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Jazz, Música

El arte del sabor.

05.14.08 | 13 comentarios

Mi desafío de hoy es que me creáis si os digo que el secreto de la felicidad, del misterio de la vida, lo conocen unos tipos llamados Bebo, Cachao, Patato y Paquito.
Sé que es difícil, si no imposible, pero no por ello dejaré de intentarlo. Se lo debo a la Humanidad.

Veréis, partiendo de la base de que la vida es un infierno -en esto estaremos todos de acuerdo-, lo cierto es que existen una especie de interruptores ocultos que, cuando se pulsan, hacen que la experiencia vivir se aleje de nuestro umbral de dolor y pase a convertirse en algo bastante más soportable. Tan soportable incluso, que algunas personas -gente viciosa-, pueden llegar a cogerle el gusto.

Hay interruptores mejores y peores, genéricos o unipersonales, eternos y efímeros, pero algo que todos tienen en común es que están ocultos. Eso no quiere decir que no puedan estar a la vista de todos, encima de la mesa, caminando por la calle o siendo arrastrados por el viento. Lo que quiere decir es que para activarlos hay que identificarlos como tales.

Como yo vine al mundo con un umbral de dolor para la vida bastante bajo, he dedicado casi toda mi existencia a la localización y captura de estos dispositivos y conozco infinidad de ellos. No todos me sirven, desde luego, por lo ya mencionado grave de mi dolencia. Pero la verdad que puedo decir eso que tanto he oído y tanto me gusta de “ahí vamos tirando”. Como además tengo buen corazón, no me importa venir aquí y compartir algunos verdaderamente buenos, los menos evidentes, aunque muchos de vosotros no podáis o no sepáis verlos.

Como ya habréis deducido por la categoría, el título y la foto del post, el que os voy a revelar hoy es un interruptor musical. Pero aunque la música es una inagotable fuente de alegría para casi todo el mundo, a mí no me valen cosas como los THEgrupos o los Cansei de Ser Sexy esos -la maldita plaga de muxtape-, que es seguro lo que a muchos de vosotros se os viene a la mente cuando pensáis en vuestra música preferida… Perdón, me estaba riendo (con suficiencia).

Así que, aunque ya sé que la simple mención de “latin jazz” o “música cubana” es capaz de generar suicidios en masa, no puedo retrasarlo más y he de confesar que este post va de eso (lo sé, algo/alguien me dice que debería estar ahí fuera buscando otro tipo de interruptores, pero qué le voy a hacer si de repente tengo ochenta y cinco años mentales…). Lo de la pantera rosa era para despistar. Vuelvo a la carga con mis pedanterías soporíferas.

Pero venga, en serio, haced el esfuerzo. Os puede gustar o no todo el disco (que es uno de los mejores discos de la historia, allá vosotros…) pero esta canción es CLARAMENTE un interruptor a la felicidad inmediata. Se llama Ogguere, que según me comunican fuentes googlelianas significa “espíritu de la Tierra” en Yoruba. Pero mejor olvidad etiquetas y géneros musicales, olvidad países y nacionalidades, olvidad a las personas, las farolas, el cielo y los pájaros, las crueles cabinas de teléfono. Olvidad el mundo, cerrad los ojos y escuchad simplemente la música, deslizándose suavemente en vuestro interior, uniéndose, ligándose de manera íntima con la vida, convirtiéndose en la experiencia misma de vivir, durante esos maravillosos 6 minutos y 45 segundos.

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¿Lo oís? Me refiero a la explicación a todo, a la felicidad (que no es otra cosa que la ausencia de preguntas). Se escucha alta y clara. Tras una breve introducción de la cuerda, el piano y la percusión, el saxo toma la voz cantante y, de manera lenta, pero firme, procede con su discurso, apoyado sobre todo por el piano, que da entusiastas muestras de su conformidad. En el segundo 1:05 ya ha terminado, pero la percusión y el contrabajo se preguntan si lo habréis entendido. Entonces, el saxo y el piano vuelven a repetir todo punto por punto. En el segundo 2:03 la percusión y la cuerda siguen sin tenerlo claro. Tal vez porque el saxo es demasiado parcial y es de esos que encantan o aberran, el piano, que cuenta con mayor credibilidad, decide volver a explicarlo con sus propias palabras. Empieza tranquilo, pero a la altura del 2:35 lo empieza a traicionar la pasión, se va volviendo más vehemente hasta acabar totalmente entregado a la altura del 3:47 (es tan sentido el piano…). Le sigue el contrabajo, mucho más prudente; “creedme, por favor”, parece que dice. “Claro que sí!” le apoya el piano, hasta que saxo, que lleva demasiado tiempo en silencio, vuelve a intervenir, en un arrebatado final. Y terminan los cuatro, por lo bajo, murmurando, aún no muy seguros de que hayáis conseguido entender nada. Pero ellos lo han dicho todo. Algunos lo habréis sentido.

Y yo también. Yo he hecho lo que he podido por vosotros, por la Humanidad. A los que han llegado hasta aquí, les dedico mi otra canción preferida del disco.

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Y un emocionante vídeo de Bebo Valdés con su hijo Chucho, que es un extracto del documental Calle 54 de Fernando Trueba.

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Algún día, tal vez dentro de ochenta y cinco años, me lo agradeceréis.

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