«
»

Literatura, Metaposts

El supermetapost.

03.26.08 | 41 comentarios

Al fin lo puedo contar.

Quizá, lo más emocionante, o casi morboso, para el lector desconocido, sea saber que muchos de mis mejores amigos también se enterarán de lo que ha ocurrido en mi vida por estas líneas. Así que antes de nada, les pido a ellos que me perdonen y entiendan todas las circunstancias que relataré a continuación.

Hace dos semanas me llamaron para decirme que era finalista, junto con sólo otra persona, del Premio Barco de Vapor. Algunos ya sabrán que éste es el premio más importante de literatura infantil a nivel nacional y uno de los más importantes a nivel internacional. Otros sólo reaccionarán cuando diga que la dotación económica del premio es de 100.000 euros o que la que entregaba el galardón era la Princesa Doña Letizia. Para mí, como podrá imaginarse, los puntos más relevantes eran el uno y el dos, con una irresistible atracción involuntaria hacia el dos.

Después de pasar las dos semanas más tensas de mi vida, no voy a ser yo ahora la que cree incertidumbre, así que os lo diré ya: No, no gané.

Me había hecho a la idea de “no ganar” (ayer dije “perder” y un editor se enfadó, así que no lo voy a decir más), pero me he dado cuenta de que la esperanza es una cosa imposible de anular. No responde a razonamientos de ningún tipo. Siempre piensa que va a salirse con la suya. Y otra cosa que he descubierto en mí, estas dos semanas tan intensas, y que no me gusta demasiado, es la ambición. Digamos que he llegado a tener verdaderas broncas conmigo misma. Cuando me llamaron para decirme que era finalista no me lo podía creer. Nunca pensé que esa novela, que ni siquiera había escrito expresamente para ese premio sino para otro menos importante, fuera a llegar tan lejos y pudiera ser considerada la segunda mejor entre las 257 obras que se presentaron. Aún no lo entiendo. Y sin embargo, a los pocos días, la alegría de ser finalista fue dejando paso a la ilusión de ganar. Pensamientos que surgían como mariposas revoloteando en mi cabeza y que yo aplastaba enfadada. Por dios santo, ¿es que nunca puedo estar satisfecha? ¿Siempre tengo que querer más?

Imaginad lo que ha sido controlar y mantener a raya esa esperanza, para no deprimirme en el caso de no ganar, borrar de mi mente esos 100.000 euros de premio y al mismo tiempo cultivar la alegría de haber quedado finalista. He tenido que ordenar mis emociones como en un maldito jardín zen. Por otra parte, cuando uno intenta hacerse a la idea de que no va no ganar, no ayuda el hecho de tener que preparar unas palabras para “el minuto de gloria”, por si acaso, memorizar cómo hay que saludar a las autoridades y en qué orden y buscar una indumentaria adecuada para la ocasión. Otra cosa que me impresionó bastante fue entrar a la Real Casa de Correos, donde está el reloj en la Puerta del Sol (pero eso no era un decorado como los de barrio sésamo?!), atravesando una alfombra roja, un cordón policial y a un montón de gente expectante apoyada en las vallas (os remito al punto tres del párrafo dos).

Como yo vivo en Madrid, no fue necesario que me desplazara a ningún sitio, pero la Fundación SM pagó los gastos del viaje de mi hermana (mi acompañante oficial) y nos hubiera proporcionado también el alojamiento si lo hubiéramos necesitado. Además, la persona que hablaba conmigo por teléfono era prácticamente un ángel. Puede decirse que la amabilidad y atención de la organización hacia los finalistas es directamente proporcional a la crueldad del procedimiento, ya que el jurado se reúne unas pocas horas antes de la gala y la plica se abre en directo y ante notario, tras unos interminables discursos de las personalidades asistentes. Es de verdad una de las situaciones más angustiosas y al mismo tiempo emocionantes por las que he pasado nunca.

Hace un año tomé la decisión más traumática e importante de mi vida (que siempre había ido un poco a la deriva, como si no fuera yo, sino otro, quien escribiera el guión) dejé la agencia donde estaba y me fui a mi casa a descansar y a escribir. Supongo que muchos pensaron que me retiraba de la publicidad de primera división (de hecho, me he retirado, no tengo el más mínimo interés en volver a ella) y que eso de escribir era el típico rollo que se dice para parecer que te vas al paro pero con dignidad. Pero yo le dije a un amigo “mira, si me dieran ahora mismo a elegir entre ganar el Gran Premio de Cannes o el Premio Barco de Vapor es que no tendría ninguna duda!! Me hace mil veces más ilusión lo segundo!!” y eso fue determinante para que tuviera claro mis prioridades y decidiera no seguir dejándome el alma en un trabajo, que realmente es apasionante, pero que no me compensaba. Así que cambié de rumbo, radicalmente, y cualquiera que estuviera cerca de mí por entonces y me viera, podrá creerme cuando diga que esos cuatro meses que estuve en casa escribiendo fueron los más felices de mi vida. Escribir, es sin duda, la mejor manera que existe para mí de entender, soportar y disfrutar la experiencia de estar viva. Y un año después de haberle dicho eso a mi amigo, he ganado un premio y me he quedado muy cerca de otro que me parecía totalmente inalcanzable. Y entendiendo los premios como un reconocimiento, como una manera de que el mundo te diga “no estabas loca, si has llegado hasta aquí es que no lo haces tan mal”, está claro que debo seguir haciéndolo.

El otro día iba en el autobús, con los ojos cerrados, y esa impertinente ilusión de ganar de la que he hablado antes me inundaba la cabeza durante un simple instante, antes de que consiguiera bloquearla y pensar en otras cosas. Pero en tan sólo un segundo, el estómago se me había encogido, y un temblor me recorría de arriba abajo y me preguntaba cómo era posible que un simple pensamiento, tan sólo esa ilusión momentánea me causara una reacción física tan violenta y tan inmediata. No recuerdo haber sentido nada así de fuerte, salvo un par de veces en las que he estado enfermizamente enamorada. Y esto no era enfermizo, era bueno, y completamente real.

Sé que este post es improcedente en esta nueva etapa de egoismo.com y la verdad es que no pretendo volver a esa línea editorial absolutamente exhibicionista de otros tiempos. Sé que es un post muy en plan “cómo molo”, pero es que realmente estoy tan contenta, tan feliz, que si no lo contaba iba a estallar. Ayer, después de la desilusión inicial, me lo pasé realmente bien en la fiesta, conocí a mucha gente que fue amable conmigo y recibí la estupenda noticia de que están interesados en publicar el libro, aunque no haya ganado (cosa que no quiero creerme hasta que me llamen formalmente para firmar un contrato).

Así que ahora estoy en ese punto que imaginaba hace una semana, cuando estaba sola en una sala, mirando por la ventana cómo se estremecían los árboles, a punto de reventar por la primavera, y charlaba conmigo misma:
“¿qué pasará? ¿qué pasará? ¿se irá toda esta ilusión si no gano? ¿cómo puedes decir eso, con todo lo que ha pasado, con todo lo que hemos hecho, todo lo que ha ocurrido en este último año? ¡Pasarán más cosas!”
Y miraba por la ventana y veía a la gente ir y venir por la calle y a los pájaros revolotear inquietos y seguí allí sentada e inmóvil, pero violentamente agitada por dentro, pensando: “¡ah, la vida, la vida!”

41 comentarios

Esto no pasa todos los días:

trackback / Subscríbete a estos comentarios.

Puedes usar algunas cosillas, pero sin pasarte:
<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>

:

:


«
»