas dos últimas… -y entonces mostró auténtico disgusto en su cara. Un disgusto profundo y sincero hacia la Navidad. Temí incluso que se echara a llorar. Eso sin duda retrasaría su marcha.
-Hay que pasarlas -dijo mi abuela, en un tono que hacía evidente que la Navidad había dejado de estar en su lista de temas por los que deprimirse hacía mucho tiempo.

La mujer asintió y mientras su bata de boatiné desaparecía en la oscuridad de la calle y la puerta se cerraba, tuve la absoluta convicción de que ella y yo estábamos en la misma onda.

Cuando llegué a casa me puse a releer o a remirar a Edward Gorey. ¿Qué haría Edward Gorey en Nochebuena? Probablemente lo mismo que la inesperada mujer o yo, porque Edward Gorey también estaba en nuestra onda.

Me molesta que la gente piense que Edward Gorey es un dibujante gótico y por algunas entrevistas que he leído, sé que a él también le molestaba. Es cierto que sus dibujos y sus historias son a veces muy macabras y también es cierto que todos los góticos reniegan de ser góticos, pero Edward Gorey es diferente, creedme. Yo conozco su existencia desde hace muchísimo tiempo y nunca había leído nada suyo por esos estúpidos prejuicios. No cometáis el mismo error que yo.

gorey4.jpgÉl no era un tipo inglés, lánguido y retorcido que dibujaba a la luz de una vela, como mucha gente imagina al ver sus increíbles y geniales ilustraciones de estilo victoriano. Era un americano de Rhode Island y murió hace sólo siete años. Tenía el tamaño de un armario ropero, lucía una frondosa barba, abrigo largo y argollas en las orejas. Y bueno sí, era bastante excéntrico. Nunca tuvo ninguna relación amorosa y se declaró felizmente asexual. Se puede decir que vivió solo y murió solo, pero yo creo que encontró la compañía perfecta en sus libros, sus discos y sus gatos. No era ningún amargado y sentía pasión por algunas cosas como el teatro, el ballet o Buffy Cazavampiros.

En cuanto a su obra, se puede encontrar una buena representación en los tomos Amphigorey, Amphigorey también y Amphigorey además, editados en versión bilingüe por Valdemar. Mi preferido es Amphigorey además, aunque este volumen sea el que contenga la historia de “La pareja abominable” que definitivamente NO tiene el sello de garantía Aracne, porque no tiene gracia y es muy desagradable, lo cual es comprensible si se tiene en cuenta que está basada en hechos reales. Me molesta que algunas personas piensen que esta es su mejor historia sólo porque es la más dura o la más desagradable. Es un baremo que con frecuencia he visto a aplicar en el cine o en los comics, por gente que intenta compensar con ello su absoluta falta de criterio. De verdad que los compadezco. Se tragan bazofias como las de Suehiro Maruo sin rechistar. Qué estómago.

Pero volviendo a Edward Gorey, en Amphigorey también, justo después de la historia que me desgrada tanto, viene la maravillosa historia de “Las cuentas verdes”. Ésa sí que es Gorey en esencia pura. Y también la de “El legado de Awdrey Gore” (a Gorey le encantaban los pseudónimos y los anagramas. ¿Hay algo más guay que los anagramas?), que es sin duda mi favorita. Aunque si no sois fans absolutos de Agatha Christie, como lo somos nosotros (Gorey y yo), puede que no la entendáis.

gorey5.jpg

Finalmente os recomiendo un librito que me regalé el otro día y que se llama The twelve terrors of Christmas. El primero es “Santa: The man”, pero cuando vi al mezquino papá Noel que ilustraba el segundo, “Santa: The concept”, no pude evitar mirar al cielo y susurrar con tristeza “¿Oh, Edward, por qué nos has abandonado?”

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