Jennifer dice que le gusta leerme por las historias que cuento entre recomendación y recomendación. Sin embargo, no sé si, como a mucha otra gente, le resultaría incómodo verse enredada en una de ellas, convertida en un personaje, atrapada en el recuerdo subjetivo de otra persona.
Por ejemplo, si digo que la reconocí por la borla de su bufanda, cuando distinguí desde lejos una sección de su espalda que no tapaba el kiosco, y digo que estaba allí de pie, con una boina de lana sobre su perfil absorto en las páginas del libro que sostenía, Jennifer, precisamente por estar pendiente de otra lectura, otra historia, otros personajes, por tener la atención puesta en otras palabras, no puede dar réplica a las mías. No puede ni siquiera decir que no fue así como ocurrió.
Pero desde el momento en el que advierte mi presencia, cierra el libro y me sonríe, se convierte en el otro punto de vista de la historia y puede protestar si me salto partes, si modifico ligeramente los diálogos, si resumo la historia en puntos que le parecen relevantes o paro el tiempo y me recreo en detalladas descripciones. Puede resultarle incómodo si hablo de sus ojos brillantes y enrojecidos bajo la luz fulgurante del metro, como si estuviera un poco enferma o a punto de llorar, mientras nos estábamos riendo. Pero era eso lo que yo pensaba, en que sus ojos de repente se habían vuelto verdes y brillaban extraordinariamente sin que ella lo supiera.
Puedo hablar de cómo se comportaba su pelo y cómo sonaba su risa, puedo ser dulce y halagarla o puedo examinarla fría cruelmente como si le hiciera una autopsia. ¿Pero no es horrible pensar que ella también sabe cómo eran mi pelo y mi risa y si mis ojos brillaron en algún momento? Yo no lo sé. No tengo la menor idea y no quiero saberlo.
Yo odio que la gente pueda observarme y describirme. Que me tenga presa en sus recuerdos representando una y otra un papel que no conozco, con tan solo la voluntad de recordarme. Odio tener un cuerpo que se mueva, adopte expresiones y posturas que la gente pueda ver y yo no. Odio que mi voz suene más allá de mi cabeza y los demás retengan mis palabras y su memoria pueda modificarlas a su antojo, como hace la mía con las de ellos. Por supuesto, vivo con ello desde hace un poco menos de veintisiete años (fue terrible descubrirlo de repente), lo entiendo, lo comprendo y lo acepto, pero si me paro a pensarlo me embarga el odio.
Yo soy y siempre he sido la voz del narrador y aunque quisiera, no podría dejar de serlo. Yo era la voz del narrador y me sentía atrapada en el cuerpo y en la vida de una niña que se llamaba Carmen, pero no era ella la que escribía cuentos tontos sobre flores que hablaban, con una máquina de escribir eléctrica (cuyo sonido terrible al pulsar las teclas le confería a todas las historias mucha más tensión de la que luego quedaba en el papel). No era ella, no puedo imaginarme a una niña larguirucha sentada escribiendo esos cuentos. ¡Era yo! Era yo, la voz del narrador en mis primeros y torpes años de oficio. Y no puedo ni siquiera poner distancia entre mi narración y yo y contar mis recuerdos en tercera persona (cosa que tampoco querría que tuvieran que soportar mis lectores, por cierto). No puedo hablar de mí y describirme como una niña o como una mujer porque entonces me odio. Odio esta prisión en la que nací.
Fui yo, la voz del narrador la que reconoció a otro narrador en la primera página de “El guardian entre el centeno” (y eso siempre se lo deberé a Salinger). Comprendí perfectamente a esa otra voz atrapada que además me hizo reír y llorar y la envidié por saber expresarse, por encontrar las palabras y disponerlas en el orden correcto. La envidié por haber llegado hasta mí a través del tiempo y el espacio y por haber escapado, de esa forma, a su prisión.
Soy yo la voz que narra la vida de la persona a la que llaman Carmen (ni siquiera me he identificado nunca con mi nombre, no es terrible?), constantemente y sin descanso, y a veces he querido apagarme o callarme para siempre, pero sigo aquí atrapada, en esta soledad absoluta, y sólo encuentro alivio a veces cuando me escapo en estas letras o cuando conecto con otras voces escritas y me pierdo en ellas.
