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Ciencia Ficción, Literatura

La hija del dragón de hierro.

02.04.08 | 12 comentarios

hijadragonhierro_gr.jpgSi no he posteado hasta hoy es porque me resistía a que esto se convirtiera en un blog casi exclusivamente literario. Nunca lo concebí así. Algo tiene que haber que me guste, que me apasione más que los libros! Pero desde luego en este momento de mi vida, en estos días que pasan veloces, mientras la gente comenta si el frío viene o va, y los fines de semana se copian unos a otros, no hay nada que me merezca más la pena que refugiarme entre las páginas de un libro. No me faltan ni actividades ni amistades, pero tal vez tengo los sentidos adormecidos y apenas encuentro ni belleza ni placer en lo que me rodea y digamos que sólo me emociono de verdad en el acto privado e íntimo que es para mí leer. Y esto me hace más perezosa, también. En vez de mirar a mi alrededor, sentir, pensar y luego procesar todo eso para expresarlo escribiendo, prefiero que me lo den ya digerido en palabras. Y qué palabras! Uno puede comprar una edición de Virginia Woolf o de Conrad por apenas siete euros. Y la gente agarra lo primero que le ponen encima de la mesa de novedades. Oiga, señora, está segura de que quiere llevarse esa reedición de Carlos Ruíz Zafón? Señora, que aquí tenemos a Dostoievsky, Fitzgerald… Mandanga de la buena, cosa fina… Pero nada, ni puto caso. Y que conste que yo no soy ninguna exquisita literaria, que esta mañana en el metro hasta me he leído el “Qué!” como si me fuera la vida en ello. Pero precisamente por eso, sé de lo que hablo.

Aunque vivir de los buenos libros como una parásita, como una yonki tampoco me gusta. Me siento culpable. Ahora bien, si hago el esfuerzo y dejo de leer, será sólo para escribir. El resto del mundo me la trae floja.

Y como esto lleva siendo así desde hace bastante tiempo, me doy cuenta de que entre las páginas de los libros me he ido dejando recuerdos, pedazos de mi vida. Por ejemplo, si pienso en “La hija del dragón de hierro” me acuerdo de un día de marzo del año pasado a eso de las tres, poco antes de que cambiara de vida, cuando decidí que las últimas páginas las iba a disfrutar sentada en una terraza, al sol de principios de primavera, en una de mis calles preferidas de Madrid, porque he caminado por ella mil veces, pero siempre sola, así que no la comparto con nadie. A estas alturas caminar por Madrid me supone a veces un rosario de recuerdos insufrible. Pero volvamos a la terraza y mi planeado momento especial. Al final no resultó tan idílico como imaginaba. Estaba a menos un metro de un tráfico infernal y el ruido de los coches casi no me dejaba leer. El sol era excesivo y entre la mesa de aluminio y las páginas blancas del libro estaba a punto de quedarme ciega.

Bien, otro fracaso más, pensé. Pero el momento quedó al final grabado en memoria y lo recuerdo con detalle, como si el tiempo se hubiera detenido, como si hubiera ocurrido ayer, en vez de hace casi un año. Recuerdo que el vaso de cristal de mi caña sobre la mesa, reflejaba tanta luz que estaba a punto de estallar. Me quedé como una idiota, mirándolo. Se me estaba calentando la cerveza, pero qué importaba si mi mano, blanquísima al alcanzarla, era como la de un ángel bajo aquella luz? A mi lado unas mujeres comían gambas y hasta aquellos bichos feos y muertos en sus bocas eran como seres angélicos y radiantes entre aquella blancura luminosa. Y lo más importante: el final de libro me encantó.

Otro recuerdo que se desliza y cae al suelo cuando saco el libro de la estantería y lo abro, es el de una tarde oscura (como si a este recuerdo le faltara la luz que le sobra al otro) en el que, a pesar de las escasas farolas, conseguí atravesar una calle caminando, y recorrer mi rutinario trayecto entre dos paradas de autobús, sin apartar los ojos de las páginas del libro. Luego, una vez en marcha, dentro del autobús, mientras intentaba mantener el equilibrio, leía, secretamente escandalizada y con las mejillas ardiendo, este fragmento:

Por un momento Jane se concentró en hacer de ésta una buena experiencia. Luego se distrajo. Pasó el tiempo. Jimmy se puso colorado y empezó a resoplar, como una máquina de vapor estropeada. Jane le rodeó enérgicamente la cintura con las piernas y se abrazó a él con todas sus fuerzas.
Entonces se corrió y la habitación se llenó de mariposas.
Jimmy levantó la cabeza, asombrado. Estaba pálido y boquiabierto. Se empezó a reír. Había alas brillantes por todas partes. Copos de azul cobalto, rojo y naranja aparecían y desaparecían en diseños huidizos que se podían atisbar pero no asir antes de que se disolvieran en nuevas formas. Era como estar dentro de un calidoscopio. Jimmy inspiró un diminuto macaón y a punto estuvo de atragantarse, y para cuando Jane hubo terminado de aporrearle la espalda los dos se estaban riendo sin poder contenerse.

En la página anterior a ésta, Jane y Jimmy hacen cosas algo sagradas y un poco sucias, y en la página siguiente, una gárgola carroñera, desde su puesto en un ático, le cuenta a Jane que suele animar a los suicidas indecisos a que se tiren y así poder comer algo. Así es el libro. Lo juro.

Me llamó la atención por la ilustración de la portada, con una pequeña niña acurrucada en la garra de un dragón mecánico gigantesco. Basura de proporciones industriales, pensé. Pero le di la vuelta y leí esto:

¿has visto los dragones volar arrojando napalm sobre Lyonesse?

Y me dije que este titular bien merecía que rompiera mi regla de leerme sólo la primera frase de las sinopsis y siguiera hasta la segunda:

Jane era una muchacha que trabajaba esclavizada en una fábrica de dragones de hierro. Su vida constituía una pesadilla, pero tenía una esperanza: le parecía que había nacido con el solo propósito de robar un dragón algún día.

Los oía gritar supersónicos por el cielo, impulsados por cólera y gasolina. Sentía su tirón gravitacional, la estela sobrecalentada de su paso. Y se veía a lomos de uno yéndose lejos, lejos, lejos.

Pero lo cierto es que el libro no es ni mucho menos lo que uno puede imaginarse a partir de este comienzo. No es la epopeya steampunk que la contraportada promete. Es una lectura complicada y densa que nunca me he atrevido a recomendar a nadie. Michael Swanwick convierte todos los elementos de la fantasía clásica en fantasía rara, moderna y sórdida. Los personajes, incluida la protagonista, son miserables y mezquinos. Y la trama, larguísima e interrumpida, siempre discurre por donde uno no espera que lo haga. Cuando China Miéville escribió “La estación de la calle Perdido” debió de sentirse el tío más raro y molón del mundo (y no sólo por llamarse China). Críticos y lectores alucinaron y él se autoproclamó abanderado del “new weird”, una cosa a medio camino entre la ciencia ficción, la fantasía y la mugre. Sólo que Michael Swanwick ya lo había hecho, incluso mejor, diez años antes. Leí que Miéville no descubrió este libro hasta después de escribir el suyo. Me imagino la cara de idiota que debió de quedársele.

No sé si “La hija del dragón de hierro” os gustará como a mí. No sé si odiaréis y amaréis a Jane en su periplo por la vida y compartiréis sus catastóficas conclusiones sobre el amor y sobre el mundo en general. Lo cierto es que no creo siquiera que tengáis paciencia para leerlo. Pero si lo hacéis o lo habéis hecho, esta vez sí, me gustaría saber qué os parece.

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