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Pura Curiosidad

Introducción a la categoría.

09.29.07 | Comenta el primero

Quería escribir sobre el autismo, pero qué pintaría un post titulado “El autismo” en un blog de recomendaciones. Obviamente uno no le recomienda el autismo a nadie, ni tampoco es “una cosa maravillosa de la vida que hay que amar” ni “una cosa horrible que hay que detestar”. El autismo es una enfermedad que hace sufrir a muchísima gente, pero hay algunos aspectos de ella por los que creo que merece la pena interesarse. Es por eso por lo que he decidido crear esta categoría.

Cuando era pequeña viví durante unos años en un edificio habitado sólo por profesores e hijos de profesores, así que todos los que allí vivíamos íbamos al mismo colegio. Los adultos, además de ser vecinos, eran también compañeros de trabajo, por lo que las rivalidades y las envidias estaban más concentradas de lo habitual. También se daban situaciones ridículas, como que a las juntas de la comunidad fueran los mismos que se habían reunido antes en el claustro de profesores, o situaciones terroríficas como que tu maestra acudiera a tu fiesta de cumpleaños porque fuera tu vecina, la madre de un amigo o, en el peor de los casos, tu propia madre.

Los padres profesores, como todos los padres, rivalizan y alardean con los méritos escolares de sus hijos, salvo que en aquel edificio, la competición estaba en cómo de sobresaliente era el sobresaliente que habías sacado. Los que sacaban menos de eso no participaban en la competición y se les compadecía. No recuerdo que nadie me lo dijera nunca, pero estoy segura de que los hijos de profesores que llegaban a suspender eran considerados un poco deficientes.

Así que es normal que en aquel extraño microcosmos a los niños nos engañaran como a chinos. Por ejemplo, cuando yo bajaba a jugar con mi mejor amigo, que vivía en el primero, su madre, que había sido mi maestra del parvulario, me recibía muy contenta y nos ponía a jugar a un juego de mesa llamado “Aprendiendo a vivir” o algo por el estilo. El juego consistía en hacer avanzar por el tablero una ficha con forma de coche en la que se añadían pivotitos de plástico (azules o rosas dependiendo del sexo) según caías en casillas como “te has casado” o “has tenido un hijo”. Sin embargo, otras veces caías en “has tenido un accidente por conducir demasiado deprisa y has perdido a tu familia” y te quitaban todos los pivotitos. Así de divertido era el juego. Cuando él subía a mi casa nos peleábamos por mi mini arco y por los nuevos y emocionantes cuadernos de actividades que me había comprado mi madre. Ahora me doy cuenta que, desde una perspectiva rebelde-infantil éramos víctimas de una estafa; sin embargo, a los dos todo aquello nos resultaba tan divertido como ir a espiar a los yonkis del parque con los niños del exterior.

Un día, a los ocho o nueve años, bajé a buscar a mi amigo y su madre, que era un poco arpía, todo hay que decirlo, me dijo, con evidente autocomplacencia, que su hijo estaba ocupado haciendo un trabajo. Qué trabajo, le pregunté yo alarmada, mientras me llevaba a su cuarto. Los dos estábamos en la misma clase, así que sus deberes eran también mis deberes. Sin embargo, su madre me dijo, entusiasmada y ya sin disimular, que el trabajo lo estaba haciendo él por su cuenta, porque le apetecía (de verdad nos hacían creer todo el rato que aquellas “diversiones” eran idea nuestra y aún hoy no puedo distinguir dónde estaba la línea entre nuestra voluntad y su manipulación). Entonces, llegamos hasta su cuarto y lo vi allí, de espaldas, sentado frente a su escritorio. Estaba casi a oscuras, con la luz del flexo sobre la máquina de escribir y un gran tomo de enciclopedia abierto a su lado. Se giró para mirarme, con sus pecas de siempre y sus gafas de casi nunca. Estaba verdaderamente enfrascado en aquello. Me contó que había decidido hacer un trabajo sobre la naranja, llamado “La naranja”. Tenía la portada y la primera página mecanografiada. Leí un poco y me pareció increíble que un vulgar fruto pudiera esconder todos aquellos datos maravillosos y verdaderos. En la portada había hecho, con sus lápices de colores, un fiel dibujo de una naranja, que hubiera hecho palidecer al mismísimo Henry Gray. Comprendí al instante que lo único que estaba haciendo allí era entorpecer la intensa labor de un investigador y me largué enseguida.

Nunca nadie me había parecido tan interesante, tan sabio y tan enfermizamente guay como mi amigo aquel día. Así que a los cinco minutos, yo estaba en mi casa, con un tomo de enciclopedia abierto, comenzando mi propio trabajo, llamado “La mandarina”. Recuerdo aquel episodio con una claridad diáfana, tal vez porque se trata del más lamentable y escandaloso caso de plagio que he tenido el disgusto de contemplar. Y lo que es peor, cometido por mí misma. Aún hoy me siento avergonzada al reconocerlo y tal vez tenga aquella experiencia que ver en el hecho de que siempre me haya parecido una práctica repulsiva.

Pero no es por el tema del plagio por lo que he contado esta historia (ni tampoco tiene que ver con el autismo, espero que nadie estuviera esperando aún una relación). Lo que quería explicar es que aquello me enseñó lo apasionante que puede llegar a ser el interesarse aleatoriamente por algo y buscar información sobre ello, sin ningún objetivo. Apasionarse es bueno aunque sea breve y fútilmente. Yo lo hago a diario. Me apasiono con un montón de temas, según los libros que esté leyendo o las películas que haya visto. A veces un tema me lleva a otro y me tiro un buen rato en internet asimilando información, poco contrastada, que además olvidaré en apenas una semana. Otras veces, puede que me compre incluso más libros sobre el tema, pero en cualquier caso, me resulta tan divertido como aquel absurdo trabajo sobre la citrus sinensis que nadie le mandó hacer a mi amigo y que nunca pasó de la primera página. Apasionándose por cualquier cosa, la vida es bastante más soportable.

No, no, lo de comentar en este post no iba en serio.


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