Así que cuando terminé de leer Expiación y me separé de ese último narrador, de la voz que escribe las últimas páginas, que me había resultado tan cercana y tan maravillosa, me emocioné tanto que Carmen, mi cuerpo, empezó a llorar de manera desconsolada y convulsa y yo no podía hacer nada por pararlo (es tan estúpida a veces…) así que sencillamente tuve que esperar a que se le pasara. Después, tumbé a Carmen en la cama y la hice cerrar los ojos, para moverme a mis anchas y pensar en el libro increíble que acababa de leer.
Me encantaría charlar con la voz de Ian McEwan y hacerle mil preguntas sólo sobre el título de la novela (que es también el de este post). Me gustaría saber si “expiación” hace referencia sólo a la historia, al pecado de la protagonista, o tiene también el significado mucho más profundo y más amplio que yo le encuentro, pero nunca lo haría, nunca charlaría con esa voz porque es muy superior, tiene tremendos poderes y me asusta. Es una voz capaz de hacerse pasar por otra, radicalmente distinta, y parecer auténtica. Es un narrador capaz de poner distancia, utilizar la tercera persona y golpearte luego, a traición, con la fuerza de la primera.
Ian McEwan puede detener el tiempo y recrearse en las más bellas descripciones, acariciar el aire y la luz, penetrar en la más oscura intimidad de personas que no existen, mientras le guiña un ojo a las voces clásicas del XIX y al mismo tiempo se muestra humilde y obediente ante personalidades como la de Virginia Woolf (quién en el mundo podría desafiar a esa voz?). Puede saltar también bruscamente en el tiempo y enfrentar al lector con contrastes terribles, después de haber sido amable y haberle enredado en una historia que parecía ligera. Puede arrastrarle y obligarle a participar en una trama clásica de folletín, de dramón romántico. Puede obligarle a confesar que eso es lo que realmente le gusta, aunque el lector se hubiera mostrado frío y ajeno a las vulgaridades de la trama. Puede hacerle creer al mundo que ha escrito una novela sobre el amor o sobre la culpa cuando en realidad ha escrito una novela sobre escribir.
La película es un complemento perfecto que le pone luz y música a las palabras y acierta con cada una de las imágenes del libro, mejorándolas incluso con una increíble fotografía. Es un complemento, y no sé si valdría por si misma, pero los lectores se sentirán satisfechos y hasta mimados en algunas partes. Lo único que chirría en una de las mejores adaptaciones a un libro que he visto es Keira Knightley y no porque lo haga mal, sino porque simplemente no es Cecilia.
Por supuesto, me quedo con el libro, metafóricamente claro, porque fue prestado por mi sabia compañera de pupitre y cuando lo saque de la estantería y lo vuelva a abrir, se caerán también al suelo recuerdos de mi vida, aunque ella no los vea.
Cuando Jennifer se baja del metro y me dice “Hasta luego, Arthur” y yo le contesto “Hasta luego, Oscar” y las dos nos sentimos un poco avergonzadas pero divertidas por nuestra broma privada, yo vuelvo a ser el único punto de vista del recuerdo, porque el resto no son más que una masa gris y vacía de desconocidos. Pero cuando giro la esquina y camino de noche por la calle, completamente vacía, me vuelvo absoluta y todopoderosa y la música triunfal que escucho es la que suena en el mundo y mis pies (que ahora son míos, porque si no lo ve nadie es mi cuerpo, no el de Carmen, Carmen sólo existe en los demás) caminan a dos palmos del suelo, o mejor aún, golpean el suelo con una fuerza sobrenatural que hace retumbar la calle, es decir, todo. Y mi pelo lárguísimo se eleva y se expande sobre mi cabeza y mis rizos entran por las ventanas y asfixian a las personas dormidas, que ya no existen más. Y justo cuando pulso el botón del ascensor la música termina y sólo oigo mi respiración agitada y yo, mi propia voz, que es lo único que hay.
