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Literatura

Roald Dahl

01.13.08 | 24 comentarios

roald_dahl0.jpgHace dos noches, fui a la fiesta de cumpleaños de D. Algunos recordarán quién era D. y otros no. Pero no importa, porque eso no tiene la más mínima relevancia.

Resultó ser una fiesta repleta de conocidos. Relaté tantas veces las mismas cosas, los mismos últimos nueve meses de mi vida, que la garganta acabó escociéndome, aún más que los ojos empañados, heridos por el humo. Luego me deslicé rápidamente entre las personas y las cosas, inmune a las miradas, inmune a todo, y me lancé a la oscuridad de la noche de vuelta a casa, y mientras lo hacía noté la sensación maravillosa y feliz, el mágico momento en el que la soledad, la soledad absoluta, cristaliza en una libertad poderosa.

Horas antes, siento lo mismo. Camino por Preciados, a punto de desembocar en Sol, las personas fluyen entre la humedad del aire. Llueve, no tengo paraguas y me estoy mojando, pero tendría que estar cubierta por el fango para no disfrutar de la sensación del viernes por la tarde. Es temprano aún y aunque el cielo está empañado, la promesa del fin de semana hace brillar a las personas, los edificios, las aceras. Entro en el Corte Inglés en busca de un regalo. Un libro es el mejor regalo del mundo y no me perdonaría no llevarle un buen libro a D. en su cumpleaños. Independientemente de que él pueda llegar a saber nunca que es bueno.

Pero no es tan sencillo. Me paso entre los estantes y aunque soy una heroína libre y solitaria en la feliz tarde de un viernes, la elección del libro se me resiste. De repente siento que estoy invirtiendo demasiado de mi precioso tiempo en ello. Reconozco algunos títulos estupendos pero ninguno de ellos me sirve. En la zona de ciencia ficción todo parece demasiado complicado para los no iniciados, especialmente desde que un compañero de trabajo me devolvió Snow Crash sin terminar de leer y me dijo “lo siento, pero me ha escratcheado la cabeza y me he puesto a leer otras cosas”. Me lo esperaba y merece la pena sólo por haber oído esa expresión (creo que a Neal Stephenson le hubiera encantado también), pero estropea mi media de recomendaciones perfectas. Abandono la zona.

Algunos libros, aunque están ahí, tendidos sobre las mesas, al alcance de cualquiera, me resultan demasiado íntimos y personales como para regalarlos. Otros están fuera de consideración. Se trata de D. Me pierdo entre los estantes y el misterioso e inexcrutable orden, que parece alfabético a primera vista pero luego resulta que no lo es. Se me está acabado la paciencia.

Me detengo, me concentro y un nombre aparece nítido y claro en mi mente: Roald Dahl. Localizo el estante de inmediato y escojo Relatos de lo inesperado. No es mi preferido, ni mucho menos, comparado con El gran cambiazo o Mi tío Oswald, pero es su libro más conocido. A D. le debería gustar aunque sólo llegue a leer las primeras historias.

Salgo de la tienda y vuelvo a casa, totalmente satisfecha. Roald Dahl es el regalo o la recomendación perfecta porque si resulta que alguien me dice “lo he leído y no me ha gustado”, entonces sencillamente le dejaré de hablar y no contará negativamente en mi media.

En el andén del metro pienso “Hasta que conquistemos las estrellas no volverán a existir hombres mínimamente interesantes”. Un día se me ocurrió que podría escribir un post sobre mi lista de Hombres maravillosos que existieron realmente” y esa era la frase con la que pensé que podría empezar. Roald Dahl encabeza esa lista y fue de hecho uno de los últimos hombres mínimamente interesantes que existieron realmente.

Todo lo que sé sobre él y todo lo que ha escrito me resulta tan cercano, tan necesario en mi vida, tan personal, que no sé muy bien por dónde empezar o qué contar exactamente sobre él. Tal vez sólo deba limitarme a comentar cuáles son mis libros favoritos.

