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Comestibles

Nestlé cheesecake

06.25.08 | 43 comentarios

bombon_cheesecake.jpgBien, ahora que ese simpático disléxico, aficionado al orujo, que se encuentra a los mandos del clima, ha acertado por fin a pulsar el botón del verano, me acerco por aquí a deleitaros con una deliciosa recomendación veraniega. Lo de veraniega lo digo por vosotros, porque yo la disfruto todo el año. Bastante tengo con la depresión estacional como para privarme de helados en invierno. No lo soportaría. Pero sé que muchos de mis lectores os guiáis por los usos convencionales y quién soy yo para abrir la puerta del redil.

El helado en cuestión del que voy a hablar es el exquisito Nestlé cheesecake, como ya habréis deducido, no sólo por el título, sino por la foto que ilustra este post (esas malditas fotos arruinan siempre mis maravillosas introducciones, tengo que hacer algo con ellas…). Este helado es actualmente es el mejor que el mercado ofrece para consumir “on the go” y me atrevería a decir que es superior a la mayoría de los de tarrina, por exclusivos o caros que sean (un helado del Ben & Jerry’s? sí, por favor, aquí tiene todos mis ahorros, póngame medio). Paso a paso, con mi acostumbrado y ameno tono didáctico os haré entender por qué.

Pero si tengo que abordar el tema de los helados, antes debo hacer una pequeña criba en mi audiencia. Así que si eres una de esas personas que si le dan a elegir, prefiere cualquier tipo de helado de cucurucho, por favor, deja de leer ahora mismo. Pero no sólo este post, deja de leerme así en general. No vuelvas a leer mi página. Creo incluso que no eres lo suficientemente bueno ni para leer un libro. Vete. Fuera. Fuera de mi vista.

De verdad que soy una persona de mentalidad muy abierta. A veces, creo que si las autoridades supieran hasta qué punto es así, me encerrarían en algún sitio. Puedo entender que a una persona le guste chupar casi cualquier cosa por bizarra que sea. ¿Pero una galleta? No. Chupar galletas no. Chupar un barquillo es de perdedores. Es de gente que compra helados “de corte” (¿de corte de qué? ¿de corte de rollo?) y le planta dos galletas porque no puede afrontar el encontrarse a solas con lo verdaderamente bueno de la vida. Es como si toda esa gloria fuera demasiado para ellos, les desbordase en su mediocridad y necesitaran aferrarse a un miserable barquillo para no resultar ahogados en la inmensidad del placer.

Y no me quedo ahí. Os diré que los helados de cucurucho me parecen algo casi cristiano, en la acepción más negativa del término. Porque primero disfrutas de lo bueno y luego te espera el castigo. O si lo comes al revés, primero te enfrentas con el sacrificio en pos de la recompensa. ¿Pero por qué? ¿Por qué si puedes tener sólo lo bueno? ¿Por qué si se puede hacer acopio de ingentes cantidades de “lo bueno” en cualquier chino?

Ah, los chinos. Éste es otro punto a su favor. El proceso de consumir un Nestlé cheesecake es una experiencia perfecta desde el principio hasta el final, comenzando por la graciosísima pronunciación que los chinos le dan a la palabra “cheesecake”. Ni siquiera sé por qué lo dicen si no es necesario. Yo sólo lo señalo en el cartel y ellos lo nombran, como una especie de comando para su procesador mental que les permite entonces, abrir el congelador y sacarlo.

Y ya está, tras el ordinario proceso de intercambiar unas monedas, lo tenemos en nuestras manos, brillando en su precioso envoltorio fucsia metalizado. Qué bonito es y qué buen rato nos promete. Cómo resalta entre todos los dorados y marrones del congelador. Y cómo destaca en nuestro recuerdo, también. Porque cuando uno conoce el Nestlé cheesecake, todos los magnums del mundo no dejan estar buenos, no, pero resultan vulgares. Hasta zafios, diría yo.

Entonces abrimos el envoltorio y nos encontramos con él, blanco cremoso, despidiendo un leve vapor helado, derritiéndose de ganas de que nos lo metamos en la boca. Pero no, llegados a este punto, no voy a crear otro conflicto. No voy a sentar cátedra sobre cómo ha de comerse el helado y dividir al mundo, o lo que es lo mismo, a mis lectores, entre los que lo hacen de la manera convencional, es de decir, de la forma aburrida, como si el helado fuera un bloque, una insípida tableta de proteínas, o los que lo desvisten primero de su capa de crujiente chocolate, jugando, encontrando la forma más divertida y excitante de comer algo. No, que cada uno lo haga como quiera. Sólo diré, sin la más mínima intención de decantarme por una forma u otra, que el Nestlé cheesecake es especialmente adecuado si se prefiere la segunda, porque no tiene la forma rectangular de los magnums, sino una interesante combinación de curvas y ángulos que a la hora de despegar el chocolate con los dientes resulta muy estimulante.

¿Pero estoy diciendo chocolate? ¡Si no es chocolate!

Veréis, hace unos años, estaba yo sentada en un banco comiendo un helado junto a un chico. Él se había pedido el mismo que yo, pero esto no me sorprendió mucho, porque la gente suele copiarme constantemente. Estoy acostumbrada. Sin embargo, mientras lo comíamos dijo algo como “Éste helado es el mejor, ¿verdad? El año pasado ya me gustaba, pero estaba recubierto de chocolate blanco y era demasiado dulce. Este año lo han cambiado, lo han cubierto de yogur y han acertado. Ahora es perfecto”.

Es alucinante la cantidad de datos que son capaces de arrojar los sujetos junto a los que una amanece la-mañana-después. Desde física cuántica a estrategias de márketing de grandes multinacionales, pasando por todo tipo de conocimientos sobre cocina o decoración completamente insospechados. ¿Pero algo útil? Nunca. Salvo en esta ocasión. Por supuesto, me enamoré de él al instante. ¿Cómo no lo iba a hacer? Un chico que sabe de helados, que no sólo los consume, sino que aporta datos precisos sobre ellos y que además tiene buen gusto… ¡Cubierta de yogur! ¡Pues claro, ya decía yo que el helado estaba más bueno!

Pero bueno, pasemos ya al interior. Al corazón del helado. Al cheesecake en sí. Cremoso, dulce, delicioso, combinado con la ligeramente ácida salsa de frambuesa. Y luego los tropezones. El nombre de “tropezón” siempre me ha parecido adecuado, porque los tropezones son a menudo más “tropiezos” que otra cosa. Yo no los suelo tolerar mucho ni en los helados ni en la vida, y sin embargo en este caso me rindo ante ellos. Y digo que me rindo, porque además SON DE GALLETA. ¿Es eso posible? ¿Es posible que con este plan sibilino, introduciendo la galleta a traición, Nestlé consiga que yo falte a mis principios heladiles? Pues sí. Sí, lo reconozco. La textura no es la misma, ni siquiera el sabor. Pero son de galleta. No lo puedo negar.

Y ahora ya podéis salir ahí, a las calles, bajo el implacable sol del estío,  sudar la gota gorda, pelearos con las moscas y pillar hongos en las piscinas públicas. Pero siempre con la absoluta tranquilidad de que en estos meses que vienen, no os vais a equivocar nunca al elegir un helado.

P.D: Sé que que hay quien echa de menos a una Aracne más prolífica y más breve también. Mis andanzas día a día aquí.

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