Bien, respecto a su producción para el público infantil, creo que todo el mundo sabe que sus libros no han envejecido lo más mínimo y que siguen encantando a los niños y a los adultos, siempre con las geniales ilustraciones de Quentin Blake. Recientemente, según una encuesta, ha resultado ser el escritor extranjero más querido entre los lectores, y no es de extrañar, teniendo en cuenta lo especiales que son sus libros, tan diferentes del resto. A veces sus historias resultan algo macabras o sorprende el uso de un humor tan negro tratándose de literatura infantil, pero ni los más mojigatos podrían abrir el pico porque lo realmente brillante en los libros infantiles de Roald Dahl es que combina esos elementos políticamente incorrectos con una ética impecable. Los libros de Roald Dahl, sin ser lo más mínimamente ñoños, enseñan a los niños a diferenciar entre el bien y el mal de una manera nítida y clara, de una forma tan natural y tan obvia como le resultaba a él mismo.

witches.jpgCada persona tiene su preferido: Matilda, Charlie y la fábrica de chocolate, James y el melocotón gigante, La maravillosa medicina de Jorge, Los Cretinos, etc. El mío es Las brujas. Creo, sencillamente, que es el libro infantil perfecto. Tanto en el tono (Roald Dahl JAMÁS se dirigía a los niños como si fueran idiotas, ni tampoco los idealizaba o se pasaba de listo), el tema, la estructura de la trama, los personajes, los diálogos, el humor, la crudeza, la ternura de un final que por muchas veces que lo lea siempre me hace llorar… Es perfecto simplemente.

Respecto a su producción para adultos, no dejo de maravillarme y divertirme con sus historias. Se hizo famoso por su tono algo siniestro y sus originales e inesperados finales que debieron conquistar el pequeño y retorcido corazón de Hitchcock, para que decidiera adaptar algunas a la televisión. A mí, sin embargo, lo que me fascina es cómo están escritas, la ironía, el humor negro, la crueldad a veces y de repente la misma ternura que en sus libros para niños. Roald Dahl podía escribir relatos tan terribles y conmovedores como El último acto o podía simplemente dar rienda suelta a sus geniales perversiones en boca de su depravado alter ego en Mi tío Oswald.

picture5.jpgPero si me tuviera que quedar con un sólo libro de Roald Dahl, sería sin duda Volando solo, una pequeña autobiografía que relata los años que pasó trabajando en África y su intervención en la II Guerra Mundial como piloto de la RAF. Volando solo está escrito en un lenguaje sencillo y se edita como literatura juvenil. Según la edición, la portada da hasta un poco de pena. Es la continuación de Boy (relatos de la infancia) y nunca he oído hablar de él como un gran libro, de hecho, nunca he oído hablar de él en absoluto. Sin embargo, mientras lo leía me daba la impresión de estar sosteniendo entre mis manos una joya, un tesoro. El sentimiento de aventura que trasmite Volando solo, la emoción, las reflexiones sobre la vida, el humor como escudo ante la adversidad… Lo que disfruté leyendo ese libro, todo lo que aprendí y la sensación de vitalidad que transmitió, es para mí la esencia de lo que debe ser la lectura. Y el título (Going solo, en realidad) se refiere ni más ni menos que a esa experiencia de soledad absoluta, esa percepción de la individualidad convertida en libertad, en la mayor satisfacción que una persona puede tener.

Es natural y necesario enamorarse platónicamente de los libros y de las personas que los escriben. Yo creo que nunca lo he estado tanto de una voz, de un narrador, como estoy enamorada de la escritura de Roald Dahl, de la persona que vivió, amó la vida y dejó constancia de ello. Esta navidad comencé a releer El guardián entre el centeno, un poco porque hacía mucho que no lo hacía y otro poco porque me sentía algo traidora, respecto a Salinger. Y ya no fue lo mismo. Es curioso cómo cambiamos y cómo se nos hace imposible seguir queriendo igual a las mismas personas y hasta a los mismos libros.

Me dejo tanto que decir acerca de Roald Dahl, tantas cosas interesantes que contar sobre su vida… Pero este post está quedando monstruosamente largo y debo terminarlo ya. Miro todas estas frases, estas ideas, estas palabras desparramadas y mal ordenadas (¡es tan difícil hacerlo bien!) y no me extraño de que todos los nombres, todos los hombres muertos de mi famosa lista no sean otra cosa que escritores.

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